En el Auditorio de La Voz. El viaje de regreso a lo esencial: Boy Olmi desnuda su alma en Córdoba
El actor propone con su unipersonal un "experimento teatral" que cuestiona la identidad y el "exoesqueleto" protector que adoptamos desde pequeños.
Boy Olmi acaba de aterrizar. No es sólo una frase hecha: el actor llega de una gira europea que lo llevó por Madrid, Barcelona y los rincones medievales de Cataluña.
Pero el aterrizaje no es sólo físico; es perceptivo. Con la sensibilidad de quien observa el empedrado de San Telmo con ojos de niño viajero, Boy se prepara para desembarcar en Córdoba el próximo sábado 6 de junio a las 21 horas en el Auditorio de La Voz del Interior.
Lo que trae no es una obra de teatro convencional. Él mismo lo define como un "experimento teatral". En Boy, el actor se para frente al público sin la red de la ficción, sin dar cátedra, buscando simplemente decir la verdad.
Es una reflexión cruda y humorística sobre la identidad: ¿somos nuestra profesión, nuestras heridas o simplemente un cúmulo de recuerdos?

A través de este "experimento", dirigido por Shumi Gauto, el actor busca desarmar ese "exoesqueleto" que construimos desde niños para protegernos del dolor y la angustia de vivir.
Antes de su llegada a nuestra ciudad, el intérprete de múltiples intereses y talentos, conversó con La Voz en Vivo sobre este estado de "sensibilidad agudizada" en el que se encuentra y los interrogantes que busca disparar en el auditorio.
–Definís a "Boy" más como un experimento que como un espectáculo tradicional. ¿Qué es lo que se pone a prueba en el escenario?
–Mirá, es algo que nunca hice en 50 años de carrera. Es una reflexión muy personal sobre por qué cada uno de nosotros es quien es, por qué adoptamos identidades que van más allá de lo profesional. Tiene que ver con lo oculto, lo ancestral, los mandatos y secretos familiares que nos constituyen. Uso las herramientas del teatro para desarmar cosas que me pasaron a mí y descubrir que, en realidad, a todos nos pasan cosas muy parecidas. Es una desnudez de alma donde la gente se siente interpelada y reconocida.
–Hablás de un "exoesqueleto" que armamos en la infancia. ¿Cómo funciona esa armadura en tu propia historia?
–Es una estructura de defensa que armamos a los dos o tres años para protegernos del miedo y la angustia que trae la vida. El espectáculo se llama Boy porque es el nombre que me tocó encarnar desde muy niño y con el que ando a cuestas hace décadas. En el escenario, trato de mostrar que a pesar de que vivir es hermoso, estamos llenos de estímulos que nos asustan, y esa personalidad que construimos es, en el fondo, una herramienta de supervivencia.
–Venís de presentar este trabajo en España. ¿Cómo resuena este mensaje en culturas diferentes?
–Fue increíble. Lo hice en Madrid, en Barcelona y en un pueblito de mil habitantes en las montañas de Cataluña, donde la gente se reunía en un teatrito minúsculo. Comprobé que esta hipótesis de que a todos los seres humanos nos pasan cosas parecidas es universal. No importa el pasaporte; en nuestra alma late lo mismo: la necesidad de mirarnos a los ojos y sentir un abrazo en un mundo tan vertiginoso como el de hoy.
–En tus reflexiones solés citar el concepto japonés de "Ikigai". ¿Cómo ayuda esa filosofía a entender el caos actual?
–El Ikigai es un diagrama de cuatro círculos que convergen y le dan sentido a la vida. En el primero está lo que te gustaba hacer de niño; en el segundo, lo que aprendiste a hacer; en el tercero, lo que hacés para sobrevivir y ganar dinero; y en el cuarto, lo que hacés por la comunidad y el planeta. Cuando lográs que esos cuatro círculos se toquen, sentís una armonía que no siempre es fácil de lograr. Hoy la humanidad vive un momento complejo, con desafíos como el cambio climático y la inequidad social, y el Ikigai es una guía para no estar disociados, para ser el mismo tipo el lunes cuando trabajamos y el domingo cuando tomamos un ferné con amigos.

–Mencionás mucho la desconexión actual. ¿Sentís que la tecnología nos está robando algo esencial?
–Totalmente. Pasamos el día mirando pantallas en vez de mirarnos a los ojos o escucharnos en el silencio. Estamos en una cola o en un ascensor y manoteamos el teléfono. Eso nos desconecta de una capacidad enorme de información que está en nuestros corazones y en nuestra esencia. Yo trato de buscar el canto de los pájaros a la mañana, de recuperar ese equilibrio.
–La gente te reconoce mucho por tu matrimonio con Carola Reina. ¿Cómo manejan esa percepción de "pareja pública" sin perder la individualidad?
–Carola y yo somos cómplices entrañables, pero tenemos personalidades y ritmos muy diferentes. Ella se despertó hoy y yo ya había ido a la verdulería, a la carnicería y al supermercado mientras ella recién salía del cuarto. No queremos que nuestra pareja sea un objeto de consumo que supere nuestro placer íntimo. Por eso, a veces aceptamos trabajar juntos si la obra lo merece, como hicimos en la serie Familia de diván, pero muchas otras veces decimos que no para mantener nuestra propia búsqueda. A Córdoba, por ejemplo, voy solo porque ella también tiene sus proyectos.
–¿Qué encontrás en esta provincia cada vez que volvés?
–Voy a Córdoba desde que nací, a sus montañas, sus ciudades y sus pueblos. Tengo una conexión profunda: he volado en parapente, he visto luces en el Uritorco, y admiro muchísimo su tradición cultural, a gente como Antonio Seguí o Paco Giménez. Me siento parte de Córdoba aunque no haya nacido ahí.
–¿Qué esperás de este encuentro en el Auditorio de La Voz?
–Espero que nos divirtamos, que nos emocionemos y que podamos curar aquello que nos duele y agradecer lo que tenemos. Es un experimento donde la pregunta termina siendo más importante que la respuesta. Los espero el 6 de junio para compartir este viaje que, aunque lleva mi nombre, en el fondo es la historia de cualquiera de nosotros.
Para ver
Boy Olmi presenta su unipersonal Boy el sábado 6 de junio, a las 21, en el Auditorio de La Voz del Interior. Entradas disponibles en Pase Show. Además, tendrá una gira cordobesa: el viernes 5 de junio estará en San Francisco y el domingo 7, en Villa María.

