Comentario. Spinoza, la herejía sin fin: elogio de las diferencias
La nueva puesta de Cheté Cavagliatto recupera la figura de Spinoza para reflexionar sobre el castigo al pensamiento, el odio y las tensiones de la vida en comunidad. Este viernes y sábado son las únicas funciones en el Teatro Real.
Con Spinoza, la herejía sin fin, estrenada el pasado viernes en la sala Carlos Giménez del Teatro Real, Cheté Cavagliatto vuelve a reunir a su sólido equipo artístico y técnico para abordar, junto a Diego Tatián y Jorge Eines, una puesta atravesada por la filosofía, la palabra y el conflicto político.
La obra sigue al joven Baruch Spinoza (Andrés Malakkian) en el momento que recibe la expulsión de su comunidad judía por cuestionar la autoridad de las Escrituras y proponer una perspectiva de Dios identificado con la naturaleza. Si bien esto sucede en Amsterdam en 1656, y la obra del filósofo aún no había sido escrita, su proscripción está vigente y una parte del mundo académico y político lo considera mala palabra.
La dramaturgia está realizada a partir del libro El susurro del marrano (Spinoza en teatro), de Diego Tatián y Jorge Eines, ambos autores de la obra. Eines, catedrático de interpretación y director de teatro radicado en Madrid, y Tatián, doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba y diplomado en Ciencias de la Cultura por la Scuola di Alti Studi Fondazione Collegio San Carlo, han construido una pieza atravesada por el pensamiento de Spinoza, figura a la que Tatián dedicó gran parte de su investigación académica.
Pensar el conflicto
Este libro abre una colaboración artística con Cheté Cavagliatto, referente indiscutida del teatro cordobés -puestista por excelencia y una ilustre de la historia teatral-. Movida por una profunda admiración hacia Spinoza, construye una puesta que preserva la respiración original del texto: las palabras, las pausas, la musicalidad y los silencios.

La propuesta de la reconocida directora va detrás de una pregunta incómoda: ¿a quién sacrificamos hoy para no enfrentar nuestras propias contradicciones como sociedad? Y en ese desplazamiento podemos señalar también otras inquietudes: cuánto de aquello que creemos superado —la persecución, la intolerancia— sigue operando bajo nuevas formas, más sofisticadas y legitimadas.
Cuando vivir en democracia —donde, en teoría, están garantizados nuestros derechos y la convivencia dentro de un Estado nación— empieza también a mostrar zonas de desprotección sobre el bien común y la paz social ¿Quién construye hoy la idea de enemigo? ¿Qué relatos legitimamos para justificar ciertas exclusiones?
La temática es inquietante y lo que el espectador experimenta también. Todo respira una quietud deliberada, como si el siglo XVII hubiera decidido quedarse inmóvil para que escuchemos mejor lo que tiene para decirnos. Parece que algo se nos escapara, porque presenta una situación histórica en apariencia sencilla, pero salimos de la sala pensativos.
La obra realiza una alta demanda al espectador al traer a escena un texto histórico atravesado por discusiones filosóficas, religiosas y políticas que brindan material valioso para los debates contemporáneos. Una desviación necesaria.
Un hombre que parece entrar al escenario desde un cuadro viejo y otro que habla como si hubiera atravesado tres siglos para llegar hasta acá, hasta esta sala donde todavía creemos que las palabras sirven para algo.
La trama
Llevar esto a escena no es sencillo: la trama se centra justamente en ese momento histórico y en las conversaciones que lo atraviesan. El resultado es una obra interesante que, aunque por momentos exige un esfuerzo sostenido de atención debido a cierta monotonía en el ritmo, encuentra en la palabra y en la reflexión su principal potencia.
También se detiene en cómo cada personaje atraviesa la condena a Spinoza: cómo la asume el rabino que lo sentencia, cómo la enfrenta el propio filósofo y cómo repercute en su entorno más cercano. Su hermana y su amigo aparecen a través de relatos y comentarios que el mismo Baruch comparte con el público.
Con la incorporación de un relator contemporáneo, la creación suma además una voz de nuestros días que funciona como puente con el presente. El personaje narra y contextualiza, y además puede dialogar con quienes habitan esa época, rompiendo por momentos la distancia entre pasado y actualidad.
Claroscuros
Marcelo Arbach (Relator), Andrés Malakkian (Baruch Spinoza), Hernán Sevilla (Rabino Morteira) y Raúl Venturini (El Músico) despliegan, desde sus parlamentos, distintas tensiones sobre la fe, la libertad, el pensamiento y las complejidades de la vida en comunidad.
La época se instala tanto desde el vestuario como desde el lenguaje que utilizan los personajes, reforzando esa sensación de distancia temporal y de reconstrucción histórica.
El diseño lumínico de Franco Muñoz trabaja sobre luces y sombras que delimitan espacios con precisión geométrica, mientras el diseño escenográfico y de vestuario de Santiago Pérez compone una atmósfera de negros, blancos y rojos que evoca las pinturas de Rembrandt.
“El odio no suelta” es una de las frases que interpela fuertemente. Allí aparece también una pregunta incómoda: ¿qué enseñan las religiones? La herejía en nuestros días se siente más como la condena hacia alguien que insiste en pensar distinto e intenta comprender el mundo fuera del dogma.
Durante la fusión se construye un mundo de opuestos que, vistos desde el enfoque de Spinoza, podrían entenderse como matices complementarios de un mismo universo: voces y violines, luces y sombras, arrepentimiento e insolencia, ciencia y arte, quietud y movimiento.
Así, la obra deja al espectador en un territorio ambiguo donde las contradicciones también producen sentido.
Es probable que el nombre de Spinoza no sea parte del imaginario cotidiano. Pero basta una búsqueda en Google para que aparezcan varias asociaciones: sus ideas todavía generan incomodidad y resistencia. Siguen levantando polvareda entre detractores y defensores, de un lado y del otro de la religión, del territorio y la política.
Esa es la problemática que trae la obra: volver sobre Spinoza para no olvidar la importancia de pensar libremente y la necesidad de preguntarnos cuánta libertad existe realmente en nuestras vidas en comunidad.
Para ver
Spinoza, la herejía sin fin se puede ver en el Teatro Real (San Jerónimo 66) los próximos viernes 15 y sábado 16 de mayo.
En escena: Marcelo Arbach (Relator), Andrés Malakkian (Baruch Spinoza), Hernán Sevilla (Rabino Morteira) y Raúl Venturini (El Músico).
Realización de vestuario: Juan Carlos Nieva. Realización escenográfica: Lautaro Lazcano y Rodrigo Lazcano. Asistencia de producción y realización: Caita Barberán. Diseño sonoro: Raúl Venturini. Diseño lumínico: Franco Muñoz. Diseño escenográfico y de vestuario: Santiago Pérez. Texto original: El susurro del marrano (Spinoza en teatro) de Diego Tatián y Jorge Eines. Dirección: Cheté Cavagliatto. Duración: 70 minutos
Edad recomendada: + 16 años. Entradas: Plateas, $ 22 mil; 1° Nivel, $ 19 mil; y 2° y 3° Nivel, $ 16 mil. Disponibles en autoentrada.com y en boletería del Real.

