Entrevista. Lucas Upstein, un comediante sin filtros: El humor no celebra lo terrible, lo expone desde otro lugar
El humorista vuelve a pisar suelo cordobés con su show. Aquí, un diálogo sobre el humor, sus límites y cómo hacer reír en este contexto.
Lucas Upstein es un comediante porteño de 32 años que encontró la masividad a partir de sus hilarantes videos en redes sociales. Sin filtros para hacer reír, toma cualquier temática para hacer chistes sobre todo tipo de cuestiones.
En el último tiempo, hizo gala de su humor negro con abordajes sobre temas políticamente incorrectos. Sin embargo, con gracia y elocuencia, logró sortear intentos de cancelación gracias a su irreverencia. Para él, el humor no tiene límites. Y, si los tiene, también son materia de risa.
En una jornada gris en “La Docta”, el comediante bajó del avión y dialogó con La Voz en la previa de su presentación este jueves 23 de abril en Studio Theater.
Divertido y amable, Upstein repasó su recorrido en la comedia, desde sus inicios hasta la actualidad. Aunque hoy vive de hacer reír, asegura que no siempre fue así. “De chico no era el más gracioso de la escuela ni mucho menos. Apenas hacía reír a mis dos compañeros emos. Siempre fui más de observar el entorno que de ser el centro”, cuenta.
“Arranqué en el humor a los 19 años, en 2013. Me puse a estudiar con la idea de subirme a un escenario y ver si podía hacer reír a alguien”, agrega.
–¿Cómo son las herramientas que vas adquiriendo al estudiar comedia?
–Lo que uno aprende, sobre todo al principio, son las estructuras de un monólogo, de un chiste, las reglas para escribirlo: cómo rematar, cómo decir algo, distintas maneras de desarrollar una idea. Al comienzo todo eso es más teórico, pero después se aprende en la práctica. En los primeros años decís: “Bueno, voy a escribir esto”. Más adelante ya tenés una idea que te parece graciosa y la contás como si se la contaras a tus amigos, incluso sin haber estudiado comedia.
–Me estás haciendo un linkeo con la figura del contador de cuentos cordobés, que hacía reír y después remataba.
–Es que lo importante no es tanto el remate en sí. El remate es una excusa para contar una historia. Si el final no es explosivo, no pasa nada, porque quizás estuviste 15, 20 minutos o una hora escuchando algo que te atrapó. Es como la vida: si la muerte es el final, ¿qué importa si disfrutaste el recorrido? En un chiste pasa lo mismo. Está bueno que el final remate fuerte, pero si todo el desarrollo es entretenido, lo importante es el camino. Si aterrizás bien, aplauden; y si no, igual estuviste en el aire durante mucho tiempo.
–Está claro que tuviste éxito con tu humor. ¿Viste compañeros en el camino que no lograron enganchar?
–No suelo pensarlo en términos de éxito o fracaso. Me acuerdo de hablar con un amigo sobre si íbamos a seguir haciendo comedia. Decíamos: si podemos vivir de esto, genial; y si no, tal vez trabajemos en una oficina y esto sea un hobby, pero igual vamos a seguir haciendo lo que amamos. Yo tuve una mezcla de constancia, trabajo, azar y, sobre todo, mucha suerte: la gente eligió venir a verme. Puedo darte un montón de razones por las cuales creo que pasa, pero después hay algo que no entiendo: ¿por qué alguien decide ir a ver a ‘este gordo’? Es una confianza ciega. Que 200 personas paguen una entrada para verte es algo increíble.
Nada en la vida te asegura que algo bueno va a pasar, pero aun así pasa. Por eso, para mí, no pasa tanto por vivir de esto. De hecho, de la comedia no se vive: se sobrevive. Si te va bien, es "por ahora". Siempre es algo bastante inestable.

Durante la entrevista, Upstein pidió grabar algunos videos para sus redes. También mostró historietas que utiliza para difundir fechas y darle una vuelta de tuerca a los flyers de sus shows. “Hago contenido en la ciudad, ahora en Córdoba, para que el que me sigue sepa que estoy acá”, comenta.
–¿Todo ese trabajo en redes se traduce en entradas vendidas? ¿Si tenés un millón de seguidores llenás un teatro?
–No necesariamente. En el stand up pasa algo particular: sos vos solo en el escenario. Es el mismo que aparece en los videos, en un pódcast o hablando a cámara. No es un challenge ni un baile: sos vos con tus palabras, mirándole a alguien a la cara. Y el público decide: “Estoy de acuerdo, no estoy de acuerdo, me da risa o no”. Entonces, si esa persona que te acompaña aparece en tu ciudad, es lógico que quieras ir a verla en vivo. Por eso también es importante estar presente en redes. No solo subiendo contenido, sino mostrando dónde estás y qué estás haciendo.
–¿Manejás vos tus redes o tenés equipo?
–Las manejo yo. Tengo un productor para las fechas, pero lo creativo y las redes son mías. No dejaría que alguien más las maneje, porque se nota cuando no sos vos. No podés delegar tu forma de hablar. Además, hay algo muy interesante en el ida y vuelta con la gente. No es solo el chiste que subo, sino lo que pasa después: los comentarios, las respuestas, el diálogo. Eso también forma parte del contenido.
–Volviendo al humor: ¿te hacés cargo de que tu estilo puede ser incómodo o “cancelable”? ¿Te preocupa ese límite?
–A veces en el escenario pasan cosas inesperadas. El otro día, por ejemplo, estaba haciendo un chiste sobre la ternura antes de la pubertad y había un chico de unos 12 años en la primera fila con su padre. En un momento hago un comentario y después tiro un remate medio incómodo. Mientras lo decía pensé “no…”, pero la gente se estalló de risa, incluido el chico.
Para cerrar, Lucas dejó una buena reflexión. “Ahí está la clave: no me estoy riendo de algo terrible en sí, sino señalando algo que pasa. Hay temas difíciles que son reales. El humor no celebra eso, lo expone desde otro lugar. La risa no es ‘qué bueno que pase esto’, sino ‘qué locura que estemos viviendo esto’. Y ahí está el límite: entender desde dónde se hace el chiste”, concluye.

