Festival de Teatro. El fenómeno escénico de Rafaela: cuatro días de pasión, ritual y salas llenas
La 21ª edición del Festival de Teatro convocó en sólo cuatro días al gran ritual de la ciudad, demostrando una vez más la pasión de su público. Año tras año, espectadores locales, visitantes de la región y artistas de todo el país esperan esta cita para ser parte del suceso.
En medio del ineludible clima mundialista, se realizó la 21ª edición del Festival de Teatro de Rafaela, como cada invierno, organizada por la Municipalidad.
Esta vez fue una versión más compacta. Los recortes presupuestarios también alcanzaron al festival. Pero la fiesta persistió. No perdió intensidad, ni flaqueó en su belleza porque la comunidad volvió a cumplir el ritual.
Rafaela es una ciudad pequeña, con poco más de 100 mil habitantes: una escala perfecta que permite que el festival se viva en cada rincón y se convierta en escenario.
El festival es un encuentro con el teatro que se vive intensamente, sin solemnidades y con una naturalidad difícil de encontrar en otros circuitos. El público hace propio este acontecimiento: compra sus entradas, elige o simplemente confía en la curaduría, y se entrega a la experiencia.
A lo largo de más de dos décadas, el público creció junto al festival. Quienes alguna vez llegaron de la mano de sus padres hoy regresan con amigos, parejas o hijos. Desde distintas localidades de la región se organizan viajes para compartir las funciones, en una tradición que se renueva cada invierno.
Los números ayudan a dimensionarlo: 18 compañías, 32 funciones con entradas agotadas, tres días de "Rondas de devoluciones", cinco actividades especiales colmadas de público, y miles de personas compartiendo uno de los rituales culturales más importantes del interior del país.

Un itinerario de obras
Cada espectador arma su propio itinerario, pero es evidente que la curaduría de los organizadores al reunir estas piezas propone un viaje por una diversidad de materialidades escénicas y poéticas, que genera una experiencia expansiva.
Como todo festival, Rafaela permite muchos recorridos. El planteado en esta nota es apenas uno de esos mapas posibles, guiado menos por la exhaustividad que por las resonancias que algunas obras dejaron después de la función.
Los laboratorios de creación son instancias en las que artistas locales trabajan junto a referentes de la escena nacional.
Este año sorprendió con un grupo de actrices que alzaron la voz en nombre de las mujeres jóvenes y pusieron en escena Nosotras Ofelia, una versión del personaje de Shakespeare, coordinadas por los cordobeses Guillermo Baldo y Ricardo Ryser.
En el recorrido del Laboratorio de Teatro se presentó Yo soy Buris. A fuerza de juegos sencillos, pero muy bien organizados por la dirección de Agustín Soler, con pelucas negras y remeras a rayas, donde un aparente caos termina reivindicando la identidad propia, la obra desató risas desde el minuto cero.
Finalmente, el Laboratorio de Dramaturgia presentó la lectura performática de fragmentos de sus obras en Hacemos santitos. Coordinados por Santiago Loza, indagaron en personajes olvidados y marginales para darles una nueva entidad: ahora son mitos, o pequeños santos laicos, en una dramaturgia de ambientes íntimos donde se beatificó a abuelas, amigas y hasta mascotas.
Blablamour. La fantasía de las tramoyistas, de la santafesina Cía. Pictórica, impactó por la potencia de un grupo que hace del transformismo, las artes visuales y el detalle una verdadera marca de identidad. No había un elemento fuera de lugar: maquillaje, lentejuelas, pelucas y objetos componían un universo delicado y construido con precisión. Entre canciones que recorren las décadas del '50 al '70 y un homenaje a figuras como Liza Minnelli, la obra fue una celebración.
Como gárgolas que miran, de la compañía Sobredanza, compartió un universo donde cuatro bailarinas parecen atrapadas entre la resistencia y el deseo de escapar. Construyeron imágenes de gran potencia.
La versión de La casa de Bernarda Alba, del grupo rafaelino Punto T, dirigida por Marcelo Allasino, regaló una de las noches más memorables del festival. La recientemente recuperada sala La Fenice, gracias a sus enormes dimensiones, permitió que público y elenco habitaran juntos el escenario. El grupo supo apropiarse del espacio para potenciar unas actuaciones ya de por sí sólidas. El resultado fue una función intensa, donde el clásico de García Lorca encontró un nuevo modo de resonar.
La propuesta de El Gran Merlot presentó El truco de la mujer sin cabeza, de la compañía Kachivachis (de Casilda), con una estética de otro tiempo, fue hermosa en sus tonos marrones, en sus objetos, en ese idioma extraño y en unas miradas que lo dicen todo. Magia, circo y muchas sorpresas para una obra que encuentra en la fragilidad una de sus mayores virtudes.
Lo que se pierde se tiene para siempre, con dramaturgia de Javier Berdichevsky y Andrés Gallina −uno de los autores más destacados de la escena argentina actual− y Sofía Gala como protagonista, proponía un delicado recorrido por la memoria, las ausencias y aquello que persiste incluso cuando parece perdido. La interpretación de Gala sostiene con sensibilidad una obra que encuentra su potencia en los pequeños gestos y los silencios.
Chayka, de Compañía Labrusca, con texto y dirección del joven Valentino Grizutti, dialogó con el universo de Chéjov sin quedar atrapada en él. La obra combinó humor y fragilidad con un notable trabajo actoral, acercando los grandes temas del autor ruso desde una sensibilidad contemporánea.

La presencia cordobesa
Fue conmovedora la presentación de Voy con mis amigxs a Saturno, escrita y dirigida por Santiago San Paulo, donde la violencia institucional interseccional sobre las juventudes se pone de manifiesto, inspirado en la historia del caso Blas Correas.
La pieza trasciende los titulares del caso criminal por el nivel de intimidad y belleza en esa invención donde los pibes se reencuentran en otro planeta. Una experiencia que incomoda porque señala la injusticia de manera directa. A la salida del teatro recuperamos el aliento, sin embargo el dolor es real y no se termina con el apagón final.
Otra de las creaciones cordobesas seleccionada fue Coyote, háblame de lo que viste, de Cristian Setién y Sofía Vitiello, una pieza mutante donde el cuerpo habló y es en el cruce entre el movimiento, el sonido, la iluminación y el vestuario, que fue construyendo una atmósfera envolvente que mantuvo en tensión la mirada del espectador.

Hacer la fiesta
Ta Chapita, de la compañía porteña Urraka, referente del teatro musical con objetos reciclados, tuvo el desafío de abrir una función apenas terminado el festejo por la victoria de Argentina frente a Inglaterra. Y lo hizo a lo grande. El público entró rápidamente en el juego, acompañó los ritmos y celebró cada aparición y cada giro de los personajes, en un espectáculo donde la creatividad convierte materiales cotidianos en música y humor.
El cierre llegó con Medida por medida (la culpa es tuya), adaptación de Shakespeare dirigida por Gabriel Chamé Buendía. Una altísima performance del elenco, que se mueve entre el clown, el teatro físico y la tragedia, desbordando cualquier convención con ingenio, precisión y una inteligencia escénica vertiginosa.
Gustavo Mondino, director del festival, expresó orgulloso: “Está comprobado que (este festival) es algo que la gente desea, que la ciudad espera. Los espacios se llenan y se colman de gente con muchas ganas de ver y hacer teatro”.
Tras el aplauso final, permanece una ciudad que, cada invierno, vuelve a elegir el teatro como forma de expresarse.

