Estreno recomendado. Comentario de Los días chinos, la odisea solitaria y fascinante de Santiago Loza en Shanghái

Un relato visual que desafía la percepción común, encontrando belleza en lo cotidiano y transformando lo lejano en una experiencia cercana.

12 de junio de 2026 a las 03:23 p. m.
Comentario de Los días chinos, la odisea solitaria y fascinante de Santiago Loza en Shanghái
"Los días chinos", documental de Santiago Loza.

Un poco después de la pandemia, el cineasta Santiago Loza viaja a Shanghái por muchos días. No es un viaje de turismo, tampoco de trabajo (convencional). Los premios a cineastas o escritores son en ocasiones residencias en lugares remotos, como si la inmensa distancia pudiera garantizar un punto de vista sobre el objeto de una obra en construcción capaz de neutralizar el lugar común y las certezas acartonadas.

Quien haya viajado bien lejos, quien haya estado solo en un país en que el idioma es imposible de asimilar, sabe que lo excesivamente ajeno implica una revisión de lo inmediatamente propio. Sobre esta dialéctica de lo impropio y lo propio, lo desconocido y lo conocido se sostiene la hermosa película de Santiago Loza.

Los días chinos dura poco más de una hora. Tiene un prefacio y un epílogo, y entre uno y otro hay 36 entradas matizadas por cinco poemas y seis momentos musicales de Fernando Kabusacki.

En el inicio, Loza no habla en primera persona, tampoco en el final. Se dirige a él mismo como si fuera otro, hasta que la relación entre el mundo chino y su percepción se adecúan. El requerimiento de todo viaje digno de ese nombre es estar dispuesto a descentrarse.

En un pasaje frente a los tigres de un zoológico, a Loza le cuesta hacer foco. Es la primera vez que realiza una película en soledad y sin asistencia. Loza vincula este obstáculo técnico a otro orgánico, su miopía, que ha definido la forma en que el mundo exterior se traduce en sus ojos. Siempre le ha costado ver de lejos, no lo que está cerca. Como todo es lejos en Shanghái (o en Wuhan, otra ciudad que visita), quien mira en serio ve mejor; lo que registra la cámara, entonces, es tan contiguo a la conciencia que elige desde dónde mirar. El esmero de Loza ante lo desconocido es fructífero.

Los hallazgos del cineasta desconocen la grandilocuencia. En 1972, Antonioni estrenó una película llamada China en la que la cultura milenaria se plasmaba enfáticamente de principio a fin, como pasó también quince años después con la grandiosa La historia del viento de Ivens. Hay otros cineastas occidentales que han filmado la nación continente de Confucio, Lao Tsé y Mao Zedong.

Pero el viaje de Loza se parece más al que hizo el poeta entrerriano J. L. Ortiz en 1957. A los dos los inquieta y los conmueve lo microscópico en lo inmenso: la luz, la lluvia, los ríos, las fisionomías. Esto decía Ortiz: “Vienen de lejos / atravesando los mares o las nubes de los mares / los amigos queridos… / En el jardín nos encontramos, / nunca olvidaremos, nunca, estas manos y estos ojos. / Otra luz con otras líneas, / encendiendo y mojando, a la vez, el mismo aire”. Los poemas de Loza escritos en los planos gotean parecido. A Ortiz le habría encantado Los días chinos.

Hay momentos tocados por la gracia y por la belleza. Una niña reza al lado de su madre en un altar de un templo budista. La cámara de Loza está fija, genuflexa, a la altura de la niña, que repite algún mantra inaudible. Como esa secuencia hay tantas otras. Los planos son rara vez contemplativos, porque la voz de Loza, sin ser omnipresente, sí es constitutiva de la enunciación.

Conciencia y cámara se confunden, por eso el plano es hospitalario de la palabra. Lo hermoso ante cámara no dice: “Esto es hermoso”. El procedimiento es otro, porque nace de la sensibilidad. Puede ser el reflejo de una mujer en el vidrio de una pecera pública o las luces nocturnas pintando las aguas del río Huangpu.

Los signos del mundo son por sí mismos dignos de desmarcarse del hábito perceptivo que los reconoce como ordinarios; basta un trazo artístico para que la materia del mundo sea susceptible de una experiencia estética.

Cuando Loza dejó Argentina y llegó a China, sentía —con razón— que su país se desintegraba. Han pasado tres o cuatro años desde entonces. Si Loza fuera chino y pisara por primera vez la Argentina, ¿qué descubriría?

En Los días chinos dice que será su última película. Ojalá que no sea así. Ahora que sus ojos están rasgados, quizás pueda sustraer de la degradación en curso algo que recuerde la decencia y la belleza alrededor de nosotros.

Para ver

Los días chinos (Argentina/2025). Calificación: Muy buena. Guión, fotografía y dirección: Santiago Loza. Edición: Lorena Moriconi. Sonido: Francisco Pedemonte. Música: Fernando Kabusacki. Duración: 63 minutos. En cartelera en el Cineclub Municipal.