Cine local. Se estrena La noche está marchándose ya, una oda cinéfila a la Córdoba nocturna
La película sigue a Pelu, un proyectorista treintañero que apenas logra sostenerse con su trabajo en un cineclub municipal. Tras perder su empleo, acepta quedarse como sereno nocturno.
Ezequiel Salinas es uno de los grandes directores de fotografía del cine argentino contemporáneo. Basta recordar Yatasto, o su corto excepcional llamado Suquía, para corroborarlo. La luz en su cámara es magia materialista.
Por otra parte, las actividades cinematográficas de Ramiro Sonzini son disímiles. Ejerce la crítica de cine, trabaja como montajista, programa la Semana Mundial de la Cinefilia, ocasionalmente es actor y ya con frecuencia dirige películas. Juntos habían realizado un cortometraje admirable titulado La última aventura. Era promisorio.
En octubre del año pasado, Sonzini y Salinas estrenaron La noche está marchándose ya, casi al mismo tiempo, en el Festival de Cine Internacional de Valdivia y en DocLisboa.
En los dos obtuvieron premios centrales. En ese mismo mes, en Seminci, gran festival español, un jurado ejemplar también reconoció a la ópera prima del dúo.
¿Qué vieron los extranjeros? ¿Qué vieron nuestros espectadores vernáculos en Mar del Plata, cuando la película cerró Fuera de Campo en noviembre y llegaban noticias de la satisfacción unánime de los que estuvieron en la sala?
Un cine amoroso
La noche está marchándose ya es probablemente una de las grandes películas del cine de nuestra provincia. Transmite amor por el cine, que es también amor por el mundo.
A este no le da la espalda, porque el desempleo y la precarización laboral están en el corazón de la trama: el proyectorista de la sala de cine de un cineclub se convierte en el sereno. Es eso o la calle.
De ahí en más, las noches del sereno son de cine, a veces con la compañía de algunos de los tantos que ya viven en los márgenes de la sociedad.
−Empecemos por el título. Es una canción y resulta sugerente, multívoco: todo depende del valor que se le asigne a la noche. ¿Por qué ese título?
−Salinas: Los títulos no nos llegan como una etiqueta previa, sino que necesitamos avanzar en el proceso para entender cómo vamos a llamar a lo que estamos haciendo. Escribimos y empezamos a filmar de una manera muy contingente. En dos meses ya estábamos en pleno rodaje y fuimos cambiando el foco de nuestro interés muy rápido. La noche de alguna manera siempre fue parte de esa primera intención, por su sentido narrativo y porque es el momento donde mayormente se desarrolla la película, pero hubo un sentido más metafórico que fue mutando a medida que descubrimos hacia dónde se desplazaba la película política y poéticamente.. Hay un romanticismo en la letra de la canción de José Luis Perales que hizo eco en nuestra propia búsqueda, a pesar de que la canción nos llegó a través de sus versiones de cuarteto.
−¿Qué relación se establece entre ficción y no ficción? El actor principal, Octavio Bertone, es actor profesional y, a la vez, el proyectorista del cineclub. Los cruces entre lo real y lo imaginario no son un efecto; son constitutivos.
−Sonzini: Imaginarnos una pesadilla donde el cineclub, uno de los espacios culturales más dinámicos y virtuosos de la ciudad y de la Argentina, corriera un riesgo serio de muerte, era una forma de encontrar un lugar estimulante desde el cual trabajar sobre este presente, donde se trata de cuestionar la cultura como un derecho genuino para una vida mejor, más rica y más diversa. De alguna manera, la pesadilla alimenta la imaginación y agudiza las respuestas. Nuestra pequeña ficción es un trampolín para darles épica a las cosas que amamos y que hoy son tan bastardeadas. Las películas, la vida en comunidad, el derecho de alimentarnos de algo más que lo necesario para nuestra subsistencia fisiológica, el ocio como un potenciador del placer. La crisis social y económica, tanto en el interior de la película como fuera de ella, hace que los cruces con lo real se vuelvan una condición de producción y eso nos lleva inmediatamente a la pregunta de cómo filmar las cosas que ya conocemos casi de memoria. ¿Cómo hacerle justicia a la curiosidad que tenemos por nuestros amigos, por nuestro cine, por la ciudad que caminamos todos los días? Y en ese sentido, la ficción nos permite por un rato jugar a que Octavio es Paul Newman o que el cineclub es un espacio infinito.
−Quienes conocemos el cineclub lo reconocemos, pero al mismo tiempo —como ocurre siempre que alguien asume un personaje— ya no es exactamente el mismo. Hay algo extraño en la puesta en escena: un espacio familiar transmuta en otro, ligeramente desplazado. ¿Qué estrategias formales permitieron que ese recinto adquiriera un halo de misterio?
−Salinas: La primera estrategia formal de la película es emparentarse a través del blanco y negro con una zona de la historia del cine que nos interesa mucho, y nos da pie para jugar e inventar con las sombras y los volúmenes, un espacio nuevo, que existe en nuestra imaginación como la evocación exagerada de los recovecos del cineclub. Para eso las sombras y la oscuridad son elementos clave que esculpen cierto misterio y a la vez remiten a otras tradiciones del cine noir y el expresionismo. En segunda instancia está el uso de los fundidos para superponer capas de espacio y multiplicar su escala y profundidad, una forma de multiplicación de las imágenes que nos permite poner en relación planos que el montaje por corte directo no permite; a través de la sobreimpresión podíamos crear túneles entre espacios que no existen en la realidad. Esto es algo que no pensamos a priori, sino que surgió durante el montaje, de la necesidad de que ciertas escenas nos dieran una fuerza extra a lo que ya habíamos filmado. Por último, el trabajo sobre la textura de la imagen digital para distorsionarla y desnaturalizarla a través de desenfoques selectivos y agregando una cantidad de “ruidos” digitales, que permiten que nos alejemos de una imagen más tradicionalmente digital o contemporánea.
−El contrapunto de las escenas nocturnas y enrarecidas es el centro de Córdoba. Otra vez, las calles cercanas al cineclub y, en especial, La Cañada, devienen enigmáticas. ¿A qué responde ese contrapunto entre la penumbra interior y la intemperie urbana?
−Sonzini: En el registro que se hace de un espacio uno tiene la oportunidad de pensar cómo quiere retratarlo. En los '70 Raúl Ruiz decía que en el cine no existía Chile y había que inventarlo. Con Córdoba nos pasa un poco lo mismo (no a nosotros solos, a toda la generación de cineastas que venimos haciendo películas desde hace casi 20 años), tenemos la fascinante posibilidad de inventar una Córdoba para el cine. Nos interesa particularizar la ciudad y usar los referentes que tenemos para construir una especie de ciudad mítica que exista en nuestras películas y no sea necesariamente la real, aunque parte de ella.
−La cinefilia puede ser una práctica privada, incluso narcisista, pero aquí se inscribe en una tradición que supone comunidad y una relación del cine con el mundo y el conocimiento. ¿Cómo conciben el lugar del cine en la película y más allá de ella?
−Salinas: Nosotros venimos del cineclubismo, nos conocimos viendo y discutiendo películas en Cinéfilo Bar, en La Quimera, en el videoclub 7.° Arte o en el Seminario de los Viernes. La cinefilia que conocimos en estos lugares no es un espacio muerto lleno de referencias eruditas o de listas canónicas que se replican. Todos estos lugares eran comunidades con muchas diferencias, pero donde circulaba la convicción de que el cine es una fuente genuina de placer, que va dejando en cada cual un eco del mundo que habitamos. Una manera de leer ese mundo. Algo que resuena después de que termina la película y persiste en cómo esas películas nos miran envejecer. Y, en ese sentido, no queríamos que las películas dentro de nuestra película fueran metáforas o síntesis de sentido, sino ecos de lo que el cine aporta a la vida de Pelu. Lo que le puede enseñar sin que se dé cuenta. Un rastro que se vuelve indeleble porque lo enriquece de una manera de la que él no es completamente consciente.
Para ver La noche está marchándose ya
Argentina, 2026, DCP, 104’, AM13. Dirección: Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini. Con Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro. En el cineclub Hugo del Carril desde el jueves 5 de marzo.


