Estreno. Así es El amor que permanece, un filme que se posa sobre lo irreversible
Aunque aparentemente en pleno proceso de separación, Anna y Magnus siguen pasando tiempo juntos por el bien de sus tres hijos: Ída y los gemelos Þorgils y Grímur. Calificación: buena.
Si respecto de ciertas cuestiones más decisivas que la fecha de vencimiento de un yogur o un analgésico se conociera el momento de su caducidad (pensemos en los vínculos amorosos o incluso en el propio tiempo de vida), quizás sería menos angustioso el tránsito de un estado a otro.
Pero ese conocimiento es imposible, y cuando la simetría de los sentimientos entre dos personas se desquebraja y una relación se desvencija, hay un tiempo de adecuación que es confuso y doloroso.
Esto es lo que intenta filmar Hlynur Pálmason, en El amor que permanece. No elige el conflicto ni las expresiones indecorosas de la conducta ante la desunión; prefiere observar poéticamente en el lento paso del tiempo de la disolución las reacciones de una pareja y la de sus hijos.
Lo distintivo de este drama familiar es el paisaje en que vive la familia. Las zonas rurales y marítimas de Islandia son un territorio inmenso, mayormente deshabitado, donde la luz del sol se difumina en la materia con menos ímpetu que en otras geografías.
Al drama afectivo se suma acá una estética meteorológica: los cambios de estación son aprovechados para denotar el tiempo y asimismo la relación entre temperatura y vida cotidiana.
Los planos abiertos son constantes, necesarios para que la vastedad de un paisaje permita intuir que, ahí, la soledad constituye una desolación sin atenuantes. El plano final es una síntesis de quien ha comprendido a la fuerza ese destino.
El amor que permanece dista de ser un drama ortodoxo. Pálmason se extiende sobre actos cotidianos en los que el agrado y la satisfacción son dominantes. Mientras el exesposo trabaja en un pesquero en altamar, la mujer dedica su tiempo a estampar en telas blancas figuras geométricas selladas por el óxido de otros materiales. Son piezas artísticas poco habituales, ligadas tal vez al lugar en que habitan los personajes.
Las escenas de paseos y tiempo compartidos en almuerzos y cenas son recurrentes.
Los hijos entienden lo que pasa, y parecen no sufrir la separación: el malestar se desplaza a la vida onírica y a accidentes menores no exentos de peligros.
Tal decisión narrativa implica una visualización proclive al simbolismo. Cualquier exceso, cuando se ilustra un símbolo, se puede pagar caro. En El amor que permanece la insistencia en atribuirle una imagen icónica a una emoción específica agota por la insistencia en el recurso. Lo que sucede con el gallo de la casa es un ejemplo.
Apenas unos años atrás, Pálmason hizo una película extraordinaria llamada Godland; en aquella oportunidad, la noción de espacio se imponía en la puesta en escena, aunque tal película era una meditación sobre la finitud, que presuponía una genuina inquietud sobre el tiempo y su naturaleza irreversible.
El fin de una relación amorosa es siempre una introducción al sentido del deceso y su condición inalterable.
En esto, Godland y El amor que permanece están hermanadas. A aquella película, quizás y extrañamente, la desbordaba una cierta tendencia a la crueldad. En este último filme, la desproporción se filtra a través de la sobreabundancia de lo hermoso y, sobre todo, de lo figurado.
Y, sin embargo, son desajustes poético-narrativos que apenas hieren el corazón de las películas, cuyo placer visual es ostensible, como también, y especialmente, el amor dispensado a sus personajes.
Para ver El amor que permanece
"Ástin sem eftir er", Islandia-Dinamarca-Suecia-Francia, 2025. Dirección: Hlynur Pálmason. Guion: Hlynur Pálmason. Intérpretes: Saga Garðarsdóttir, Sverrir Gudnason, Ingvar Eggert Sigurðsson,Anders Mossling, da Mekkín Hlynsdóttir.
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