La huella de la represión en los hijos de las víctimas
Pablo y Enriqueta Balustra declararon ayer como querellantes y testigos. Su padre estaba hemipléjico cuando fue fusilado.
Los dos hijos de Pablo Balustra, uno de los presos políticos "legalizados" que fue fusilado, declararon el martes como testigos y querellantes en el juicio a Jorge Rafael Videla, contando los recuerdos de la infancia marcados por la ausencia del ser querido y el terror que imprimió a su familia la dictadura."(Luciano Benjamín) Menéndez hacía salir a los soldados para que les hagan simulacros de fusilamiento a mis abuelos, que iban a buscar el cuerpo", dijo Pablo Balustra hijo, hoy de 38 años.Pablo (h) y Enriqueta Balustra tenían 4 y 1 año y medio, respectivamente, cuando su padre fue fusilado con otros presos el 11 de octubre de 1976, justamente, en un simulacro de fuga. Esto a pesar de que el hombre, delegado de Obras Sanitarias de la Nación y militante de Montoneros, estaba hemipléjico a causa de la tortura.Ambos visitaron en la cárcel a su padre, detenido en julio de 1975, pero sólo el hijo mayor guarda vivos recuerdos de esas jornadas, en una de las cuales el padre le dijo que "tenía que ser machito, tenía que cuidar de la familia...él intuía lo que le iba a pasar".El velatorio. "El día que velamos a mi papá nos cortan la luz. No recuerdo si fue un día antes, o ese mismo día, que nos cortan la luz. Lo traen a mi papá y lo velamos en la casa (...) Si hay algo que faltaba era eso. Y el cajón estaba cerrado, no lo pude ver", relató Pablo.En un momento de su declaración, fustigó a los acusados (que ya se habían retirado de la sala): "Las cosas (sic) que suelen estar sentados acá... podridos de crueldad...han llevado a la especie humana a lo más degradante...eso es lo que yo viví".La hermana. Después llegó el momento de su hermana, Enriqueta, quien mientras prestaba el juramento de todos los testigos presionaba la foto de su padre que llevaba como colgante. En una emotiva declaración, contó desde su perspectiva cómo fue crecer sin un padre. "Mi mamá no podía darme la teta, porque estaba buscando a mi papá por todos lados o porque estaba muy nerviosa", recordó. Al igual que su hermano, fue en el taller Julio Cortázar, abierto con el retorno de la democracia, en el que comenzó a reconstruir la historia familiar. Hoy reclama justicia.

