Día del Holocausto Las huellas de crecer en medio del horror

¿Cómo son los recuerdos de quien debió pasar oculta toda su infancia para sobrevivir a la ocupación nazi en Francia? Una lección de resiliencia y memoria, en primera persona.

19 de abril de 2026 a las 08:21 a. m.
Hélène Goldsztajn
Las huellas de crecer en medio del horror
La sobreviviente del Holocausto Hélène Goldsztajn emocionó con su testimonio y su lección de vida.

Hay recuerdos que no están. No porque se hayan borrado, sino porque nunca llegaron a formarse. Mi infancia empieza así: con un vacío.

Durante los primeros años de mi vida, escondida en una casa en plena guerra, no conservo absolutamente nada. Si sé que estuve allí, es por cuatro fotos pequeñas: un jardín, un caballo, otros chicos, un caballito de madera. Esa es toda la evidencia de que alguna vez fui una niña en ese tiempo. Sin esas imágenes, no tendría infancia hasta los cuatro años y medio.

Mi historia, como la de tantos sobrevivientes del Holocausto, está hecha de fragmentos. De etapas. De silencios. La segunda parte de mi infancia transcurre en otra casa, con quienes salvaron a mis padres y también a mí.

Allí sí hay algo más: una sensación. No tenía juguetes -o al menos no los recuerdo-, pero tenía aire libre, bicicletas, animales, una cercanía afectiva con esa pareja que me crió. Ellos me enseñaron valores, me cuidaron, me dieron algo que, con el tiempo, aprendí a nombrar: amor.

No había casi nada, pero sí ingenio y cuidado.

A los seis años y medio volví con mis padres. Y ese regreso, que podría pensarse como el final del desarraigo, fue en realidad otro comienzo difícil. Volvía a un lugar que no reconocía, con personas que eran mis padres, pero a quienes no conocía. Tuvimos que construir el vínculo casi desde cero.

No fue un proceso largo, pero sí intenso. El colegio me ayudó: fue el primer espacio donde algo empezó a ordenarse.

Leía mucho. Los libros eran refugio. Pero no corría, no gritaba, no jugaba como otros chicos. Éramos, de alguna manera, pequeños adultos.

Recién entre los siete y los diez años apareció algo parecido a una infancia “normal”. Las amigas del barrio, del colegio -todas con historias similares-, los juegos, el cine de los domingos, los paseos por los bulevares de París.

Nunca hablábamos de lo que habíamos vivido. No hacía falta. Era un dato compartido, constitutivo.

Nunca pensé mi vida en términos de “no pertenecer”, pero hubo momentos. El primero, sin duda, cuando me separaron de mis padres siendo muy chica. No lo recuerdo, pero sé que fue un desarraigo enorme. Ni siquiera hablaba el mismo idioma que quienes me cuidaban. El mundo era completamente ajeno.

Después, curiosamente, no sentí ese desarraigo en la segunda casa. Allí hubo afecto explícito, visible. Me sentí querida, y eso alcanza muchas veces para sentirse en casa.

El otro momento difícil fue el regreso con mis padres. El barrio, pobre y deteriorado tras la guerra, me resultaba hostil. Las condiciones eran precarias.

Pero, otra vez, el tiempo hizo su trabajo. A los pocos meses, ese lugar también fue mío. Incluso la carnicería de mi padre, donde me gustaba escuchar a los clientes -casi todos sobrevivientes- hablar de la guerra. Eran relatos duros, pero yo quería oírlos.

Años después, ya adulta, volví a experimentar algo parecido al desarraigo cuando llegué a la Argentina. Tenía 21 años, recién casada. El idioma no fue una barrera, pero sí lo fue, al principio, la convivencia con la familia de mi esposo.

Las formas eran distintas, más frías que las que yo conocía. Con el tiempo, como tantas otras veces en mi vida, logré adaptarme. Ellos también cambiaron, yo también.

Mi esposo fue un sostén fundamental. Viajamos mucho por el país antes de tener hijos, y eso me ayudó a sentirme parte. Aunque la nostalgia por Francia me acompañó durante años.

Tuve la suerte de encontrarme con mis 6 nietos en París, hace dos años, y de poder llevarlos al barrio donde transcurrieron mi infancia y mi juventud. Les expliqué in situ lo que fueron, por ejemplo, las redadas, la necesidad de encontrar escondites, lo que fue la “arianizacion” de los negocios o la expoliación de los departamentos...

Por eso no puedo creer que el antisemitismo haya rebrotado de esta manera. Antisionismo o antisemitismo es lo mismo, no entiendo por qué nos odian.

En pleno siglo 21, no puedo entender que hayan vuelto acusaciones medievales. Entonces se carecía de conocimientos, de información. Pero hoy no... ¿por qué acusar a los judíos de genocidas cuando aportan tanto al mundo, cuando se defienden de actos salvajes y cuando responden a tantas y reiteradas amenazas de aniquilación?

Es terriblemente preocupante ver que las organizaciones internacionales como la Cruz Roja o la ONU, que se crearon para hacer de este un mundo más pacífico y solidario, están ahora haciendo todo lo contrario de lo que se proyectó con su creación.

Las nuevas generaciones, en general, no entienden la magnitud de lo que fue la shoá porque ni los mismos sobrevivientes pueden entender cómo pudieron sobrevivir a tantos horrores, a tanta inhumanidad.

No puede ser lo mismo, tampoco, entenderlo desde la razón. Para entenderlo realmente, hay que haberlo sentido en sus entrañas. Como dijo uno de nuestros sobrevivientes mayores, Jack Fuks, “quien no vivió Auschwitz nunca podrá entrar en él”.