Un político pasional
Dirigente que devolvió la pasión a la militancia política, Néstor Kirchner deja un legado que impondrá a la historia un mesurado balance de sus aciertos y errores.
En el cuarto de siglo de restablecimiento de la democracia en nuestro país, dos presidentes devolvieron a la política uno de sus más nobles atributos: la pasión. Fueron Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner. Estilos distintos, es cierto, pero con fuego interior de pareja intensidad, que pudo haber dado mayor solidez a la forja de la identidad nacional. Ambos dejaron obras inconclusas; sus proyectos, disímiles, no fueron superiores a las adversidades que pudieron encontrar y supieron crear. Ambos se consideraron superiores a los partidos en los que militaron; por eso, uno habló de tercer movimiento histórico y otro de movimiento transversal. Murieron de regreso a las fuentes. Dos fueron las mayores realizaciones de Kirchner: una disciplina fiscal ejemplar y el restablecimiento de la jerarquía de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, a la que rescató del lodazal de la mayoría automática. Y pudo haber hecho una tercera, cuando reabrió la memoria e impulsó el juicio y castigo de quienes ensangrentaron a la patria; es decir, retomar una obra histórica que Alfonsín dejó trunca por debilidad. Pero Kirchner ejerció con férrea decisión una memoria unidimensional, que no sirvió más que para resembrar odios y enconos. Deja, así, un pueblo crispado, como él mismo reconoció en los últimos tiempos, porque no pudo o no quiso superar el sentido maniqueísta de sus actos.Su disciplina fiscal sirvió para acelerar la recuperación del país y rescatarlo de la peor crisis socioeconómica de su historia, pero pareció pensar que refundaba la historia, mientras procuraba reescribirla con denso providencialismo. Quizá eso explique su tendencia al aislacionismo internacional; su reticencia a recibir a embajadores extranjeros; su renuencia a las reuniones de gabinete; el rechazo a que sus ministros fueran interpelados en el Congreso. Y seguramente la historia del federalismo argentino no le será benévola cuando juzgue el oprimente centralismo que impuso a provincias y municipios. Alquilar lealtades y ovaciones no es tarea de estadistas.Al jurar su cargo, habló de los "trajes a rayas" que esperaban a los corruptos. Deja un país hundido en una miseria moral que recuerda el barro de gobernantes que afrentaron la decencia. Su parábola se cierra con onerosas alianzas con la "mafia" denunciada en ese mismo discurso. Deja, sí, un gran vacío, y la mayoría de las instituciones republicanas agrietadas por el decisionismo y la turbidez, a las puertas de un proceso electoral que se avizora áspero y mezquino, donde el saneamiento institucional cuenta poco.Es hora de acompañar a la presidenta Cristina Fernández, esposa y sucesora de Kirchner, para que junto a toda la dirigencia del país trabaje para aliviar la crispación de los espíritus y abrir un debate con grandeza. Josep Tarradellas, padre del renacimiento catalán, enseñó que "la democracia es un combate que se gana discutiendo".

