Un clásico desastre
Es acertado inferir que los sucesos violentos desatados en las inmediaciones del Monumental de Núñez son un reflejo de una sociedad en constante crispación. Postergada la final River-Boca: se jugaría el 8 de diciembre
Si los argentinos pensábamos que le íbamos a mostrar al mundo la final del siglo, el espectáculo deportivo soñado, el partido más relevante de la histórica rivalidad entre River y Boca, nos equivocamos amargamente. Una minoría revoltosa logró que aquellos nobles deseos de la mayoría resultaran irrealizables. Una vergüenza, un papelón.
La promocionada finalísima de la Copa Libertadores de América entre los clubes más populares del fútbol argentino nos puso otra vez de cara a realidades tangibles.
Por caso, los barrabravas, lejos de ser erradicados de las canchas, continúan amasando fortunas al amparo de negocios ilegales que a menudo tienen la complicidad de dirigentes (no sólo del fútbol) de dudosa honorabilidad.
La extendida cronología de los acontecimientos que empañaron lo que debió ser una fiesta del deporte nos devuelve imágenes difundidas hasta el infinito. Pero todas coincidentes en un diagnóstico brutal: vergonzoso.
Por cierto que, más allá de los malvivientes que se escudan en la connivencia de los dirigentes, los gravísimos incidentes que se registraron el pasado sábado (y que tuvieron su pico de intolerancia cuando parciales de River atacaron el colectivo que trasladaba a la delegación de Boca) tienen culpables de distintas categoría que tendrían que dar explicaciones.
Mientras los responsables de la seguridad (tanto en la órbita de la Ciudad de Buenos Aires como a nivel federal) se pavoneaban en los canales de televisión dando certezas de que el operativo estaba garantizado para vivir una jornada en paz, la realidad les asestó un revés rotundo.
Es de interés tomar en atención que semejante desmadre haya detonado a pocos días de la Cumbre del G-20, que desde este viernes reunirá en Buenos Aires a los líderes más poderosos del planeta. Otra parada que pondrá a los argentinos en el ojo del mundo.
Es acertado inferir que los sucesos violentos desatados en las inmediaciones del Monumental de Núñez son un reflejo de una sociedad en constante crispación.
Pero es justo ponderar también que hay millones de argentinos que viven en armonía y que repudian el ensañamiento que se ve a diario en las calles e impide la convivencia pacífica.
El fenómeno de la violencia y de los negocios espurios en el fútbol no nació con la frustrada finalísima.
Se dirá que el operativo de seguridad fue un fracaso, que hubo zonas liberadas y que, incluso, se dirimió una interna subterránea entre policías porteños y federales.
Viejos problemas irresueltos que esta vez alcanzaron niveles de irracionalidad y que agitaron la presunción de que el más popular de los deportes está tocando fondo en la Argentina.

