Tras la máscara de la pasión
Los cambios que se anuncian en Fútbol para Todos demuestran que se pretende seguir lucrando con el deporte más popular sin preocuparse por los clubes ni por la gente que los sigue.
Por momentos, Argentina parece una sociedad-espectáculo, habituada a continuas representaciones que no duran en cartel, pero cuyos actores suelen mostrar escasa variedad. El último paso de una comedia de gran presupuesto se escenificó en despachos de la Casa Rosada y tuvo por protagonistas a Marcelo Tinelli, Julio Grondona y Jorge Capitanich, y a un ausente: Cristóbal López. Más de uno podría manifestar su incredulidad ante lo variopinto de la sociedad Grondona-Tinelli-López, pero cosas más extrañas han adquirido estatus de normalidad en este país excepcional: el zar de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), el hombre de más dilatada permanencia en el poder, asociado a quien hasta no hace mucho fungió como el dueño de la televisión argentina y, por último, pero no menos importante, el patrón del juego en la provincia de Buenos Aires.Desde hace unos años, cada argentino se ha convertido en un contribuyente al negocio del fútbol gracias a un Estado dispendioso, que este año le entrega 1.400 millones de pesos. Pero ¿por qué conformarse con poco? El sistema, ya se sabe, está integrado por clubes fundidos, deudas estratosféricas y dirigentes de un asombroso e impúdico grado de corrupción. Y se trataría de seguir sosteniéndolo, para que la fiesta no decaiga.Ahora, el nuevo negocio es el Canal AFA TV, a un costo de 24 millones de pesos mensuales, y lo que hasta hoy fue gratis, mañana podría estar arancelado para los televidentes, como lo estaba antes de que Néstor Kirchner decidiera crear Fútbol para Todos.El negocio futuro sumaría las apuestas on line , quizá porque nosotros estamos en condiciones de hacer bien lo que en otros países salió estrepitosamente mal, y hasta el más humilde de los argentinos podría apostar desde su celular. ¿Acaso no se trata de eso lo que llaman progreso?Así, clubes con pasivos horrorosos –los 400 millones de pesos de River son sólo una muestra– podrán seguir a flote mientras sus dirigentes se enriquecen, hundiendo un poco más a las instituciones que manejan, y los democratizados espectadores del fútbol podrán contemplar cómo el no menos democrático tándem Grondona-Tinelli-López navega en un mar de dinero fácil.El país de 2014 no dista del de 1978 (aquel del Mundial ganado y hoy repudiado), al menos en un punto: la imperiosa necesidad de que la selección nacional haga un buen papel en Brasil, necesidad que explicaría estas raras sociedades.Hoy como ayer se trata del mismo país devorado por la inflación creciente, que debería darles a sus hijos algún argumento válido sobre el uso de los fondos públicos, antes que otorgarles a todos y cada uno la oportunidad de dar el batacazo apostando unos pocos pesos a una ilusión fugaz. Es inadmisible que bajo la máscara de una pasión popular se oculte un monstruo de tantas cabezas.

