Tiempos injustos
Justicia lenta. Nuestra Justicia se arrastra a velocidad paquidérmica mirando hacia el poder político, mientras aguarda señales para seguir adelante o practicar el arte de la distracción.
Sobran los ejemplos para corroborar que, jurídicamente hablando, no estamos en el mejor de los mundos: Luis D'Elía juzgado por la toma de una comisaría (13 años después); la muerte de David Moreno, ocurrida en 2001 (juzgada 16 años después); dos muertes como consecuencia de una picada (cinco años atrás), en una causa que será juzgada en mayo por la premura que impone el que su principal imputado haya sido el instigador de un homicidio en el estadio Kempes.
También podría mencionarse la sucesión Manubens Calvet, sólo para abundar en lo obvio: que el universo judicial argentino ha perdido hace mucho el contacto con la sociedad por la que debe velar.
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En un pase de facturas que no enaltece a ninguno de los protagonistas, los responsables de la Justicia le achacan al poder político las culpas por no otorgar los recursos económicos necesarios para la eficiencia del
, los magistrados se quejan del empecinado aislamiento del Tribunal Superior de Justicia; los abogados, de la mora de los jueces, y los particulares, de su indefensión.
Nadie, inocente o culpable, debería pasar años a la espera de que la Justicia resuelva su situación. Peor aún, con frecuencia se asiste a la finalización de causas que a lo largo de los años vieron perdidos sus expedientes, extraviadas sus pruebas y fallecidos a sus implicados.
Sin ingresar en el espinoso asunto de la independencia de los jueces, el Poder Judicial viene acumulando en la Argentina las culpas derivadas de no comprender que es la última salvaguarda para quienes aún quieren participar de un proceso constructivo de ciudadanía, imposible si la Justicia no hace su parte.
Lo cierto es que nuestra Justicia se arrastra a velocidad paquidérmica mirando hacia el poder político, mientras aguarda señales para seguir adelante o practicar el arte de la distracción y admite que abogados duchos en complicarlo todo estiren los tiempos hasta el infinito.
Toca en este punto a los mismos profesionales del derecho formular su absolución de posiciones, toda vez que sus entidades representativas nada dicen sobre estas prácticas antiéticas, sino que prefieren disimular la violación de todos los límites implícita en la afirmación de que una víctima de homicidio se suicidó.
Todo esto es posible porque muchos lo hacen posible: desde la política, beneficiaria de una Justicia lenta y olvidadiza; desde los organismos de control devenidos en organismos de perdón; desde los tribunales donde suele firmarse lo que no se leyó o perder lo que bien se leyó; desde los bufetes donde se legitiman prácticas cómplices. Donde, en suma, todos aportan lo suyo para que estemos como estamos, agregando la injusticia a nuestra larga lista de falencias.

