Saneamiento moral de la Iglesia
Con el endurecimiento de penas para los delitos sexuales perpetrados por religiosos, el Vaticano no logra ahuyentar los fantasmas que recorren el mundo católico.
Un fantasma recorre el mundo católico: el fantasma del escándalo que produce la propagación de la pedofilia y la pornografía en el clero, en sus distintos estamentos jerárquicos, desde el párroco de un villorrio olvidado hasta prelados de la curia romana. Un problema que se instaló en el seno de las naciones. Por doquier se sustancian juicios canónicos y civiles contra religiosos que han violado sus juramentos. El miércoles último, el padre Federico Lombardi, portavoz de la Santa Sede, expresó: "Más allá de los abusos sexuales, se trata de delitos contra la fe y contra los sacramentos de la eucaristía, de la penitencia y del orden".
Parece que regresan los tiempos de perversión que durante el Renacimiento conmovieron a la Iglesia Católica y que generaron el estallido de la Reforma, la que no pudo ser contenida por la Contrarreforma que durante algunas centurias sirvió para restaurar la resquebrajada imagen eclesiástica.
El actual regreso eclesiástico a la decadencia moral se vincula con la transmutación de valores, los cambios profundos en costumbres y convenciones de la sociedad contemporánea y la oferta exponencial de estímulos, que no siempre el religioso puede o logra resistir.
Cada episodio hace más profundo y ríspido el debate en torno de la viabilidad del celibato eclesiástico, razón y causa de los escándalos, según la explicación más difundida y reduccionista. La teología moral es puesta en juego por quienes se decantan a favor o en contra de él, y autoridades como los santos Pablo, Agustín y Tomás de Aquino son invocados. Naturalmente, los que se oponen al celibato recurren al famoso pasaje de la Primera Epístola a los Corintios, donde Pablo, al dirigirse a los solteros, expresa: "Si no tienen don de continencia, cásense, porque es mejor casarse que arder", pero en párrafos precedentes había advertido a quienes "se unían al Señor" (es decir, a quienes decidían dedicar su vida al apostolado): "Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca".
Esa aparente contradicción es semilla de polémicas que se arrastran desde hace siglos y cobran mayor intensidad en la aldea global. El problema alcanza tal gravedad que Benedicto XVI ordenó a la Congregación para la Doctrina de la Fe modificar el Código de Derecho Canónico, para hacer más ágiles los procedimientos y más duras las penas; aceptar la participación de laicos en los tribunales de jurisdicción eclesiástica que juzguen a quienes quebranten sus juramentos de castidad y celibato; extender los plazos de prescripción de las causas (que pasan de 10 a 20 años); dictar condenas más duras para los religiosos que abusen de minusválidos y que se incorpore en el Código el delito de pedo-pornografía. Pero todo parece indicar que los fantasmas seguirán rondando.

