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Un problema interminable

La afirmación del ministro brasileño Fernando Pimentel, acerca de que las relaciones comerciales con nuestro país son un problema permanente, es la prolongación de una constante histórica.

25 de enero de 2012 a las 12:01 a. m.
Un problema interminable

Nada nuevo dijo el ministro de Desarrollo, Industria y Comercio Exterior brasileño, Fernando Pimentel, cuando afirmó que el intercambio comercial de su país con la Argentina “ha sido un problema permanente”. Es que, en verdad, antes y después, dentro y fuera del Mercosur, las dos mayores potencias económicas de América del Sur han mantenido ríspidos desencuentros, generalmente por decisiones unilaterales que terminan perjudicando los intereses del principal socio comercial.

Así, Brasil dio en enero de 1999 un golpe muy duro a la resquebrajada economía de nuestro país cuando devaluó sorpresivamente el real en casi un 30 por ciento. Analistas de ambos países consideraron que el brusco cambio que se produciría en los precios relativos crearía problemas en el corto plazo, pero que una vez superados se alcanzaría “una más intensa utilización de la capacidad de oferta de la economía, un incremento de las exportaciones y una situación más sólida de la balanza de pagos”. Hoy la mayoría de los analistas argentinos atribuye a esa corrección monetaria del país vecino el efecto de acelerar el estallido, en 2001, de la mayor crisis económica de nuestra historia. Respecto de las prognosis de los expertos, habría que recordar la obra maestra en ironía de uno de los principales asesores de Richard Nixon, el ex presidente de los Estados Unidos: “La única función de las previsiones económicas es hacer que la astrología parezca respetable”, dijo.

Quizá en lo único que los profetas aciertan es en prever periódicos frentes de tormenta en el intercambio comercial entre los dos países. Si hubo alguna vez una posibilidad de una sana integración, se dejó pasar, y ahora resulta casi inalcanzable. Las profundas asimetrías en el crecimiento de ambos países sólo permitirán proyectos binacionales acotados, como en las industrias automovilísticas y aeronáuticas, en las cuales la Argentina complementa al Brasil, lo admita o no nuestro orgullo patriotero.

Las grandes potencias económicas saben que la Argentina es imprevisible en el comercio internacional. Nuestra insana política de medidas reactivas y unilaterales, muchas de ellas contradictorias por ausencia de planes de desarrollo de mediano y largo plazo, quita previsibilidad y seguridad jurídica, principios básicos para atraer inversiones. No por casualidad nuestro país desciende de año en año en las estadísticas mundiales de inversiones extranjeras directas. Sólo se dan en áreas de mercados cautivos o en proyectos aceptables por países tercermundistas, como la devastadora industria minera, que ofrece posiciones laborales a plazo fijo, alguna mediocre participación en la explotación de los minerales extraídos y gigantescas corrupciones, a cambio de la devastación a plazo indefinido de los ecosistemas atacados.