Obsecuencia y humillación
Las palabras y actitudes de los recién conversos y de otros funcionarios kirchneristas son más nocivas para el oficialismo que el más leve de los ataques de un opositor cerril.
Si algo muestra la historia, tanto fuera como dentro de nuestras fronteras, es que la obsecuencia es un riesgoso ejercicio de equilibrio en una cuerda demasiado floja. Es el caso, ya comentado en esta columna, del director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, quien pretendió ser más kirchnerista que los ultrakirchneristas en materia de pensamiento único y abogó por la prohibición de que el premio Nobel Mario Vargas Llosa hablara en la apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires. La reacción negativa de la Presidenta lo obligó a dar una nueva vuelta de tuerca a su obsecuencia e incurrir en la humillación de firmar una carta en la cual dijo: "Tal como me lo ha expresado (Cristina Fernández de Kirchner), no es concebible la vida literaria y el compromiso con la ensayística social sin un absoluto respeto por la palabra de los escritores o de cualquier ciudadano, cualquiera sea su significación o intención".A su vez, la diputada nacional "ultra" Diana Conti, que había propuesto una reforma constitucional para imponer su proyecto de "Cristina eterna", quedó abrumada por el rechazo a su iniciativa, que atribuyó a una aviesa descontextualización de sus declaraciones. Olvida o ignora que en la decantada práctica de nuestra política, negativas de ese estilo son confirmaciones de lo que se pretende negar.La obsecuencia tiene un alto grado de humillación y de autoflagelación. Por lo general, incurren en ellas los recién conversos (por ejemplo, quienes provienen del menemismo, del duhaldismo, de la Alianza o, peor aún, del masserismo). El obsecuente que pretende marchar un paso por delante del flamante objeto de su febril adoración termina casi siempre en el vacío político e inevitablemente siempre, en el ridículo. Cada negativa que intentan de lo dicho u obrado por ellos se transforma ante la opinión pública en afirmación y en confirmación concluyentes. En su actual fase de relativa tolerancia, que se consolidaría con mayor margen de credibilidad si se decidiese a apagar las llamas del ruinoso conflicto que el kirchnerismo mantiene con el campo desde 2008, la Presidenta dejó pasar –sin una severa admonición– la ridícula prohibición de dialogar con el periodismo independiente que el canciller Héctor Timerman intentó imponer a los diplomáticos acreditados en la Argentina, lo que constituye una gratuita vergüenza adosada al Gobierno. El ministro sólo debería dedicarse a su adicción por las redes sociales, en las que, al menos, el daño que infiere es menor. Finalmente, habría que incluir en ese lote al jefe de Economía, Amado Boudou, que en sus dichos parece renegar de los más elementales principios de la ciencia que leyó como estudiante.El fervor de los recién conversos y de tantos que terminan humillados en el altar de la obsecuencia es más nocivo al oficialismo que el más leve de los ataques de un opositor cerril.

