La crisis venezolana
Urge encontrar formas de conciliación que instauren el diálogo y la negociación como alternativas a la violencia que hoy impera en el país que gobierna Nicolás Maduro.
El grave cuadro de inestabilidad que hoy afecta a Venezuela –con el gobierno de Nicolás Maduro jaqueado por una crisis tan heredada como mal afrontada y una oposición dividida entre palomas y halcones– lleva otra vez al subcontinente a mirarse en el siempre ingrato espejo de las debilidades institucionales. Con las calles tomadas de manera alternativa por los partidarios del gobierno y por fuerzas de la oposición que han pasado a tener una vanguardia estudiantil, los choques sucedidos hablan de una espiralización que ninguno de los oponentes parece interesado en detener.Ambos están convencidos de que la situación favorece sus planes: el oficialismo, porque la embestida de quienes lo confrontan distrae al país de los gravísimos problemas sociales y económicos; la oposición, porque especula con el creciente desgaste de una gestión de marcada incompetencia y porque juega a exponer las contradicciones de un régimen que pierde legitimidad en cuanto más apela al uso de la fuerza.Sin embargo, unos y otros eluden la cuestión central: Maduro fue elegido democráticamente para ocuparse de gestionar los asuntos de un país que, instalado sobre un mar de petróleo, no ha sabido lidiar con sus propios fantasmas. Esto sin mencionar lo obvio: que ninguna legitimidad sería posible para quienes buscan desde la calle el desmoronamiento del gobierno.Han incidido en gran medida para complicar las cosas la falta de liderazgo y de proyecto de Maduro, quien ahora parece apelar a la solución que le permitió a Nasser manejar con mano de hierro a Egipto durante décadas: el argumento era que, en estado de guerra constante con Israel, poco podía hacerse en el plano interno.Para Maduro, la fuerte embestida de la oposición es el argumento justo para disimular las propias carencias. La oposición democrática representada por Enrique Capriles ha sido por el momento marginada en aras de la opción de la vía directa, representada, entre otros, por el detenido Leopoldo López.En el marco citado, el papel de los países de la región es de capital importancia, y la Unasur se ha apresurado a exponer su respaldo al gobierno constitucional de Venezuela, actitud que por las suyas han ratificado Uruguay y la Argentina.Con todo, dicho respaldo no debería entenderse como una carta de indemnidad para la utilización de bandas armadas en la defensa del gobierno o el apoyo a actitudes destituyentes. Urge encontrar formas de conciliación que instauren el diálogo y la negociación como alternativas a la violencia, aun cuando ninguno de los protagonistas parezca interesado en ello.La sufrida Latinoamérica sabe mucho de estos asuntos. Es de esperar que esta vez aparezcan en escena quienes aprendieron las lecciones de la historia, antes de que la historia nos propine a todos una nueva lección.

