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La actitud de los funcionarios

La conducta del ministro de Seguridad de Buenos Aires, Alejandro Granados, quién insultó a un manifestante, es una muestra más del deterioro de la cultura de los dirigentes en el país.

16 de diciembre de 2013 a las 12:01 a. m.
La actitud de los funcionarios

No debe de ser casualidad que, en el país desdichado de estos días, las declaraciones y actitudes de funcionarios de altísimas responsabilidades suenen inoportunas, cuando no infortunadas, conformando un cóctel que va desde lo simplemente descomedido hasta lo descaradamente grosero. Peor aún, en las horas que se viven, algunos parecen sentirse obligados a aportar su granito de arena a la crispación generalizada. No de otro modo puede interpretarse el paso en falso del responsable de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Alejandro Granados, hombre de perfil caricaturesco, invitando a pelear a un particular al que además calificó de "mogólico", gesto que no remedian las tardías disculpas posteriores.Actuación que no habrá de tener consecuencias para este integrante de la casta de los barones del conurbano, a poco que se mida la escasa capacidad de maniobra del gobernador Daniel Scioli en esta y en otras materias.Pero no está solo Granados en el festival de los desatinos. Obsérvese a la ministra de Justicia de Córdoba, atropellando con su automóvil a los manifestantes que cortaban una calle. O al gobernador de Tucumán, negando saqueos en su provincia mientras vaciaba su concesionaria por las dudas. O a la Presidenta, aprovechando un festejo, que debió ser de todos, para denunciar una conspiración en su contra; o al secretario General de la Presidencia, peleando a los gritos con el gobernador del Chaco. Sin olvidar a la saliente ministra de Seguridad de Córdoba poniendo en duda la existencia de un narcoescándalo. O al jefe de Gabinete nacional informando sobre la normalidad de un país en llamas.Abundan los ejemplos y hasta los aportes de figuras cercanas al poder, algunas de enorme representatividad, como Estela de Carlotto, sugiriendo que se debería investigar a los 13 ciudadanos muertos durante los saqueos o las insoportables comparaciones entre unos y otros cadáveres aportadas por Luis D'Elía.Si no es sencillo entender cómo fue que llegamos a este punto, sí es posible visualizar la enorme decadencia de una clase dirigente, la nuestra, la facilidad con la que los menos capaces se encaraman en la función pública a los efectos de ratificar el viejo adagio referido al Estado como un refugio para los ineptos.Hemos progresado, debe decirse, en el dudoso arte de elegir y soportar a los desvergonzados y aún no parecemos estar lo suficientemente indignados con ellos. Y con nosotros mismos.Para evitar voluntariosas búsquedas innecesarias, debería recordarse que en esta parte del mundo ya se inventó un neologismo capaz de abarcar muy bien lo que nos pasa: la palabra "kakistocracia" designa, justamente, al gobierno de los peores. Y, por una vez, tendríamos que tratar de no sentirnos orgullosos por haber sido tan previsores.