Justicia, no espectáculo
El país que acuñó la frase “aquí nadie va preso” requiere en este momento que se enjuicie a los corruptos, tanto como que se ponga en observación a todo el sistema judicial.
Nadie podría negar que las imágenes de Ricardo Jaime y Lázaro Báez esposados eran esperadas por una opinión pública tan acostumbrada a la impunidad como a su exhibición descarada. También por vastos segmentos de una sociedad que aún cree en las virtudes republicanas y por aquellos que siguen abogando por el esfuerzo honesto y el progreso personal forjado en el trabajo laborioso y sostenido. Para todos y cada uno, el dilatado letargo de la Justicia desde 2003 hasta la fecha había clausurado casi toda expectativa en la materia.Que los jueces abocados a resolver tantas y tan graves causas vinculadas con la corrupción comiencen a poner una cuota de buena voluntad allí donde ha escaseado por espacio de 12 años es una noticia que merece ser celebrada. Tanto como merecen ser revisados los pasos vacilantes de un conjunto social que ha llegado hasta donde se encuentra no por casualidad, sino porque muchos no hicieron lo que de ellos era legítimamente esperable por razones funcionales y porque muchos hicieron de la indiferencia una nueva e indeseada virtud.Es nuestra sociedad la que se ha dejado permear por la corrupción, no sólo un segmento de esta o su clase dirigente. Y bueno sería que todos comprendiéramos lo que a cada uno le corresponde en el reparto de responsabilidades, en mayor o menor medida. Nuestra indiferencia ha sido el mejor de los caldos de cultivo para lo que nos pasa.Las consecuencias saltan a la vista: hoy, azorados, nos asomamos al espectáculo lamentable de lo que fue un verdadero festival donde nos hemos dejado engañar por algo muy parecido a una asociación mafiosa encaramada en el poder al solo efecto de trasegar fondos públicos. Nadie podría hoy entre nosotros alegar desconocimiento o ingenuidad al respecto.Y mucho menos en la Justicia: la misma que hoy abandona su cómoda siesta es la que, durante años, mantuvo en el oscuro silencio de sus cajones esas causas que ahora esgrime, cual arietes, para avanzar sobre los corruptos.Vale la pena preguntarse por la calidad de la construcción que puede hacerse sobre estos cimientos, si quienes ahora pueden son los mismos que antes no quisieron.Hay que apostar a la esperanza, es cierto, y estamos obligados a hacerlo, pero el espectáculo de Báez y Jaime insultados por los vecinos en el marco de procedimientos judiciales televisados al detalle podría llevarnos al equívoco de suponer que los cómplices pueden juzgarse entre sí, en una simulación de justicia que nos depositaría en otra frustración.El país que acuñó la frase "aquí nadie va preso" requiere que se enjuicie a los corruptos, tanto como que se ponga en observación a todo el sistema judicial. En especial a sus jueces, claro está.

