Hoy no desembarcaría San Martín
Las actuales generaciones deberían hacer un riguroso examen de conciencia para determinar si sus obras y sus días cumplen los sueños del Libertador.
Todo argentino de bien debería realizar periódicamente una sincera autocrítica de su militancia o de su prescindencia, de su involucramiento en la corrupción o de su resignación a ella, de su tráfico de lealtades o de su indiferencia ante el institucionalizado derrumbe de los valores éticos, de su ávido escalamiento de la pirámide del poder o de su persistencia en un llano que lo asfixia.
Es posible que de ese examen de conciencia surgiera el manantial de agua pura que barra el lodo que cubre prácticamente todos los órdenes de la vida argentina.
No sería un trabajo de indagación extenuante, pero sí angustioso. Bastaría con interrogarse si José de San Martín desembarcaría hoy en su suelo patrio. Recuérdese: consumada la liberación de Chile, establecida la precaria independencia de Perú, cumplido el magno renunciamiento de Guayaquil, abrumado por las mezquindades y mediocridades que durante dos meses lo acosaron en Buenos Aires, en febrero de 1824 solicitó los pasaportes de él y de su hija y se expatrió.
Regresó exactamente un lustro después, en 1829, pero no desembarcó. Por entonces, en la naciente República se encendían las primeras hogueras de una confrontación fratricida entre el puerto y el interior, y ambas partes procuraban su genio estratégico para imponerse en una disputa que ganaba en crispación lo que perdería en destrucción y muerte.
Su respuesta fue una lección de conmovedora grandeza: "Suponiendo que la suerte de las armas me fuera favorable en una guerra civil, tendría que llorar la victoria con los mismos vencidos". Sin desembarcar, regresó a Europa y su llama vital se apagó en Francia dos décadas más tarde.
¿Desembarcaría hoy José de San Martín? Ciertamente, esta República Argentina de nuestros días no es, ni con mucho, el país de sus sueños. Él había advertido que "claudicar ante proposiciones vergonzosas es la última desgracia que puede caberle a un pueblo que tiene sentimientos de honor". Y se encontraría con un pueblo que hipotecó su dignidad a favor de mediocres clases dirigentes que se desprendieron de los valores morales como de una pesada mochila que dificulta su escalada hacia la riqueza.
Él, que fue un gobernador rebelde frente al proyecto unitario, no podría tolerar la actual sumisión de las provincias ante el poder central; él, que fue el jefe militar que mejor comprendió el valor de la cultura en un proceso de liberación y que defendió la libertad intelectual como un bien intransable, no podría convivir en un modelo afanosamente dedicado a la construcción del pensamiento único.
Justo es preguntarse, ¿cuánto de sus sueños encontraría en la Argentina actual?
Todo argentino de bien debe revisar con honestidad y profundidad su patrimonio moral y cívico, para hacer de la Argentina la patria donde José de San Martín pudiese desembarcar con el corazón iluminado por la limpia realización de sus sueños.

