El Estado impotente
Aduana y correo. Hoy se amontonan en depósitos diseminados por todo el país 500 mil bultos.
Parece una regla: cuando los argentinos nos comprometemos a solucionar un problema, seguro que creamos uno nuevo y más difícil de resolver.
Volvió a sucedernos no hace mucho, cuando se anunció que se implementaría un nuevo sistema de entrega puerta a puerta de las compras realizadas en el exterior, para envíos de no más de 200 dólares y hasta dos kilogramos de peso.
Hoy se amontonan en depósitos diseminados por todo el país 500 mil bultos, cifra que crece cada día, ya que los ingresos son manifiestamente superiores a los egresos.
El sistema implementado hizo agua antes de hacerse a la mar. Contribuyeron un mecanismo de clave fiscal que no está al alcance de todos, un Correo que no puede con sus dramas de antigua data y una Aduana que funciona cual si estuviera en vacaciones de verano pues autoriza sólo 400 bultos diarios.
El Correo, claro, alega que no puede con lo que Aduana no quiere, mientras unos y otros juegan al Gran Bonetón, el juego nacional más exitoso por décadas.
Alguien entre nosotros debería, por un momento, recuperar la cordura en una sociedad que bordea todos los días los límites de la razón.
Alguien debería, por ejemplo, asumir que tenemos un problema y la consiguiente obligación de sincerarlo. O admitir que el sistema se diseñó para que no funcione, tal como muchos comerciantes e importadores pedían a gritos. En tal caso, estaríamos hablando de una medida singularmente efectiva, por lo cual nos veríamos obligados a abjurar de todo lo hasta aquí escrito.
En uno u otro caso, afrontamos otra vez las consecuencias de anunciar lo que no podemos hacer. O de hacer lo que no hemos anunciado.
Ya es de por sí excepcional disfrutar de las delicias de un país cuya estructura impositiva enmarañada y su decimonónico proteccionismo –ese que disfrutan los menos eficientes– hacen que se deba pedir al exterior lo que no se consigue por aquí o lo que ladronzuelos con chapa de comerciantes cobran a precios de otros mundos.
No lo es menos que se deba tramitar una clave fiscal, rogar que la Aduana haga su trabajo, el Correo funcione, y soportar por lo menos una espera de medio día ante las puertas de un edificio céntrico con la expectativa de que rinda algún fruto.
En todo caso, para fines de este interesantísimo año, los paquetes paralizados serán ya unos 600 mil, y miles de conciudadanos acostumbrados al rigor nacional desistirán de todo trámite, tras haber constatado, una vez más, que viven en el reino de lo imposible.
Y no habrá de faltar el funcionario que declare haber tenido la mejor de las intenciones, sin aclararnos qué intenciones eran esas.

