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Un ejercicio de democracia

Los debates televisados entre los dos candidatos a presidente forman parte de una tradición democrática de los Estados Unidos que debería ser imitada en la Argentina.

21 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Un ejercicio de democracia

En la fase final de las campañas presidenciales estadounidenses tienen lugar tres debates, que se desarrollan en lugares alejados de las grandes ciudades y son televisados para todo el mundo. El último fue visto por más de 65 millones de personas en Estados Unidos.

Las sedes suelen ser anfiteatros universitarios, donde los candidatos se muestran “cara a cara”, como ciudadanos comunes y a la vez como actores de cine o teatro.

Supervisados por asesores de imagen, los protagonistas no dejan nada librado al azar. Todo está pensado hasta en detalle: el estilo de trajes y corbatas, los cortes de pelo y también los gestos, las miradas y las inflexiones de voz.

Desde cierto punto de vista, pueden considerarse frívolos o superficiales, pero más de una elección se decidió en estos choques de opinión y de estilo. Un caso legendario es el de John Kennedy contra Richard Nixon, en 1960, que fue el primero de la historia en ser televisado.

Estos debates suelen ser importantes cuando las campañas electorales fueron muy parejas a lo largo de su recorrido, pero también en las que se registraron ventajas apreciables a favor de uno u otro candidato, como sucedió en la actual competencia entre el presidente Barack Obama y su opositor republicano, Mitt Romney.

Sin dudas estas contiendas tienen mucho de espectáculo –un componente inseparable de la cultura del país del Norte–, aunque a la vez son un instrumento sensacional para difundir y promover en la ciudadanía el principio de que la discusión y el intercambio de ideas son las partículas elementales de la democracia.

En la Argentina, en cambio, nunca hubo un debate presidencial, ni siquiera en los períodos en que dos candidatos se destacaban claramente del resto, como Héctor Cámpora y Ricardo Balbín, en 1973, o Ricardo Alfonsín e Ítalo Luder, en 1983, o Carlos Menem y Eduardo Angeloz o José Octavio Bordón, en la década de 1990.

Tal como se desarrollan en los Estados Unidos, los debates presidenciales permiten que los candidatos fijen sus puntos de vista y sus principios de acción sobre los temas más importantes de la agenda nacional. Además de responder las preguntas de un periodista coordinador, tienen la oportunidad de dialogar con el público.

En este momento en que la Argentina es gobernada por una presidenta que ni siquiera ofrece conferencias de prensa parece quimérico proponer esta modalidad de discusión pública.

Sin embargo, los debates no son imposibles, como quedó demostrado en las dos últimas elecciones municipales en Córdoba y los comicios para gobernador de 2007, en las que los principales candidatos aceptaron participar en eventos de similares características promovidos por este diario junto con otros medios y por la Universidad Nacional. Lo único necesario es voluntad y verdadera convicción democrática.