Doloroso tributo a la barbarie
El asesinato de un militante del Partido Obrero que apoyaba una manifestación de trabajadores ferroviarios tercerizados prolonga la ominosa saga de violencia sindical y de intolerancia política.
El asesinato de un militante del Partido Obrero durante una manifestación en apoyo de trabajadores contratados en servicios ferroviarios tercerizados agrava la tendencia a la violencia criminal e impune que estraga al sindicalismo argentino. Larga es la lista de episodios que infaman al ámbito gremial, cuya unidad se resquebraja a medida que su máximo dirigente sigue escalando hacia las cimas del poder, a pesar de onerosas prebendas que el kirchnerismo le ofrenda para sus gremios familiares y en la estructura partidaria oficialista. La mayor resistencia a esa aún irresistible ascensión se registra en el interior del gremialismo, en tanto crece la violencia criminal, de uno y otro signo. Quizá el ícono de este drama nacional sea Emilio "Madonna" Quiroz, delegado del Sindicato de Camioneros y chofer de Pablo Moyano, hijo del secretario general de la CGT nacional, cuando disparó a mansalva el 17 de octubre de 2006, durante el traslado de los restos de Juan Perón a la quinta de San Vicente.Ese episodio señala el comienzo de una saga de barbarie que incluye los asesinatos a puñaladas de Pablo Molina, militante de la Uocra (24 de noviembre de 2006); Eduardo Orellana, protesorero de la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina (Uolra), que se disponía a denunciar turbios manejos de la caja sindical (1° de octubre de 2007); Horacio Viviani, hermano de Omar Viviani, dirigente del Sindicato de Peones de Taxis de la Capital Federal y mano derecha de Hugo Moyano (11 de noviembre de 2007); Abel Beroiz, tesorero de la Federación Nacional de Trabajadores Camioneros y tercer hombre en la jerarquía de poder del gremio de Moyano, tal vez el crimen de mayor resonancia; y de Ariel Quiroga, delegado de la Uocra, apedreado y baleado en La Pampa (20 de noviembre de 2008).Nada simboliza mejor la irracionalidad que sufre el país que la feroz gresca protagonizada por militantes de Uocra y Camioneros mientras hablaba la presidenta de la Nación durante la asunción de su esposo Néstor Kirchner como presidente del Partido Justicialista (14 de mayo de 2008). Cristina Fernández no interrumpió su discurso, quizá porque ese florilegio de puñales y cadenas sería sólo una mera "sensación".Estos y muchos otros estallidos de violencia no quedan circunscriptos al ámbito sindical. Son parte del clima de creciente crispación que está destruyendo la convivencia en el país, flagelado por la inseguridad, la intolerancia, el desprecio por el diálogo y la voluntad hegemónica que acude a cualquier recurso para realizar un proyecto de pensamiento único. Por ello, las convocatorias al diálogo de la Presidenta y la hipocresía del jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, cuando dijo que las diferencias de opinión no deben resolverse con agresiones, suenan a expresiones vacías, contrastadas con la falta de respeto y el ataque a quienes piensan, hablan o escriben distinto.

