La corrupción, en la agenda pública
Cuando la ciudadanía advierte los vínculos entre la corrupción gubernamental, privada y sindical, el tema genera indignación, cuando hasta hace poco sólo importaba la estabilidad.
La corrupción es un mal endémico en la Argentina, frente al cual la opinión pública ha permanecido indiferente en los últimos años. Hay un refrán que dice que el pueblo está dispuesto a ignorar el enriquecimiento ilícito de los gobernantes cuando estos gobiernan de manera eficaz. Es decir, cuando hacen obras o impulsan políticas que benefician o promueven el progreso y el bienestar de la gente. El Estado está para custodiar los bienes colectivos y cuando las cosas van más o menos bien, parece no importar que los funcionarios tengan mejores casas o favorezcan a sus hijos con dineros mal habidos. Más aún: está muy difundida la opinión de que es mejor un funcionario corrupto y eficaz que otro ineficaz, aunque sea honesto y no toque un centavo del erario público. En las democracias modernas, la lucha contra la corrupción adquiere importancia cuando se cumple el principio de la división de poderes, cuando existe una verdadera oposición que critica los actos corruptos y una prensa independiente que los denuncia.Por el contrario, cuando una sola fuerza política permanece largo tiempo en el poder y lo ejerce de manera discrecional y autoritaria, los controles sobre la corrupción se aflojan.La historia más reciente de nuestro país lo demuestra. Por ese motivo, la hipótesis de una re-reelección presidencial en 2015 está abriendo grandes debates, no sólo en la oposición, la opinión pública y la prensa, sino también dentro del propio Gobierno y en la mayoría legislativa oficialista, donde hay opiniones que apuntan a manejar con mucha cautela el asunto.Después de la hecatombe económica y política de fines de 2001 y principios de 2002, la ciudadanía privilegió la gobernabilidad y la estabilidad como bienes casi excluyentes, relegando la corrupción a un lejano segundo plano.Recién ahora, como se vio y escuchó en el reciente cacerolazo, el tema reapareció con alguna fuerza, quizá porque la sociedad empieza a percibir con más claridad los vínculos de la corrupción con problemas como la inflación, el incremento de la pobreza y las grandes desigualdades. Hoy se nota que hay una corrupción gubernamental como también una corrupción privada, una corrupción sindical y una corrupción policial, y que todas ellas se tocan en un hilo conductor.Hay también una corrupción que mata, como en las tragedias de Cromañón y Once, y el asesinato del joven Mariano Ferreyra, hechos en los que hubo funcionarios, empresarios o sindicalistas implicados de modo directo o indirecto. Y todo sucede ante la pasividad de organismos de control como la Auditoría General de la Nación, la Oficina Anticorrupción o la Fiscalía de Investigaciones Administrativas.Por ello el hastío ciudadano, el reclamo de que se ponga fin a este estilo de manejo de los recursos públicos y que se acabe con la impunidad para quienes se enriquecen desde el poder político y, por cierto, también para quienes los tientan desde el poder económico.

