Apto para la corrupción
El nuevo régimen de presentación de declaraciones juradas de funcionarios va en sentido contrario a la transparencia y a la probidad de quienes ejercen cargos públicos.
Lo hicimos otra vez: puestos a maravillar a propios y extraños, los argentinos tenemos, desde hace unos días, una resolución del Ministerio de Justicia de la Nación que normatiza la corrupción pública. Vale registrar el numerito de marras, el 1.695/13, porque es el que deberán mencionar los funcionarios injustamente citados por peculado ante esos jueces mal informados que nunca faltan. La norma viene a ratificar nuestro apego a las leyes y esa pasión nacional por legitimar lo ilegal. Otra cosa es con decreto, podrían alegar quienes, en el ejercicio de la función pública, debían apelar a prodigios contables para justificar lo injustificable.Lo dice la resolución citada: los funcionarios ya no deberán declarar tenencias accionarias ni ocupaciones anteriores, ni las de sus cónyuges ni parientes, y las declaraciones se depositarán en sobre cerrado, lejos del alcance de opositores y periodistas.Sin dudas se trata de una gran noticia en un país donde los testaferros, de saber organizarse, conformarían hoy un gremio poderosísimo. Al fin, se podría agregar, le encontramos algún sentido a la existencia de un ministerio de Justicia.Esto sucede en el marco ideal que brinda una Argentina orgullosa, como se sabe, de figurar en los últimos puestos del ranking de Transparencia Internacional; un país donde se pueden comprar terrenos fiscales por monedas y revenderlos en dólares; donde se realizan las obras públicas más caras del mundo; donde oscuros empleados devienen poderosos empresarios de la noche a la mañana; donde pequeños emprendimientos llegan a holdings quemando etapas; donde el responsable de controlar que todos paguemos nuestros impuestos le regala a su hija un auto importado que cuesta 40 mil dólares; donde los policías de drogas peligrosas pactan con los narcotraficantes. Un país donde rara vez se condena a un corrupto y en el que un día de estos hasta María Julia Alsogaray exigirá que se la reivindique, por haber sido una simple ingenua.Quizá lo peor de lo que nos pasa es el habernos acostumbrado a que las cosas sean así y no de otra manera, saber que sólo nos queda el comentario burlón en una suerte de ejercicio de autodefensa que ya de poco sirve, porque duele reírse de lo que no podemos afrontar. Tener, por si hiciera falta, la certeza de que somos parte de un sistema en el que la corrupción es estructural y en el que nadie se siente obligado a ser mejor en un mundo regido por los peores. Darle razón al letrero que Dante colocó en la entrada de su infierno: "Abandonad toda esperanza".Claro que también sabemos lo que nos falta, lo que deberemos encontrar en lo más profundo de nuestra sociedad: muchos ciudadanos capaces de horrorizarse, de escandalizarse, de resignificar la palabra "vergüenza".

