Aires de libertad y justicia
La eclosión en el mundo árabe demuestra que la democracia es posible, pero ésta tiene que mostrar a los pueblos que es capaz de otorgar más progreso, educación e igualdad de oportunidades.
Siguen trascurriendo los días y la revolución democrática y popular que sacude a los países árabes se expande y sorprende al mundo entero por su fuerza, su empuje y su clara determinación de construir sociedades más libres, justas y plurales, que le otorguen a sus ciudadanos derechos y garantías y les brinden oportunidades de progreso material y cultural. La gran revuelta árabe ha destruido, por otra parte, muchos mitos, como que los pueblos del norte de África y del Medio Oriente no estaban listos para la democracia, o que esos movimientos populares podían ser infiltrados por el extremismo islámico y llevar a sus países a regímenes como el de Irán, controlados por los fundamentalistas ayatolás. Pues bien, ha ocurrido exactamente lo contrario, pues hasta en el propio Irán hubo grandes manifestaciones de apoyo a los movimientos de rebelión de Túnez, Egipto, Libia, Argelia, Marruecos y Jordania, en las que no se han entonado consignas religiosas o extremistas, y no ha aparecido ayatolá alguno.Más aun: mucha gente considera que los vientos de libertad que soplan en el mundo árabe coinciden con los que animaron en su momento la caída del Muro de Berlín, el desmembramiento de la ex Unión Soviética y la incorporación de los países de Europa del Este a la esfera de los países libres, democráticos e independientes. De ser así, se confirmaría una línea histórica positiva, de alcances universales, que haría entrever con más esperanza el futuro. Ello no quiere decir que todo transcurrirá sobre un lecho de rosas, ya que son muchos y muy complejos los problemas que aquejan a los países árabes –algunos de ellos densamente poblados–, como el desempleo, la desnutrición y una pobreza muy extendida. Algunos de esos países son ricos en petróleo, pero pobres en alimentos, y no han tenido gobiernos que los encauzaran por la senda de las reformas económicas y sociales tendientes a mejorar el nivel de vida y de educación de la población. Esos derechos, en cambio, estaban sólo reservados a las elites gobernantes. Desde una perspectiva más amplia y general, habría que convenir en que no sólo el continente africano sino también América latina y parte de Asia afrontan desafíos similares, y sobre todo un riesgo: la devaluación de la democracia y los sistemas republicanos y plurales en los países que tenían en la práctica un remedo de esos sistemas, por efecto de la acentuación de las desigualdades y los contrastes sociales, que están en el origen de estas revueltas. Las dictaduras y las autocracias han demostrado su fracaso, pero la democracia y la república le tienen que demostrar al mundo que son capaces de generar progreso, educación e igualdad de oportunidades, aunque sea a paso lento. No se trata de un problema de velocidades sino de consistencia, perseverancia y continuidad.

