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Redacción La Voz
Juega como en la canchita del barrio, esa que distinguía bien a los más hábiles, a los que tocaban el balón con delicadeza, a aquellos que hacían un “sombrerito” o metían dos túneles seguidos. Esos talentosos resultaban los primeros elegidos, los que en la pisadita escuchaban antes su nombre o su apodo, los que cargaban con la responsabilidad de conducir el juvenil barco hasta que la noche más cerrada daba por finalizado el encuentro.
Leandro Paredes debió ser uno de esos iluminados que parecían hacerlo todo bien con la parte interna o el revés del pie, y con esa visión de juego alumbrada por un sol capaz de sacar las jugadas de la oscuridad con un pase de dos metros o con un cambio de frente de un andarivel a otro.
Así lo hizo de pibe y así lo hace ahora, ya como jugador experimentado, campeón del mundo, libre de evaluaciones y de cualquier otra atadura, al menos dentro de un campo de juego.
Desde su regreso a Argentina, Paredes consiguió un par de cosas muy importantes. Tal fue su influencia que logró encauzar el rumbo de un Boca hasta entonces desvariado, sin un perfil definido y sin jugadores con la jerarquía suficiente para marcarle el camino.
Lo hizo con la lucidez de su cabeza y la delicadeza de su pegada. Con la cara interna, con el empeine o con el borde exterior, el “5” prestó por un instante la pelota al compañero más cercano o la lanzó a cincuenta metros como un misil, siempre con destino cierto y con la fineza de un artesano.
Las deliciosas asistencias “a tres dedos” a Miguel Merentiel en el superclásico lo prueban; la habilitación a Tomás Aranda en la jugada previa al gol de Adam Bareiro frente a Defensa y Justicia, por si hacía falta, lo confirma.
Además, Paredes ratificó lo que insinuó y luego concretó Ángel Di María, quien desde su llegada restauró grietas y debilidades en Rosario Central, y asumió desde el primer día la responsabilidad de seguir demostrando su condición de jugador extraordinario.
Pocos apostaban por un regreso pleno de luces. Ambos campeones mundiales demostraron que el amor por sus clubes no debía saldarse con el placer de un retorno adulado, sino con el de un liderazgo responsable y comprometido.
Ese mandato propio impulsa a Paredes a convertirse en la cabeza visible de una propuesta que buscará coronarse en el torneo argentino y que mantendrá viva su ambición en la Copa Libertadores.
Si sostiene este nivel de excelencia, ese ámbito mayor de competencia permitirá disfrutarlo en Sudamérica como antesala del próximo Mundial, en el que su aporte puede resultar tan decisivo como en Qatar y en las dos Copas América que comparten la foto de una vitrina luminosa, adornada por estas grandes conquistas del fútbol argentino.
Paredes logró algo que casi nunca sucede: que el periodismo y la gente centren la mayor atención en un jugador que no lleva la camiseta número “10” ni la “9”. Reúne todas las características de los “5” de antes. Su visión de juego resulta envidiable. Y sus pases, admirables. Lo mejor es que los disfrutan todos, no solo los hinchas de Boca Juniors.