Rumbo al Mundial. Son Heung‑min, lágrimas, liderazgo y el último baile mundialista con Corea del Sur
Capitán y figura de Corea del Sur, convirtió su sensibilidad en una marca personal dentro y fuera de la cancha.
Por una sensibilidad emocional que se manifiesta en una reconocida facilidad para el llanto, el capitán de Corea del Sur y figura del equipo que disputará el Mundial de América del Norte, Son Heung‑min (33), se convirtió en un caso singular dentro del fútbol de elite.
Cada triunfo, derrota, clasificación, eliminación o incluso una acción desafortunada dentro de la cancha puede derivar en lágrimas frente a las cámaras o en la intimidad del vestuario. Son lo vive con naturalidad: no lo reprime ni intenta ocultarlo.
Formado en Europa, eligió ese camino lejos de cualquier destino exótico. Jugó en Hamburgo, Bayer Leverkusen y Tottenham Hotspur, donde construyó una carrera que lo ubica entre los grandes delanteros de su generación. En paralelo, desarrolló una relación pública con la emoción que lo distingue y lo expone, pero que también lo humaniza.
El propio Son vincula ese dramatismo con una característica cultural. Entiende que los surcoreanos se diferencian dentro de Asia por una forma intensa de vivir las emociones. “Somos pasionales, creativos e inteligentes”, expresó en más de una oportunidad, y agregó que se siente afortunado de compartir esas cualidades.
Esa sensibilidad quedó expuesta en los últimos tres Mundiales. En Brasil 2014 lloró tras la derrota ante Bélgica que selló la eliminación. En Rusia 2018 volvió a quebrarse luego del histórico triunfo 2‑0 frente a Alemania, que no alcanzó para clasificar. En Qatar 2022, en cambio, las lágrimas fueron de alegría tras el empate 1‑1 con Portugal que metió a Corea del Sur en octavos de final, aunque para un observador desprevenido la escena podía interpretarse como una despedida prematura.
El episodio más recordado fuera de las Copas del Mundo ocurrió en 2019, ya como jugador del Tottenham. Son rompió en llanto luego de provocar accidentalmente la fractura de tobillo del portugués André Gomes. La jugada lo afectó profundamente y lo acompañó durante varios partidos.
Ese llanto fácil convive con una sonrisa permanente que funciona como carta de presentación. Dentro del ambiente del fútbol, Son aparece descripto como un jugador humilde, amable con compañeros, periodistas e hinchas, dueño de una personalidad empática que mejora el clima en los vestuarios. La prensa británica llegó a definirlo como el jugador “más simpático de la historia” y el Los Angeles Times lo retrató en una semblanza bajo el título “Simplemente un buen ser humano”.
Más allá del perfil personal, Son resulta una figura central en el seleccionado de los Guerreros del Taeguk. Con 54 goles en 142 partidos, es considerado el mejor futbolista asiático de todos los tiempos.
Además, cumple un rol clave como mediador en un plantel atravesado por tensiones entre los jugadores históricos y la nueva camada, un conflicto que tuvo su punto más delicado en 2024, en la previa de un partido de la Copa de Asia, cuando el capitán debió intervenir y terminó con una lesión en una mano.

Todo indica que este será su último Mundial. El temor de los hinchas es que su salida deje un vacío difícil de llenar, aunque esa preocupación queda en pausa por la cercanía de una nueva Copa del Mundo.
En medio de su carrera, Son también atravesó una experiencia ajena al fútbol profesional. Hace seis años cumplió con el servicio militar obligatorio de Corea del Sur. Durante tres semanas se entrenó como marine: prácticas de tiro, marchas tácticas con más de 40 kilos de carga, simulacros con fuego real y ejercicios en cámaras con gases lacrimógenos. Allí, seguramente, también hubo lágrimas, aunque por razones muy distintas.



