Rumbo al Mundial. La historia de Awer Mabil: nació en un campo de refugiados y llegó a la selección de Australia
Nació en un campo de refugiados en Kenia, jugó descalzo y hoy representa a Australia en la Copa del Mundo. Una historia de superación.
Entre los futbolistas que participarán del Mundial de América del Norte y que atravesaron infancias marcadas por la vulnerabilidad extrema, uno de los recorridos más duros es el de Awer Mabil, jugador de la selección de Australia. Nació en septiembre de 1995 en el campo de refugiados de Kakuma, al norte de Kenia, uno de los más grandes del mundo, con alrededor de 300 mil desplazados, en su mayoría provenientes de Sudán y Etiopía. Allí, en esos potreros improvisados, dio sus primeras patadas a una pelota, siempre descalzo.
Kakuma se creó en 1992 por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados con el objetivo de alojar y proteger a los llamados “niños perdidos de Sudán”, huérfanos atrapados en la Segunda Guerra Civil Sudanesa. Ese conflicto, iniciado en 1983 y finalizado en 2005, dejó un saldo de unos dos millones de muertos, en su mayoría civiles, y cerca de cuatro millones de desplazados, muchos de los cuales terminaron en ese asentamiento.
Entre ellos estaba la madre de Mabil. En 1995, embarazada y junto a otros tres hijos, integró una caravana de refugiados que recorrió a pie unos 650 kilómetros hasta llegar al campo. Meses después nació Awer, casi al mismo tiempo que su padre moría en la guerra civil. El futuro parecía cerrado desde el primer día.
Fueron 11 años de supervivencia, sin horizontes claros. Mabil los evocó en una entrevista con el medio portugués Mais Futebol: “Mi madre, mis tres hermanos y yo vivíamos en una choza de barro muy pequeña. Cada persona tenía derecho a una caja por mes con un kilo de arroz, un kilo de frijoles y aceite. Comíamos una sola vez al día, a la noche. No sabía lo que era el desayuno o el almuerzo. En un campo de refugiados no podés abrir la mente y soñar: estás limitado a un espacio reducido y dependés de Naciones Unidas”.

El fútbol apareció como una vía de escape desde los cinco años. Jugaba descalzo y, cuando reunía un dólar, caminaba dos horas para llegar a un salón comunitario donde un televisor permitía ver partidos de la liga inglesa. Si no tenía ese dinero, esperaba afuera para preguntar los resultados. Así se hizo hincha de Manchester United y admirador de Cristiano Ronaldo.
La vida le abrió una oportunidad en 2006, cuando un programa humanitario permitió que la familia se instalara en Adelaida, Australia. Allí empezó a formarse como futbolista con botines.
A los 16 años firmó su primer contrato con Adelaide United y un año después debutó en primera división. Luego llegaron la selección australiana Sub 19 y el salto al fútbol europeo, con pasos por ligas de Dinamarca, Portugal, República Checa, Turquía y España.
En 2018 se produjo su debut en la selección mayor. El Mundial que se avecina será el segundo de su carrera, tras haber participado también en Qatar. “Juego por Australia porque me dio a mí y a mi familia una segunda oportunidad en la vida. Es mi casa y siento un gran orgullo al defender sus colores”, expresó al ponerse la camiseta nacional. Sus palabras cobran mayor dimensión si se tiene en cuenta que en sus primeros años en el país atravesó episodios de racismo, aunque siempre aclaró que no define a Australia como una sociedad hostil.
Más allá de su carrera deportiva, Mabil nunca se desligó de sus orígenes. En 2014 volvió a Kakuma, vio a los chicos jugar descalzos y su propia infancia volvió a aparecer con fuerza. A partir de esa experiencia creó la organización humanitaria Barefoot to Boots –“de estar descalzos a usar botines”–, con el objetivo inicial de recolectar botines usados para los niños del campo.
Con el tiempo, el proyecto creció. Hoy lleva a Kakuma incubadoras, computadoras y material sanitario. La tarea que realiza junto a su hermano, con visitas al campo dos veces por año, recibió reconocimiento internacional.
La historia de Awer Mabil condensa la de un niño refugiado que nació en condiciones extremas, superó obstáculos impensados y llegó a jugar un Mundial. Ahora, desde ese lugar, intenta que otros chicos tengan una oportunidad fuera de los campos de refugiados. Su historia todavía se sigue escribiendo.



