Así como Boca Juniors tuvo a Leandro Paredes y Rosario Central a Ángel Di María, Belgrano también ha contado con un jugador que, tanto de pibe como ahora, honra sus colores. Desde su regreso a Alberdi, Lucas Zelarayán reactivó el afecto mutuo que lo une al club de sus amores. Ese sentimiento nunca se rompió: solo quedó en suspenso tras su partida a Tigres de México y las vueltas que el fútbol le permitió dar por Estados Unidos, Armenia y Arabia Saudita, otros destinos en los que mostró sus mejores galas.

Bastó verlo en La Rioja y en Arturo Orgaz para advertir de inmediato su profunda filiación pirata. Desde su regreso, el Chino transmitió un mensaje de responsabilidad absoluta. Más allá de sus palabras, fueron los hechos los que aportaron pruebas claras de su compromiso con el club que hoy lo cobija en el tramo final de su carrera.
Con la pelota o frente a un micrófono, propuso un diálogo de pares con los hinchas. Así, recibió todo el afecto y la admiración desde la tribuna, y respondió de manera recíproca. Levantó los brazos tanto al convertir un gol o tras un triunfo como cuando los unió a modo de disculpa por errores cometidos o actuaciones discretas. Zelarayán volvió como un simpatizante privilegiado, con las facultades intactas para asumir el desafío de conducir a Belgrano lo más alto posible, impulsado también por la satisfacción de que su prédica y su acción avanzan en esa dirección.
En estos días, su figura se multiplica. Sus rasgos orientales se funden con el celeste intenso del cielo otoñal y también con las banderas, las camisetas y los gorros que se repiten en Alberdi, en cada expresión de pasión y orgullo por los colores del club. Zelarayán vive horas únicas. Aquello que siempre deseó está a su alcance. Para lograrlo, pondrá todo su esfuerzo y su talento.

Como pocas veces en la historia del fútbol cordobés, el Chino ha representado en plenitud el sentido de pertenencia a la institución que le permitió desarrollarse dentro y fuera de la cancha. Belgrano, ahora más que nunca, está cerca. Tiene a su alcance un título que no resulta utópico, sino posible. Y Zelarayán está haciendo mucho para que ese objetivo se concrete.

A su lado aparecen Franco Vázquez y Emiliano Rigoni, otros dos “chicos” del club a quienes, tras sus experiencias en el exterior, el escudo les sigue calzando a la perfección. Detrás de ellos, pidiendo consideración y haciendo méritos para obtenerla, asoman Lautaro Gutiérrez, Ramiro Hernández, Gonzalo Zelarayán, Ramiro Tulián, Jeremías Lucco y Juan Velázquez. Son algunos de los pibes que ayudan a consolidar la identidad, mostrando su joven sangre celeste.
Entre todos ellos, el Chino es canto y bandera. Un ejemplo claro de que muchas veces lo hecho en casa no es menos que lo que viene de afuera. Ojalá pueda seguir siendo disfrutado.

