Informe. Irak vuelve al Mundial tras décadas de guerra: la historia que conmueve
Tras décadas de guerras, destrucción y diáspora, la selección iraquí vuelve a una Copa del Mundo y encarna un ejemplo de resiliencia colectiva que trasciende lo deportivo.
Las Copas del Mundo, con su gigantesca cobertura mediática, visibilizan algunos de los ejemplos más conmovedores de resiliencia. Tanto a nivel individual —con jugadores que nacieron y crecieron en campos de refugiados o en situaciones de pobreza extrema— como a nivel colectivo, en el caso del seleccionado de Irak, que vuelve a un Mundial después de 40 años tras superar tres guerras devastadoras.
Entre esos conflictos se incluyen una brutal invasión estadounidense y una guerra civil residual que dejaron más de un millón de iraquíes muertos, entre soldados y civiles, y un país devastado que aún padece las consecuencias de 17 años de conflicto dentro de los últimos 46.
En medio de ese panorama poco favorable para el fútbol —y para la vida en general—, la selección iraquí logró el pasaporte al Mundial de América del Norte, con una actitud similar a la del equipo de los “Leones de Mesopotamia” que disputó la Copa de 1986. En aquellos años, Irak se encontraba inmerso en una sangrienta guerra contra Irán, iniciada en 1980 y que, tras ocho años de combate, terminó con un virtual empate y medio millón de muertos por bando.
En este seleccionado, la mayoría de sus jugadores ha padecido las secuelas de la guerra, tal como ocurrió con el equipo que se consagró campeón de la Copa Asiática 2007, uno de los años más violentos de la guerra civil que desangraba al país. En ese contexto, unos 170.000 soldados estadounidenses se desplegaban para intentar controlar el caos derivado de la invasión de 2003.
Muchos de los futbolistas de aquel plantel tenían familiares muertos o heridos por el conflicto. Sin embargo, lograron una consagración que, por un momento, unificó al país y generó festejos multitudinarios en Bagdad, a pesar del peligro. Así de fuerte es el poder del fútbol.
El fin de la guerra civil se produjo en 2011, pero la inestabilidad continuó con el avance del Estado Islámico. Si bien desde 2019 el nivel de violencia se redujo, muchos gobiernos occidentales aún desaconsejan viajar a Irak, un país que intenta reconstruirse y consolidarse como un Estado funcional en medio de persistentes desafíos institucionales y materiales.

De este contexto complejo surge el actual seleccionado iraquí, con numerosos jugadores que nacieron y crecieron bajo invasiones y bombardeos, o que emigraron siendo bebés a países donde sus familias buscaron refugio.
Ese es el caso de Ali Al Hamadi, nacido en Irak e hijo de un opositor a Saddam Hussein, que emigró a Liverpool en su infancia y se formó en el fútbol inglés. También el del lateral Merchas Doski, nacido en Alemania, o el de Hussein Alí, nacido en Suecia, quien optó por representar a Irak pese a tener opciones de jugar para el seleccionado sueco.

Estos futbolistas, hijos de la diáspora, emparentan al seleccionado iraquí con el haitiano y lo sitúan en un plano distinto al de los equipos que solo buscan éxitos deportivos. Representan, además, una luz de esperanza en medio de décadas de conflictos que han sumido al país en el sufrimiento y el desaliento.

