El dron vuela miles de kilómetros sobre el océano Atlántico hasta llegar a un archipiélago constituido por 10 islas, cuya capital es Praia. La intención es desenmascarar a la selección nacional de Cabo Verde, que acaba de coronar su ingreso al Mundial con una sorpresiva y rimbombante clasificación a los 16avos de final, instancia en la que enfrentará nada menos que al vigente campeón, la selección argentina.
“La Cenicienta del torneo” es un calificativo que le pertenece y que ya nada ni nadie podrá opacar. Su derrotero no tuvo derrotas, sino empates —tres en total— que le permitieron alcanzar el objetivo soñado. Integró un grupo que no le dejaba mucho margen para ilusionarse. La España candidata de muchos no pudo vencerla, ni tampoco Uruguay, un seleccionado histórico que, entre lamentos, quedó en la banquina en la primera curva. Arabia Saudita fue testigo de su celebración impensada.

Sus 500 mil habitantes —menos que los caboverdianos que viven en el exterior— festejaron como nunca este progreso deportivo. La expresión calza con su pasado cercano, si se tiene en cuenta que recién en abril de 1978 la selección jugó su primer partido internacional, frente a Guinea, dos meses antes de la primera consagración mundial del fútbol argentino.
Luego de mucha decepción y aprendizaje, en 2013 alcanzó por primera vez los cuartos de final de la Copa de África, instancia a la que volvió en 2023. Ya más adaptada a la competencia profesional, su federación recurrió a un mecanismo habitual en muchos países para mejorar la calidad del plantel: exploró la migración desde sus islas hacia el mundo y encontró talento en el exterior para potenciar al equipo.

Así se formaron los actuales Tiburones Azules, como se los conoce en el fútbol. Sin grandes estrellas, pero con una saludable disposición para tratar bien el balón, no fueron asediados ni superados claramente por ningún rival en la fase de grupos.
Sus principales referentes son Vozinha, arquero de 40 años que juega en Chaves (segunda división de Portugal), y Ryan Mendes, delantero de 36 que milita en Igdir, de Turquía. Otros futbolistas actúan en ligas de segundo orden, como las de Rumania, Bulgaria, Chipre, Irlanda y Emiratos Árabes Unidos. Solo Logan Costa (Villarreal, España), Dairon Livramento (Casa Pia, Portugal) y Jamiro Monteiro (PEC Zwolle, Países Bajos) compiten en la primera división de ligas de mayor jerarquía.

Todos ellos hicieron posible este presente y lo celebran. Distinta fue la realidad de Uruguay. Una suma de inconvenientes frenó la ambición charrúa: del plantel y del cuerpo técnico casi nunca surgieron entendimiento ni armonía. Las imágenes del partido ante España fueron el mejor ejemplo: el grave error de un arquero muy confiable como Fernando Muslera; el fastidio de Federico Valverde al ser reemplazado; y la inocultable ansiedad de los jugadores por avanzar en el torneo.
Esa tensión pareció alimentarse por una relación tirante y poco empática entre las partes. La resolución fue lapidaria, como suele dictar el fútbol: por segunda vez consecutiva, el seleccionado celeste quedó eliminado en la fase de grupos y su entrenador, Marcelo Bielsa, sumó otra frustración de características similares. No hace falta especular demasiado para entender que, para muchos, el ciclo está cumplido.

