Biografía. Las vidas de Margaret Atwood, una escritora salvaje
La autora canadiense conocida en el mundo por El cuento de la criada, acaba de editar sus memorias en las que repasa su trayecto personal y profesional.
En enero de este año, el Gobierno de la provincia canadiense de Alberta retiró más de 200 títulos de las escuelas por su contenido sexual explícito. Entre ellos, la versión gráfica de El cuento de la criada, de Margaret Atwood, decisión que la escritora comunicó a través de su cuenta de X, entre irónica y espantada.
“¡No lo lean, se les quemará el pelo!” advirtió en un posteo, dirigiéndose a los niños lectores de Alberta. Su respuesta no resulta una sorpresa. El mundo imaginado en El cuento de la criada (1985) contempla la prohibición de libros entre otras medidas conservadoras, lo que la ha convertido en una voz literaria capaz de detectar el avance de gobiernos con matices totalitaristas.
Tampoco sorprende su sarcasmo a la luz del trabajo que realiza en sus memorias: Libro de mis vidas (2025, Salamandra). En esta obra, la autora canadiense parte desde el origen de su propia vida (el encuentro de sus padres) y llega hasta su presente de escritora consagrada, a través de acontecimientos familiares y culturales.
Arte vital
Atwood trae episodios de su infancia que la retratan como una mujer y artista que se asoma a la oscuridad para divertirse, para entender las fuerzas que rigen el mundo, sin que ese movimiento le robe la sensibilidad y la compasión. Es una suerte de bisagra entre la luz y la oscuridad sin una pizca de cinismo.
Se crió en una Canadá poco habitada, invadida por la naturaleza en la que siempre se sintió cómoda. Era una niña salvaje, no por algún comportamiento transgresor sino por haber sido domesticada por un entorno virgen de reglas humanas.
Llegó a la escuela con una curiosidad desmedida e inadvertida de la extensión que puede alcanzar la crueldad infantil. Encontró el mal escondido bajo los rostros de niñas de su edad y fue suficiente para entender el reverso del mundo de los hombres. Entendió también qué lugar quería ocupar en él y, más tarde, convirtió esos episodios en material para sus obras.
A lo largo de sus memorias, Atwood explicita ese mecanismo: retazos de su vida sublimados en el arte para señalar lo universal en la singularidad de un dolor, una alegría o un personaje. No existe para ella una vida que se amontone a espaldas de una obra, porque ninguna de las dos se ajusta a un despliegue lineal e ininterrumpido.
El registro que ofrece del entramado vida-obra es de una inusitada honestidad. Atwood no crea un personaje de sí misma ni falsea intensidades donde no las hay. Precisa en qué épocas escribía y cuándo no, los esfuerzos por hacerlo entre trabajos mal pagos, casas diminutas colonizadas por cucarachas, separaciones y amigos fallecidos. Evoca periodos de mucha inspiración que florecían en poemas, ensayos, novelas, cuentos e ilustraciones, intercalados con peleas de pareja y frustraciones ante un futuro académico trunco.
La distancia entre quien escribe y el objeto de las memorias es delicada como un cristal.

La artista y su época
Nacida en Ontario en 1939, Atwood construyó su carrera literaria a la par del nacimiento de la literatura canadiense. Cuando publicó sus primeras obras, como el poemario Doble Perséfone (1961) y la novela La mujer comestible (1969), la categoría “literatura canadiense” era un chiste para los académicos. Ningún nombre sobresalía en los planes de estudio universitarios y los aspirantes a escritores debían sentirse interpelados por la literatura británica y norteamericana.
En esa inadecuación, en esa tensión por un decir nacional, es que paulatinamente los escritores canadienses encontraron su identidad colectiva. Atwood fue una de las figuras destacadas junto a Graeme Gibson, su pareja por casi cincuenta años. Sus objetivos no eran solamente hacer una carrera en literatura, sino construir la infraestructura para su profesionalización: editoriales, revistas, financiamiento e instituciones que otorgaran becas y premios, y que organizaran festivales y charlas.
Así, estas memorias representan una enorme apuesta por reflejar las condiciones materiales de los pioneros de la literatura canadiense, no a los fines de elaborar una épica meritocrática de la vida del artista, sino para batallar en contra del ideal romántico que aún permanece en el imaginario social. Sobre todo es una forma de subrayar la importancia de los lazos entre colegas y las decisiones políticas que impactan en el arte.
Tal vez por haber estado en los albores de la literatura de su país, Atwood piensa su hacer artístico a la par de su contexto. Sus obras no son una clave de lectura de la realidad ni tampoco el escenario para representarla. De aquí no debe inferirse que permanezca ingenua de los asuntos del mundo o del impacto político y social de sus derroteros creativos.
Su cuenta de X es un claro reflejo de cómo se piensa como artista, casi un epílogo de la cosmovisión que vuelca en sus memorias. En un scrolleo rápido aparecen noticias sobre la prohibición de libros en su país, notas de varios autores que encuentra interesantes, eventos sobre avistaje de aves (la mayor afición de su pareja), lanzamientos editoriales de sus colegas, su rechazo a Donald Trump y hasta su recomendación de la película Belén (2025) cuando fue seleccionada para representar a nuestro país en los premios Oscar.
No es la primera vez que Atwood piensa en Argentina. En estas memorias se reconstruye el período de concepción y desarrollo de El cuento de la criada y la influencia que ejerció sobre su argumento el robo de bebés durante la última dictadura cívico militar de nuestro país: “Así, era el asesino quien acababa criado al hijo de la madre asesinada”, resume.
Madre
Es esa versión pesadillesca de la maternidad la que se popularizó mundialmente con el estreno de su adaptación a serie en 2017, coincidente con la “ascensión del trumpismo y su insistencia en controlar a las mujeres, obligándolas a traer hijos al mundo”, según reflexiona en sus memorias.
En ese mismo año, luego de problematizar su rol ante una represión ideológica que vivió con su círculo cercano, empezó a escribir Los testamentos (Salamandra, 2019), secuela de El cuento de la criada que este mes estrenó su adaptación a serie en Disney+. Son especialmente estas obras las que la convirtieron en la voz literaria del futuro posible de las mujeres en gobiernos teocráticos y conservadores.
Libro de mis vidas no es la expresión de una escritora que hace de sí misma su tema favorito. Discurre sobre otras cosas (los árboles autóctonos de Canadá, el crecimiento de su huerta, sus hermanos, el complejo con su pelo, el envejecimiento) mientras aparece ella para colorear esas semblanzas.
De allí que estas memorias no sean un conjunto de listas de lecturas, influencias y hábitos de lecturas, tampoco de éxitos de ventas ni laureles feministas. Hay dolores, errores y venganzas, escasez e incertidumbre; hay acosadores e injusticias. Hay una vida.

Para leer Libro de mis vidas
Salamandra
49.499 pesos
688 páginas
2026

