Entrevista. Selva Almada: No tenemos que dejar de trabajar ni de reclamar
La reconocida escritora entrerriana regresa con su libro Una casa sola, una novela audaz narrada por la propia vivienda que atestigua un siglo de historia en un entorno rural.
La carrera literaria de Selva Almada la ha consolidado como una de las voces ineludibles de la poesía del Litoral. No solo por su origen sino por el íntimo conocimiento de una sensibilidad que se traduce en una prosa medida, sencilla e intensa.
Una casa sola (Random House, 2026) es una novela con una técnica audaz que despliega más de cien años del devenir de un entorno rural.
La narradora es una casa que evoca su propia historia, desde los primeros puñados de barro apilados hasta el vacío del abandono. Rodeada de monte, supo alojar habitantes pasajeros y, hacia el final, ser el hogar de Lucero y su familia. La casa es testigo, sostén y amparo; registra tonos y cada bichito que se desliza en sus intersticios. La elección de la voz narradora no nació con la historia sino que apareció en pleno desarrollo.
“Había empezado a trabajar una versión donde había un narrador en tercera persona. Empecé a notar que cada tanto se me pifiaba esa primera persona y dije por qué no explorar a ver qué pasa. Volví a leer el primer capítulo de La Casa, de Mujica Lainez, porque me acordaba de que la narradora era la casa. Cuando tomé la decisión, me generó bastante duda si no iba a resultar un poco difícil sostener una historia contada solamente desde esa voz, y ahí traje la de esos personajes que viven en el monte. La traje de un guión que escribimos con Maximiliano Schonfeld para la película Jesús López (2021). Era una escena donde el protagonista se encuentra en una isla del Paraná con gauchos matreros que siguen vagando en el monte sin saber que han muerto. Cuando decidí traer esa escena, sentí que cuajaba bien”, explica a La Voz.
-¿Qué sentís que apareció cuando decidiste cómo era la voz de la casa?
-Aparecieron cosas de un orden más sensorial. La casa podía contar lo que le estaba pasando en relación a ese misterio que es qué pasó con los Lucero, y también podía expresar mejor qué le pasaba siendo un lugar semiderruido. La casa dejaba de estar habitada por personas y empezaba a estar habitada por yuyos, insectos, por la perra que pare sus cachorros ahí. Me parecía que traía una cosa de un orden sensorial muy íntimo que el narrador en tercera no llegaba hasta ahí.

−En ese sentido el litoral está muy presente como en otras de tus obras. ¿Sentís que en esta novela aparece otro aspecto de ese paisaje?
−Siempre había trabajado con espacios semirrurales, nunca completamente rurales. Hay un montón de cuestiones con las que yo ya he trabajado en otras novelas. Los personajes, por ejemplo, que vienen del mundo del trabajo físico, por lo general informal. Acá eso está más exacerbado, desde los gauchos que aparecen en la primera escena, arriados a las guerras desde el siglo XIX como mano de obra de los caudillos, pasando por la familia de peones que desaparece. Entonces, creo que hay una vinculación mucho más fuerte con el mundo de la injusticia social y de los cuerpos de los pobres, siempre puestos al servicio de los caprichos de los poderosos.
Tierra y soledad
−Hay una apuesta política en “Una casa sola” en relación a las disputas por la propiedad de la tierra. ¿Haberte criado en Entre Ríos te permitió ver lo que en los centros urbanos muy concentrados pasa desapercibido?
−Creo que sí. Probablemente no hubiese escrito estas cosas de haber crecido en otra parte. Hay un conocimiento a partir de haber estado muy cerca de personajes parecidos a los que después aparecen en las novelas. Mi abuelo era tropero, los tíos de mi madre trabajaban en el campo en condiciones muy pobres para patrones que no pagaban nunca o pagaban con comida. Esa relación de los trabajadores con los patrones, de los que trabajan la tierra pero no son dueños y la trabajan para otros, me parece que es algo que persiste, lamentablemente.
−Otro de los temas que aparecen como marca política es la figura de los desaparecidos y la de un familiar que busca. ¿Cómo fue el abordaje de esas dos figuras?
−En el caso de la novela, la familia está ausente, por decirlo de algún modo que no sea “desaparecido”, y la que busca, la madre, está inspirada en las madres de Plaza de Mayo y en las madres de la trata. Sigue habiendo gente que falta aún en la democracia, y estamos acostumbrados a que las primeras en salir a reclamar y a mover cielo y tierra son las mujeres, eso es un continuo en la historia de nuestro país.
−La figura de la casa, entonces, opera como una condensación de los rasgos más sobresalientes de la historia argentina.
−Cuando se me ocurrió traer esa escena de Jesús López pensaba que Entre Ríos fue un territorio muy importante para la consolidación del país. Me parecía que tenía que relacionar esa escena más íntimamente con el proyecto de una casa, por eso su memoria se va hasta cuando ella todavía no era una casa, pero ya tenía percepción de lo que pasaba sobre esa tierra. Su historia tiene como un ciclo de la naturaleza, desde el asesinato de Urquiza hasta fines de los ’90. Me parecía que tenía que ir dando cuenta de los diferentes cambios de ese territorio: cuando el monte empieza a ser raleado, después parcelado, cuando la gente es reemplazada por las máquinas, y así hasta la soja. Es decir, la propia narración fue llevando a contar de manera muy condensada diferentes momentos de la historia de ese territorio.
El privilegio de la palabra
−La Feria del Libro de este año te convocó como una de las oradoras de la apertura. ¿Qué lectura hacés en esta edición de la Feria en relación con el trabajo de escritores en Argentina?
−La verdad es que me alegra que me hayan invitado en este nuevo formato. Me alegró que la invitación sea compartir este espacio con Gabriela Cabezón Cámara, Leila Guerriero y María O’Donnell. Pienso en qué nos pasa con escribir en este contexto bastante hostil, porque en el mundo del libro hay muchísimas dificultades surgidas en los últimos años. Sumado a que, evidentemente, al Gobierno no le importa para nada el tema de los libros y de cómo sobrevivimos los que trabajamos en ese mundo. El año pasado fue bastante movida la inauguración de la Feria cuando aparecieron funcionarios y empezábamos con los abucheos y demás. Todo eso que ya se ha convertido en los últimos años en una especie de ritual me parece muy estimulante.
−¿Cómo creés que son recibidas las críticas?
−Un poco el Gobierno se jacta de tenernos a los trabajadores de la cultura ahí a los gritos reclamando cosas. Me parece que no tenemos que dejar de trabajar ni de reclamar, ni de seguir diciendo lo que pensamos. Me parece que es un privilegio también tener un micrófono. Entonces, me parece que es una cuestión de honestidad seguir diciendo las cosas que decimos y que reclamamos, aunque no se nos escuche.

