Bajorrelieve. El saber de los pueblos

Se dice que sólo las naciones civilizadas tienen folklore; en los pueblos con un solo nivel cultural, no hay antagonismo entre el saber popular y el oficializado, porque lo “oficial” no existe.

14 de junio de 2026 a las 09:00 a. m.
El saber de los pueblos
Folklore. Instrumentos musicales.

A mediados del siglo XIX, un inglés, J. W. Thomas, lanzó al mundo intelectual el vocablo folklore para denominar al conjunto de modos, usos, maneras, artesanías, leyendas, poesías, supersticiones, danzas y algunas cosas más de un pueblo, “con la intención de contener en él la ciencia” que hasta entonces denominaban “antigüedades populares”.

Poco antes, Walter Scott había escrito una novela, El Anticuario –no muy conocida, pero una de las que más me gustaron–, donde el personaje se dedicaba a desenterrar monedas romanas o vikingas, pero también recopilaba cuentos, leyendas y poesías de las Tierras Altas.

La palabra de Thomas está formada por dos términos: folk (pueblo o gentes) y lore (saber). Este “saber” no se refiere al científico o erudito, sino a lo que llamamos "sabiduría popular", la ciencia de la gente común de las naciones civilizadas, que incluye antiguas prácticas y costumbres, creencias y prejuicios, pues el folklore es lo social no reglamentado, lo que proviene de los estratos sociales con menos estudios y elimina casi todo lo que sea patrimonio de las clases altas, eruditas o científicas.

Por eso, se dice que sólo las naciones civilizadas tienen folklore; en los pueblos con un solo nivel cultural no hay antagonismo entre el saber popular y el oficializado, porque lo “oficial” no existe.

Alfredo Poviña lo sintetizó hermosamente: el folklore “es la socialización del sentido común, colectivo, tradicional y anónimo, atributos supremos del abolengo cultural de un pueblo".

Lo folklórico necesita mantener una dimensión en el tiempo, desde la que surge lo anónimo, lo encarnado en la entraña de un pueblo, aquello que en España llaman “castizo”, y en la América indohispana llamamos lo “criollo”.

Allá, como acá, la tradición oral mantenía viva pero anónima la creación artística y literaria, porque cuando nace una copla o una leyenda, comienza un viaje que irá de anciano a niño, de un pueblo a otro, hasta que esa copla, esa leyenda, se transforme por los añadidos que se le sumarán; añadidos que tienen que ver con la idiosincrasia de cada pueblo que se la apropia hasta que el autor desaparece y el verdadero autor es el pueblo. Antonio Machado decía que un poeta no entraba en la grandeza hasta que la gente olvidaba su nombre pero recordaba la copla.

Todo pueblo reacciona ante los grandes acontecimientos; la emoción que despierten estos acontecimientos y quien los cante les darán un carácter distinto, y en esa diferencia está la esencia del folklore, pues somos la suma de muchos pueblos precolombinos que se unieron a sucesivos invasores indígenas, para finalmente confundirse con los españoles y formar una realidad propia: la noción argentina y americana de lo que llamaremos “lo criollo.”

Así nació nuestro folklore, a quien alguien caracterizó como elegante y sobrio en la danza, sentimental y melancólico en la canción, bellamente estético en sus artesanías, imaginativo en sus leyendas, misterioso en sus mitos y sencillo en sus sabores.

Tengo la cita, pero, por desgracia, no recuerdo el autor. Enrique de Gandía, en Cultura y Folklore en América, dice: “Su campo de acción se confundirá a veces con la historia, porque, en verdad, aún no se sabe, exactamente, dónde empieza la historia y dónde empieza el folklore”. Plantea así un hecho que luego se medirá por su valor histórico, pero el folklore nos dirá después qué canciones devinieron de esos hechos, qué tradiciones, qué historias.

Así nacieron las coplas a Lamadrid, a favor de o contra Rosas, los versos de Borges a Laprida, a Facundo, a Juan Manuel, la devoción a la Difunta Correa: todo es parte de esa corriente de la que el pueblo –no el estudioso– se ha apropiado.

Y concluye Gandía: “La historia investiga críticamente la verdad; el folklore, la leyenda”. El estudioso constatará lo que pasó –aunque sólo tome una arista de las muchas que cada hecho político presenta– y el folklore nos dirá lo que el pueblo cree que sucedió.

Presto atención al investigador, pero en mi corazón siempre he creído que la copla está más cerca de la verdad que de algunas especulaciones de los que indagan fríamente en los sucesos del pasado, pero que son presentados casi siempre de acuerdo con la ideología del estudioso.