Entrevista. Ricardo Raphael: La falsedad es una de las madres más prodigiosas de la violencia
El escritor y periodista mejicano habló sobre Fabricación, su último libro, en el que aborda la demagogia penal, noticias fabricadas, errores del periodismo y el deterioro de la credibilidad pública en América latina.
En Fabricación (Seix Barral), Ricardo Raphael reconstruye uno de los casos judiciales más controvertidos de México y expone cómo una historia falsa puede convertirse en verdad pública durante años. El libro narra la fabricación de culpables alrededor del "caso Wallace" y, al mismo tiempo, funciona como una reflexión sobre el vínculo entre política, medios de comunicación y poder.
En diálogo con La Voz, Raphael analizó el avance de la demagogia punitiva en América latina, cuestionó el rol del periodismo frente a los relatos consolidados y defendió la necesidad de revisar los errores propios como condición para recuperar legitimidad.
−En el libro aparece la idea de la “demagogia penal”, de cómo el poder político puede construir culpables a partir de discursos mediáticos. ¿Lo ve como un fenómeno latinoamericano? En Argentina, por ejemplo, el "lawfare" forma parte central de la discusión pública.
−Sí. Yo creo que es un fenómeno global. La idea de que la autoridad puede utilizar la fuerza pública como si fuera un departamento de limpieza, recoger cuerpos y tirarlos a la cárcel sin mediar un proceso, la vemos al norte, en el centro y en el sur. ¿Qué hace Donald Trump con los migrantes? Tiene a un millón de personas perseguidas en campos de concentración, literalmente eso son, estigmatizadas por su carácter migratorio y convertidas automáticamente en criminales. Y hay enormes dificultades de parte de las leyes y de los jueces para ordenar legalmente esas detenciones y sus procesos. Si me llevas al extremo, es lo que vemos con Nayib Bukele en El Salvador. Hay investigaciones de El Faro que muestran pactos con líderes de pandillas mientras se encarcelaba masivamente a jóvenes bajo procesos extraordinarios. Lo mismo encontramos en México y en el resto del continente: políticos que utilizan una expresión reformateada de la seguridad y una disminución radical del sistema penal y judicial. La señora Wallace fue una adelantada en ese mecanismo. Desde 2005 encontró cómo acomodar en un discurso político esta demagogia punitiva, que luego fue abrazada por el gobierno de Felipe Calderón. Sin esa lógica, no se puede explicar la fabricación monumental de una mentira social que México compró durante casi 20 años y de la que habla el libro.

−¿Cómo evalúa hoy el rol del periodismo político? ¿Está cumpliendo sus funciones o tiene deudas con la sociedad?
−Yo encuentro dos momentos. Por un lado, existe una necesidad de los consumidores de medios de encontrar respuestas rápidas frente a amenazas complejas, como el crimen organizado. Entonces, cuando aparecen ciudadanos ejemplares, outsiders, se transforman en cuentos de hadas. Y eso pasó con la señora Wallace. En México había una transición democrática incipiente. Después de 70 años de partido único, hubo alternancia, pero rápidamente apareció una decepción enorme con la política. Entonces surgió esta figura que los medios abrazamos sin preguntarnos si el caso que defendía tenía bases sólidas. Fuimos cómplices de la creación de un gigante con pies de barro. Ella usurpó el papel más noble que existe en América latina: el de la madre buscadora. Inventó un secuestro, inventó una muerte y acusó personas sin pruebas, incluso en vallas publicitarias. Eso la volvió noticia. Y, después de volverse noticia, todos queríamos entrevistarla. La entrevisté en 2007. Vendía diarios, subía el rating. Y muy pronto se volvió un sujeto atractivo para los políticos. Felipe Calderón la abrazó, le entregó el Premio Nacional de Derechos Humanos y la convirtió en candidata a jefa de Gobierno de Ciudad de México. Nadie volvió a mirar el origen del caso. Después aparecieron pruebas de que el hijo había dejado rastros de vida: llamadas telefónicas, gastos con tarjetas, encuentros con amigos y novias. Un muerto vivo. Pero eso fue irrelevante frente a la mentira pública. Y cuando aparecieron las nuevas pruebas, los medios no hicimos nada. Lo que más me sorprende hoy es que los medios tradicionales que la ensalzaron fueron incapaces de revisar el error judicial y mediático. Fueron medios alternativos, con periodistas jóvenes que ni siquiera habían vivido esa época, los que retomaron el caso. Primero mordimos el anzuelo del rating. Después fuimos incapaces de revisar nuestros errores.
Argentina y los ataques de Milei
−En Argentina hay una discusión muy fuerte sobre los ataques del poder político al periodismo. Javier Milei sostiene que la mayoría de los periodistas están “ensobrados”. ¿Cómo se ve ese proceso desde afuera?
−El embate ocurre en todas partes. Es el mismo mensaje que arroja Trump en Estados Unidos, que arrojó Andrés Manuel López Obrador en México, que continúa Claudia Sheinbaum, que utiliza Bukele contra El Faro o Gustavo Petro en Colombia. No es un tema de izquierdas o de derechas. Hoy están cambiando los lugares donde se construye la verdad: la academia, las artes, el periodismo. Y los medios tenemos que revisar qué nos mantiene cerca de nuestras audiencias. Y ahí el reconocimiento de los errores es central. Lo que hacemos los periodistas no es tan distinto de lo que hace un científico: tenemos hipótesis, líneas de investigación y pruebas. Y cuando aparecen nuevas pruebas, debemos volver a revisar esas hipótesis. Pretender que lo que dijimos una mañana siga siendo verdad para siempre es imposible. Reconocer errores no debería debilitar nuestra legitimidad, sino fortalecerla frente a políticos que jamás admiten equivocaciones. Por eso el cierre corporativo es parte del problema y no una solución.
−¿Cuán peligroso sigue siendo ejercer el periodismo de investigación en México?

−Hace unos tres años me llamó mi agente de seguros para avisarme que mi seguro de vida había aumentado un 100%. Yo pago ese seguro con mi patrimonio. Ninguno de los medios para los que trabajo ofrece esa cobertura. Eso también habla de la precariedad del oficio. Sí, es una profesión de riesgo. Pero hay una diferencia enorme entre trabajar desde Ciudad de México y hacerlo en territorios donde opera el crimen organizado. No quiero envolverme en una bandera que no me corresponde. Hay periodistas en esas regiones que enfrentan riesgos muchísimo mayores. En mi caso, el principal peligro no viene directamente del crimen organizado, sino de su vínculo con las autoridades públicas. No existe crimen organizado sin alianzas con sectores del Estado. Y son esas autoridades las que reaccionan con más agresividad frente a investigaciones como las que hago. Por eso hay que desarrollar protocolos, técnicas narrativas y formas de contar. Este libro, por ejemplo, es una obra literaria. Eso permite tocar ciertos temas sin exponerte definitivamente. Nosotros no nacimos para ser soldados ni policías. El principal valor que debemos proteger es la libertad de expresión. Si ponés en riesgo tu vida o la de tu familia, también ponés en riesgo esa libertad.
−¿Qué aprendizaje personal le dejó el libro?
−La proximidad con las víctimas terminó siendo un norte ético muy importante. Pero si tengo que elegir una enseñanza central, diría que es el riesgo de la verdad fabricada, de las fake news. Estas mentiras no se construyen para engañar a una persona o a una comunidad, sino a una nación entera. Y son el origen de mucha de la violencia que vivimos. ¿Por qué alguien fabricaría una historia como esta? Porque había un crimen más grande que ocultar. Y ese crimen era el vínculo entre el crimen organizado y esa familia. Una relación que luego contó con protección de las autoridades. Siempre que nos encontremos con una noticia fabricada, no debemos pensar que se trata de una mentira menor. Detrás suele haber algo mucho más grave. En este caso hay cinco personas presas desde hace 20 años, decenas de víctimas y personas torturadas. Si desmontas lo ocurrido, aparecen autoridades que fabricaron pruebas, jueces que no corrigieron errores, medios que no hicimos nuestro trabajo y poder político empeñado en sostener la mentira. La falsedad es una de las madres más prodigiosas de la violencia que hoy nos acompaña.
−También aparece ahí una reivindicación del escepticismo periodístico.
−Sin duda. Pero yo lo extendería también a los consumidores de noticias. En mi caso, dudar de una madre coraje que denunciaba la desaparición de un hijo fue algo que me costó muchísimo permitirme. Hay que tener cuidado cuando alguien alimenta perfectamente nuestros prejuicios. Ahí somos materia prima para la fabricación de la mentira. Los periodistas desarrollamos una intuición. Y esa intuición nace de haber pagado el impuesto a la ingenuidad muchas veces. No es algo con lo que nacemos. Es experiencia acumulada. Empieza uno a desarrollar distancia respecto de los hechos y de los personajes. Y eso es, finalmente, la razón.

Para leer Fabricación
Raphael Ricardo.
Planeta.
536 páginas.
$ 45.900.

