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Cultura

Polémica. La reserva natural que fue salón de fiestas: una expresión de brutalismo

Un análisis sobre lo que dejó el polémico casamiento celebrado en Salta. Brutalismo, extractivismo y modelo de sociedad.

04 de abril de 2026, 15:35
La reserva natural que fue salón de fiestas: una expresión de brutalismo
La boda en la Quebrada de las conchas que generó polémica.

En las últimas semanas aprendimos que la naturaleza en su majestuosa exoticidad puede quedar reducida a un simple telón de fondo. Esto quedó demostrado con el polémico casamiento celebrado en la reserva natural Quebrada de las Conchas, en Cafayate. Falsificaciones y atropello son apenas detalles de un brutalismo voraz.

La celebración de la boda duró tres días y contó con los elementos tradicionales: muebles, luces, cabina de DJ y muchísima gente. Los invitados caminaron entre rocas con millones de años de antigüedad, formaciones que custodian el pasado de la vida marina y el presente de una biodiversidad única.

La novia aseguró que el lugar no sufrió ningún impacto ambiental como si, por ejemplo, la música no produjera vibraciones que alteren la materia del entorno y afecten la fauna local. Destacó que todo se desarrolló en un espacio privado elegido por la wedding planner, y que incluso resultó beneficioso para la economía regional por el aluvión de invitados.

Los responsables de la boda no encontraron en el término “reserva natural” un límite para su proyecto. Aprovecharon esa categoría para capitalizarla en favor de mayor exclusividad para el evento, una forma de explotar lo que se anuncia como inexplotable.

No son los únicos. Su fabulosa fiesta responde al modelo del extractivismo radical.

Lo profano

En algún momento, el saber técnico estuvo al servicio de las necesidades de una humanidad que quería sobrevivir en el mundo. En otro momento, se impuso el paradigma que convirtió el mundo en el reino de lo apropiable, donde todo estaba servido para la conquista humana.

Este último momento aparece con el capitalismo y se potencia, hasta nuestros días, con la tecnociencia. Así lo expone Achille Mbembe, pensador camerunés, a través del concepto “brutalismo”, exportado de la arquitectura para entender el presente.

Para Mbembe, habitamos una época donde la fuerza dicta el movimiento del mundo. Es una fuerza que es más que energía y se acerca a ese ensalvajamiento tan recurrente en las guerras. El brutalismo no es sino la administración de esa fuerza que convierte la vida civil en un escenario bélico.

¿Qué queda después de una guerra? Destrucción, amputación de cuerpos y del medio ambiente, soledad y pobreza. No hay recuperación de lo perdido sino una reconstrucción precaria y veloz que será devastada el día de mañana.

El vector que rige el brutalismo es el extractivismo. De los individuos se extraen datos y servicios de cuerpos agotados; del medio ambiente, recursos no renovables. Todo se reduce a una materia que debe ser intervenida, manipulada, explotada y estallada para extraerle un valor que no tiene en cuanto tal. Es valiosa según un criterio ajeno a ella, que responde a la homogeneidad de lo rentable.

Lo sagrado

La boda de la Quebrada de las Conchas guarda un nefasto parentesco con la reforma de la Ley de Glaciares que se discute en estos días.

Estos casos encarnan en la discusión pública una concepción de la naturaleza como materia sin valor intrínseco. Se encuentran en las antípodas de quienes no entienden “lo natural” como materia disponible para servirse y progresar dentro de una lógica mercantilista, sino como un espacio que llama al cuidado y protección de un bien por sí mismo.

El agua es valiosa porque es agua, no por algún objetivo ulterior. La riqueza de una reserva natural se sostiene precisamente porque es una reserva. Incluir en la valoración de estos escenarios variables como la rentabilidad y el atractivo visual plástico convierte lo vital en materia inerte.

El brutalismo desde la arquitectura nos ilustra cómo luciría nuestro futuro si nos dejamos embestir por esa fuerza. Viviríamos entre estructuras de hormigón masivas, impersonales, pesadas y grises; sin decoraciones que alivien el ojo porque la funcionalidad es lo primero. La naturaleza sería remplazada por construcciones que evoquen la capacidad humana de aniquilar lo viviente.