Bajorrelieve. Matar es fácil
Una columna sobre las diferentes formas de matar que ha tenido la historia a través de venenos y brebajes.
Le he robado el título a un viejo libro policial de un autor norteamericano, si no me equivoco, de la primera mitad del siglo 20.
En realidad la nota se refiere a nuestro pasado colonial, pues hoy recordé algunas cartas del siglo XIX, época en que varios personajes de nuestra historia –la grande y la chica– expresaron su temor a ser envenenados. Sin contar de otros que se sospecha que lo fueron, como el obispo Mercadillo.
Pero, ¿cómo conseguir veneno? Un elemento que estaba por entonces a mano, en comercios y hogares, era el mercurio o azogue, que durante la colonia no faltaba en las casas; se usaba para fabricar espejos y también como remedio.
He leído que se obtenía de un mineral, el cinabrio: de él se extraía el azogue, con el cual también se podía intoxicar o asesinar, según la dosis.
El solimán, en cambio, era un precipitado corrosivo y mortal. En un antiguo cantar –El romance morisco-castellano de Moriana–, se cuenta la vida de una envenenadora, quien, al enterarse de la infidelidad de su amante, mezcla en la copa de este “tres onzas de solimán y cuatro de acero molido”.
Aunque era difícil detectarlo, al parecer hubo denuncias en distintas partes de América de muertes sospechosas, generalmente en reyertas de celos, venganzas y herencias. Y también en crímenes que hoy llamaríamos políticos.
Nada parece más inocuo que el yeso, pero se sabe –pues era más detectable– que se usó con fines criminales: se lo mezclaba en un vaso de leche en pequeña cantidad pues mataba endureciendo los intestinos.
También las flores de nuestra tierra y de nuestros jardines tenían sus peligros; aunque algunos estudiosos lo toman como una leyenda negra: se creía que había “flores pérfidas” –la amapola, entre ellas– , cuyo aroma o infusión producía la muerte o un sueño enfermizo. Se aconsejaba no dormir con estas flores en el dormitorio.
Hay, en antiguos libros de jardinería, constancias de que los botánicos que cultivaban especias raras de orquídeas solían sufrir fiebres, dolores de cabeza y vómitos.
En cambio, se creía que lirios y narcisos causaban intoxicaciones leves a aquellos que cometían la imprudencia de dormir con ellos en la habitación: según un texto de época, sus pétalos o pistilos emitían sustancias que se volatilizaban, penetrando en las mucosas y alterando la salud.
En las sierras cordobesas tenemos la famosa “Lagaña de perro”, con una flor tan vistosa como hedionda: los serranos le dijeron a mi madre que, si se muerde la cápsula que queda cuando la flor se seca, esta produce tal depresión que puede llevar al suicidio.
Más corriente es la intoxicación por plantas que causan trastornos graves al ser ingeridas, como el acónito (que tiene alcaloides), la cicuta, la belladona (los ingleses la llaman la sombra mortífera) y el beleño muy tóxico.
En Córdoba también hay hongos tóxicos pero, en general, estas plantas nuestras son menos letales que las asiáticas y europeas.
En la obra El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las provincias del Río de la Plata, José Toribio Molina recopiló varios casos del Memorial de Gregorio de Arrascaeta al Consejo de Inquisición, donde este solicita que se castigue a los “hechiceros que pululaban en Córdoba del Tucumán” a mediados del siglo XVIII.
Arrascaeta, vecino nuestro, solicita a la Inquisición que castiguen con severidad, “a indios, mulatos, negros y mestizos, lo mismo que españoles”, y los menta como “aprendices y maestros de brujería.”
Y habla, con conocimiento de causa, de los “venenos ocultos” que se utilizan, “llevando a aquella pobre ciudad a estar a merced de envenenadores que no son descubiertos”. Asegura que sirven a personas poderosas, incluso a monasterios, y que delinquen bajo la protección de sus amos.
En 1735, el obispo Gutiérrez de Zevallos, mientras disputaba con las monjas carmelitas, escribe a un amigo de suma confianza: “Aunque fío mucho de Dios, no hay trabajo que no pueda recelar de estas monjas, como quiera que no faltan ejemplares, según común tradición de diferentes obispos muertos a veneno en el reino, y uno en este mismo obispado, y que menos pesadumbre les resultaría valiéndose de algún hechicero”. Estaba hablando del caso del Obispo Mercadillo.

