Bajorrelieve. Maichak, el gran maestro

Una fábula sobre los pemones, indígenas de Venezuela, que recuerdan a Maichak como El gran Maestro.

22 de marzo de 2026 a las 08:07 a. m.
Maichak, el gran maestro
"El gran Maichak" es una obra fantástica que resalta el valor del indigenismo con sus costumbres y características. (Captura)

Mucho antes de que los españoles llegaran a América, al sur del país que hoy es Venezuela vivía un hombre llamado Maichak, de la tribu pemón. Maichak era muy bueno, pero muy inútil, y no podía mantener a su familia: si llevaba arco o flecha para cazar, los perdía; si salía a pescar, se clavaba los anzuelos en las piernas, si usaba la red, esta se le iba de las manos y se la llevaba el río.

Siendo así, casi todos los días volvía a la aldea sin nada para comer, y sus cuñados se burlaban de él.

Una tarde en que descansaba bajo un árbol, pensando en su mala suerte, se le apareció un hombrecito muy extraño que le preguntó:

–¿Por qué estás triste?

–Porque no puedo llevar ni un pescado a mi mujer –reconoció Maichak, afligido.

El hombrecito, que no era otro que un momoy –un duende–, sacó de su chuspa una olla pequeña y se la dio.

–Esto te ayudará a pescar; pero ten cuidado: si pones un poco de agua, atraparás muchos peces; si la llenas, vendrá una inundación, y si te la roban, volverás a ser tonto.

Maichak le agradeció y siguiendo sus instrucciones comenzó a recoger peces y a llevárselos a su mujer, que, muy contenta, presumió ante sus hermanos la habilidad del marido.

Los cuñados de Maichak sospecharon que algún duende lo ayudaba, revisaron su bolsa cuando dormía, encontraron la ollita y se la robaron.

Sin saber de sus dotes mágicas, y como tenían sed, la llenaron de agua; y en castigo, el momoy les envió una gran correntada que inundó los campos y trajo una serpiente enorme que se tragó la ollita.

Maichak, muy triste, decidió probar con la caza. Estaba escondido tras unas rocas cuando vio que venía un tatú –un armadillo– haciendo sonar unas maracas… ¡y ante su sorpresa, apareció una manada de báquiros –unos cerdos sin cola de carne riquísima– y rodearon al tatú!

“Con las maracas los atrae”, pensó el frustrado cazador, así que se escondió cerca de la cueva del bicho, esperó que el tatú saliera y le quitó las maracas. Pero resultó que el tatú era el duende de la ollita mágica, que ahora le dijo, señalando las maracas:

–Debes hacerlas sonar sólo tres veces y los chanchos vendrán; recuerda, sólo tres veces –y antes de desaparecer, volvió a advertirle: ¡Y cuida que no te las roben!

Desde ese día, Maichak, para sorpresa de todos, caía a la aldea con varios cerdos. Sus cuñados volvieron a vigilarlo y descubrieron que las presas acudían cuando tocaba las maracas, así que en cuanto se durmió, se las robaron, hicieron un bochinche bailando y cantando, y una gran manada de báquiros entró en la aldea, atacándolos mientras el más grande les quitaba las maracas y huía con sus amigos al monte.

Maichak, desesperado por la pérdida, se internó en la selva, donde vio un araguato, un mono aullador, que se peinaba la barba mientras los pájaros lo admiraban.

–¡Qué lindo peine! –dijo admirado.

El mono, que no era otro que el duende que lo ayudaba, dijo de mal modo:

–¿Quieres quitármelo?

–No, sólo miraba lo bonito que te deja la barba…

Tomando la forma humana, el momoy se lo arrojó:

–Eres un buen hombre; toma, te lo regalo, pero no debes peinarte más de tres veces seguidas, porque las aves te lo quitarán.

A partir de aquel día, Maichak llevaba a su mujer unos pájaros gordos y sabrosos para que los cocinara, y de nuevo sus cuñados comenzaron a espiarlo. Una mañana en que no había nadie en su choza, le robaron el peine y se peinaron tantas veces que una multitud de pájaros se echó sobre ellos y el más grande se lo quitó de un picotazo.

Cuando Maichak descubrió el robo, harto de sus cuñados, les dio una paliza y se fue de la aldea. Anduvo largo tiempo por la sabana, aprendió muchas cosas y finalmente regresó porque añoraba la aldea. Su mujer y sus cuñados lo recibieron con alegría, curiosos de conocer sus andanzas.

Maichak les contó sus aventuras y cuánto había aprendido de otras tribus. Sus cuñados, impresionados, llamaron al resto de la tribu y finalmente todos pidieron que aquel, a quien antes llamaban tonto, les enseñara las artes de la caza, de la pesca, de las redes, del tejido de canastos y de la alfarería.

Desde entonces, los pemones recuerdan a Maichak como El gran Maestro, a quien deben cuanto saben, y a quien llaman “el más sabio de la tribu”.