Día del Libro. Leer en tiempos de scroll: la disputa por nuestra atención
En un escenario atravesado por la tecnología, este Día del Libro la pregunta central gira en torno al sentido de leer hoy.
Nos pasamos horas y horas leyendo: notificaciones, posteos, mensajes, titulares. Pero, ¿dónde quedó la motivación para sentarnos a leer un libro?
En un contexto de hiperconectividad, cada vez resulta más difícil sostener una lectura profunda y pensada. Entonces, el interrogante no es cuánto leemos sino qué y cómo lo hacemos. Cómo se sostiene esta práctica cultural y cómo se transforma.
José Heinz, periodista y autor del libro La gentrificación digital, analiza estos cambios partiendo desde una base clara: “Me gusta pensar el libro en una categoría como el tenedor, por ejemplo, que pasa el tiempo y sigue teniendo una función clave y la gente lo sigue utilizando”, explica para graficar su innegable vigencia.

En la era del scroll masivo, no es que no leamos, sino que leemos otras cosas y de otra forma: de manera fragmentada, interrumpida y sin terminar de procesar.
Atención fragmentada y algoritmos
María Ruiz Juri, doctora en Ciencias de la Educación y Magíster en Procesos Educativos Mediados por Tecnologías, explica: “El scroll infinito está diseñado bajo un esquema de refuerzo intermitente. Al deslizar, el cerebro busca una recompensa como un dato, un meme o una noticia, y eso genera micro picos de dopamina”.

Esta lógica impacta directamente en nuestro modo de prestar atención: sostener el foco se vuelve más difícil cuando un texto es denso o no ofrece estímulos visuales.
Como resultado, estas nuevas formas de leer implican menor profundidad. Para definirlo, se usa el término “skimming” o escaneo: leer de manera superficial. “Buscamos palabras clave y conclusiones rápidas, todo lo opuesto a un proceso de pensamiento crítico y reflexivo”, afirma Ruiz Juri.
Y esta definición no es solamente teórica, sino que se ve reflejada en el pulso social de las calles cordobesas. Lejos de ser un problema de los jóvenes o una virtud de los adultos, se presenta como una cuestión intergeneracional.
Al consultar a los transeúntes en el centro de la ciudad, la mayoría coincidió en que el celular es una distracción constante a la hora de leer. Luis, de 61 años, resume sus hábitos: “Tengo un tiempo para el celular y un tiempo para leer”. Para él, el libro es un refugio para luchar contra la pérdida de memoria y el apuro del mundo digital.
Mariel, de 59, reconoce que las pantallas la distraen y reflexiona sobre la innegable importancia de seguir leyendo hoy: “Es fundamental para tener buen vocabulario, memoria, atención y concentración. Permite conocer historias, dejar volar la imaginación y adquirir sabiduría”, afirma.
Las generaciones más jóvenes, quienes conviven con lo digital desde siempre, quizás son hasta más conscientes de los efectos del scrolleo. Un estudiante de teatro de 23 años explica que el celular “contamina las ideas” y hace una comparación: “Leer es un hábito que te hace sentir bien a largo plazo y que, para mí, deja serotonina por más tiempo que TikTok, donde sólo te llenas de información que no lleva a ningún lado”.
Heinz y Ruiz Juri coinciden en que hay algo fundamental que se pierde cuando a este sistema se le suma el rol de los algoritmos en las plataformas digitales. Como ya es sabido, los algoritmos de recomendación existen para mostrarnos contenido basado en nuestros comportamientos o intereses. De alguna manera, nos volvemos pasivos ante lo que nos ofrece la tecnología.
Lo que antes llegaba a nosotros por el boca a boca, mediante un librero o simplemente tras recorrer una librería, hoy puede aparecer filtrado por un sesgo de confirmación: buscamos lo que reafirma aquello que ya pensamos.
“El internet de hoy nos quita la posibilidad de hacer esos descubrimientos y someternos al desafío intelectual de encontrar algo que nos llame la atención”, afirma Heinz.
Por su parte, Ruiz Juri advierte que no debemos naturalizar esta práctica: “Hoy, la elección está premasticada por una IA y eso limita nuestra curiosidad intelectual. Es tentador dejarse llevar por la corriente en la que nos van sumergiendo los algoritmos, y acá es clave no naturalizar e intentar desafiar la inercia”.
El libro resiste
Esta transformación no sólo impacta en cómo leemos, sino también en los espacios en los que históricamente nos vinculamos con los libros. El libro papel se resiste al ritmo acelerado y nos propone, hoy más que nunca, un escape intelectual.
En este sentido, los datos del sector editorial muestran que, lejos de desaparecer, sigue teniendo un lugar central.
Según el último informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL), en 2025 se registraron más de 36 mil publicaciones, un 17% más que el año anterior. Además, el formato físico continúa siendo predominante: representa el 75% de los títulos. Sin embargo, se enfrenta a una baja en el volumen de producción, ya que la tirada total de ejemplares sufrió una caída del 34%.
Ibero Martínez, librero de la librería El Espejo, analiza el fenómeno de una manera tranquila y bajada a tierra. Aunque nota los cambios en el consumo, insiste en que el libro sigue vigente: “La gran noticia es que, pese a todo, el libro subsiste”, afirma.

En este sentido, la librería como espacio de encuentro y una pieza cultural fundamental se sostiene. Resiste a las temporalidades externas; fragmentadas y veloces. Como si fuera una especie de burbuja hermética en la cual los algoritmos no logran permear:
“Acá pueden convivir distintas ideologías, autores y temáticas. Alguien viene buscando un ensayo político y se puede terminar llevando una novela o al revés… Los padres vienen a buscar libros para sus pequeños y se llevan algo para ellos… Es un lugar al cual vas en busca de algo y podés encontrar otra cosa distinta”, explica Martínez.
Leer en tiempos de IA y tecnología
Lejos de demonizar a las tecnologías, que ya forman parte activa de nuestra vida, Ibero entiende que no hay necesidad de que haya rivalidades. Sobre todo, hace hincapié en el vínculo entre la lectura y la inteligencia artificial: “Pueden convivir de lo más bien. Si usamos esas herramientas para encontrarnos con nuevas lecturas, por ejemplo, está bárbaro. No creo que una cosa quite la otra, de hecho pienso que se pueden terminar potenciando”, confía.
En este sentido, explica el fenómeno más bien como una disputa por el tiempo de las personas (o quizás las elecciones sobre el tiempo libre): “El libro compite con las plataformas digitales y también con el cansancio, con las preocupaciones”.
Como una ventaja, hoy es cada vez más fácil encontrar textos de cualquier tipo; están sólo a un clic de distancia. Por razones como esta es que la tecnología puede brindar oportunidades provechosas.
Más bien es el soporte lo que puede transformar la lectura en una experiencia fragmentada y dispersa. En las pantallas, hay estímulos visuales que dificultan la concentración, como notificaciones, hipervínculos: son llamados de atención que contaminan nuestra lectura.
En este ecosistema digital, otra de las preocupaciones que emerge es la identidad de lo que leemos. Con el tiempo y desde la emergencia de la inteligencia artificial, cada vez está más incorporada la producción de textos realizada con esta herramienta y, como consecuencia, cada vez cuesta más identificar qué es de autoría propia y qué fue producido por un robot.
Como explica Heinz, los lenguajes de IA “trabajan con el promedio, digamos, lo que hacen es determinar cuál es la palabra promedio siguiente más probable. Esto genera textos despersonalizados que están diseñados para la optimización”.
Entonces, en este terreno, la manera de resistir no es únicamente a través de la lectura, sino también de la escritura. En un momento en el que los párrafos cortos y las palabras clave, pensados para el skimming, son el núcleo central, el factor humano y la marca autoral se tornan necesarios para romper con estas estructuras.
Que la “conversación” con un autor y su mundo no esté mediada por la tecnología, que su subjetividad se deje entrever en cada renglón, con sus errores y vicios; con una marca de humanidad.
Esa discusión sobre la autoría también abre otra arista: la materialidad del libro y su producción. Martínez hace referencia a esto como un proceso colectivo y trabajoso: “Participan diez personas como mínimo: el autor, algún lector, el editor, corrector, diseñador, la gente que hace difusión, la gente que distribuye y en el final de la cadena eh los libreros y los lectores y las lectoras. Pasa muchísima gente para que en una vidriera esté un libro”.
Y si la identidad está en juego, la autonomía del lector también. Ruiz Juri explica que la lectura es fundamental porque nos permite gozar de algo que es un privilegio en estos tiempos: la soberanía del tiempo, elegir cuándo, cuánto y qué consumir. “Al leer somos nosotros quienes marcamos el ritmo. Podemos detenernos, volver atrás y reflexionar. En cambio, en el video o el scroll, el ritmo lo propone otro”, afirma.

Martínez lleva esta soberanía a algo más específico, que es la privacidad. El acto de leer se presenta como un acto de resistencia ante el control. “Muchas veces esa cantidad de estímulos que tenemos tienen una carga de control, o de llevarnos hacia ciertas ideas. Mientras leemos, no producimos datos para ninguna gran corporación; hay alguien que no sabe qué estamos haciendo y eso me parece maravilloso”, expresa.
En definitiva, en este Día del Libro la propuesta no es generar un debate moral entre pantallas y libros. Es necesario repensar lo que significa leer hoy. En qué nos cambia elegir sostener una lectura en vez de scrollear y perder la noción del tiempo. Quizás es en esa diferencia, entre la velocidad y la pausa, el pensamiento y la inercia, donde todavía reside el sentido de leer hoy.

