Perfil. Jorge Asís, un dandy que sabe relatar las ruinas de un país
El escritor acaba de cumplir 80 años y, desde hace más de sesenta, es el cronista que hizo del derrumbe una obra literaria y del desencanto una forma de elegancia nacional.
Jorge Asís acaba de cumplir 80 años. Y no es un dato biográfico, sino más bien una escena nacional. Porque el Turco, más que envejecer, muta y se mantiene a la vez. Cambió de piel muchas veces, como cambian los gobiernos, pero siempre conservó la mirada filosa del cronista que entendió, antes que muchos, que la Argentina nunca fue realmente un país, sino una novela por entregas.
Asís supo desde muy joven que este país se organiza en tribus sentimentales, en rencores acumulados, en lealtades transitorias. Su literatura fue, siempre, una sociología sin estadísticas y una ciencia política sin método, pero con intuición.
Antes de ser embajador ante la Unesco en París –durante el gobierno de Carlos Menem–, fue, sobre todo, escritor. Y no un escritor ornamental. En Flores robadas en los jardines de Quilmes retrató la derrota moral de una generación que había confundido épica con destino.
En Los reventados narró la intemperie de los márgenes urbanos cuando la violencia todavía no tenía marketing ideológico. Asís escribió sobre el fracaso y sobre los fracasados mucho antes de que el fracaso se volviera una industria cultural.
Fue también desempleado en Buenos Aires, y esa condición lo define. El desempleado observa. No tiene oficina, pero tiene tiempo. Y el tiempo es el capital del novelista.
Asís miró la ciudad como quien espía desde una ventana empañada: vio el ascenso social precario, el arribismo ilustrado, la corrupción como sistema de ascenso y la ideología como coartada estética.
Entendió que el peronismo no era un partido sino un clima; que la clase media argentina era una ficción contable; que el progresismo local se parecía demasiado a un club de lectura con culpa.
Muchos lo acusaron de cínico. En realidad, siempre fue un realista. En un país que se narra a sí mismo en clave melodramática, el realismo siempre suena a provocación.
Asís practicó un "dandismo" político: siempre habló con todos, desconfió de todos y escribe mejor que casi todos. Hizo del barroco verbal una marca registrada, de la ironía un escudo y de la exageración un método de revelación.
La diplomacia
Como embajador en París, representó a la Argentina con el mismo gesto con el que había representado a los derrotados en sus novelas: con una mezcla de fascinación y distancia. Sabía que la diplomacia es, en el fondo, literatura con protocolo. Y que el poder, como los personajes, se construye a base de relatos.
Asís también fue cronista del derrumbe argentino. No del derrumbe puntual que ocurre prácticamente cada década, sino del derrumbe estructural: el de una nación que prometió modernidad y produjo simulacro; que soñó con Europa y terminó exportando desencanto.
En sus columnas y apariciones públicas ejerció el arte de la intriga: anticipaba rupturas, exageraba traiciones, dramatizaba internas. Pero detrás del espectáculo había un diagnóstico: la Argentina es una república de facciones que confunde movimiento con transformación.
A los 80, Asís simboliza una época en la que los escritores discutían poder sin pedir permiso, en la que la política tenía densidad narrativa y en la que la televisión todavía necesitaba intelectuales incómodos.
Hoy, cuando el debate público se achata en consignas, su prosa barroca parece un exceso necesario.
No es casual que él mismo le haya dicho al otro Turco, al que fue presidente, que podía “atajarle unos penales".
En este país, donde cada crisis es una final del mundo, hace falta alguien que se pare bajo los tres palos de la interpretación y arriesgue. Asís siempre intentó atajar los penales de la historia reciente: el colapso económico, las metamorfosis del peronismo, la mutación del progresismo en moralina y de la derecha en marketing.
Podrá gustar o irritar. Podrá haber errado diagnósticos o exagerado conspiraciones. Pero nadie puede negarle que entendió que la Argentina se explica mejor desde la novela que desde el boletín oficial. Y que narrar el poder, muchas veces, es casi tan importante como ejercerlo.
En sus 80 años, Asís encarna una paradoja profundamente argentina: la del dandy que camina entre ruinas y, en lugar de llorarlas, las describe con estilo. Quizá por eso sigue siendo leído, citado, discutido, sobre todo por los hijos de los que quisieron cancelarlo allá por los 80.
Porque en un país donde casi todo se derrumba, el lenguaje –cuando es filoso– todavía resiste.

