Bajorrelieve. El último templario, segunda parte

La historia de Maurice Druon, escritor y exdiputado de la Asamblea Nacional de Francia.

31 de mayo de 2026 a las 08:59 a. m.
El último templario, segunda parte
La Orden de los Templerarios. Imagen ilustrativa.

Antes de entrar de lleno en la nota, quiero salvar un error que cometí en la anterior: no sé cómo pude confundirme con el nombre propio del autor: no es Michel sino Maurice y sí, su apellido es Druon.

Fue un hombre notable en casi todos los aspectos de su vida; nació en París un 23 de abril del año 1918, como hijo natural de un actor ruso de origen judío llamado Lazare Kessel; no debió ser mediocre, puesto que trabaja en la mundialmente famosa Comedia Francesa, pero tenía un carácter inestable y se suicidó antes de llegar a reconocerlo.

Su madre era una joven actriz que respondía al pretencioso nombre de Léonille Jenny Lucie Druon. Por parte del padre, Maurice era sobrino de un gran escritor de esa época, Joseph Kessel, que siempre cuidó de él; según se dice, durante la Segunda Guerra Mundial, y siendo Maurice muy joven, crearon el Canto de los Partisanos, que se convirtió, por entonces, en el himno de aquellos que militaban en la llamada Resistencia durante la ocupación alemana en aquel país.

Siendo muy niño, su madre se trasladó con él a Normandía y ya adolescente estudió en el Liceo Jules Michelet, donde se inscribió en Ciencias Políticas: por entonces, era bastante conocido por los lectores de casi todo el país a causa de sus artículos, que trataban de temas muy diversos y atractivos.

En una de sus biografías descubrí que era oficial de Caballería, que cuando las tropas alemanas ocuparon el país, él dejó el ejército y se pasó a la Resistencia, que luego, colaboró con Estados Unidos e Inglaterra cuando sus servicio secretos se convirtieron en un problema para los ejércitos de Hitler, debido a la clandestinidad de estas tropas, y especialmente porque la oficina de los Servicios Secretos, terminó minando el poderío alemán.

En algún momento de aquella etapa, viajó a Londres, donde siguió colaborando como decían por entonces, “desde las sombras” junto a la gente de De Gaulle y de Churchill, y cuando la guerra llegó a su fin, pudo dedicarse a lo que más le gustaba: estudiar ciencias políticas y literarias y escribir; gracias a esto, en diciembre del año 66 de aquel siglo, fue elegido miembro de la Academia Francesa de Letras, y se constituyó así en Secretario Perpetuo Honorífico.

Más adelante, en la época de Pompidou, se interesó en la política y llegó a ser ministro de cultura (1973) y en el año ´78, diputado de París. En todo este tiempo nunca dejó de escribir y al instalarse la paz, comenzó a editar, destacándose no sólo en estudios, sino también en novelas y relatos.

Poco hemos leído de él en nuestro país, pero seguramente la gente de mi edad y algo más joven también, recordarán esta obra extraordinaria, compuesta de varios tomos, una saga histórica titulada Los Reyes Malditos –que abarcó un período de edición de más de diez años, si mal no recuerdo– y el primero de aquella generación fue el rey francés cuya historia les conté la semana pasada.

Sobre sus libros –esta saga está compuesta de seis o siete tomos, no lo recuerdo ahora– es la más conocida y desgraciadamente, muy poco más de él hemos podido leer.

Les prometo darles todos los títulos, (conseguí una edición ahora perdida en mi biblioteca grande, muy bien traducida y encuadernada) y comentarles la temática de cada uno de ellos. Y si encuentro datos sobre la serie televisiva que fuera de Francia no tuvo mucho éxito porque al parecer le faltaba esa sencillez que debe acompañar a un buen relato que se defiende por sí solo con el encanto de los siglos transcurridos.

Creo recordar, por otra parte –o quizás a mí me lo pareció– que tenía muchas escenas oscuras, es decir, poco iluminada la imagen, lo cual correspondería a la época en que transcurre la historia, pero exaspera a quien la ve hoy, ya en cine, ya en la pantalla chica, pues se pierden muchos detalles interesantes.

Una cosa me gustó de la edición que conseguí por entonces –no recuerdo de qué editorial era– y esto fue que en el último tomo de aquella saga, había un diccionario sobre los personajes verdaderos, los lugares históricos, las batallas y los amores, es decir, la muerte y la pasión tanto políticas como sentimentales.