
Tenso momento entre Estanislao Bachrach y Nati Jota: Cualquiera que tiene un micrófono dice cualquier pelo...
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Redacción La Voz
La semana pasada, el tema dominante fue el conocimiento y sus usos. Por un lado, el divulgador Estanislao Bachrach fue criticado en redes sociales por la aparición que hizo en un streaming de Olga. Por otro, el entusiasta de la filosofía Alejandro Fantino atacó a las instituciones que construyen conocimiento mediante una exhibición de su carencia de conocimiento.
Bachrach cuenta en su haber con varios best-sellers de títulos ingeniosos que subrayan su aspiración de volcar su formación en biología y neurociencias a la divulgación. Sus apariciones en los medios de comunicación no siempre acompañaron su noble causa de ser uno de los nexos entre la academia ensimismada y la sociedad, en toda su variedad y extensión.
En el programa de Olga, Bachrach se sorprendió ante la ignorancia de sus compañeros de mesa sobre temas específicos de su área y esquivó preguntas más que pertinentes con un “no sé”, más canchero que genuino. Eligió el camino de la falsa humildad de autodenominarse "ignorante" para contrarrestar el sabelotodismo que domina los discursos actuales, maniobra que delata el narcisismo, fatal para cualquier divulgador.
A nadie le cae bien un sabelotodo, mucho menos aquellos que apelan a la ignorancia como mera retórica de sabios.
En 2024, Alejandro Fantino se convirtió en licenciado en Filosofía, y desde entonces tiene una relación ambigua con la ignorancia.
No se permite a sí mismo violar la máxima socrática “solo sé que no sé nada”, sobre todo cuando ejerce el rol de entrevistador. Al mismo tiempo, pontifica sobre lo que conoce y sobre lo que desconoce con la más dogmática de las seguridades; eleva el tono de voz y se pone rojo, porque, al parecer, mostrar la verdad lo enoja y lo impacienta.
Si alguien lo ataca, despliega en el mostrador su saber filosófico y cita la idea de algún sabio. Hace poco le tocó a Aristóteles, a quien referenció con una pésima reconstrucción del concepto de accidente para tildar a alguien de accesorio. Sin embargo, no pudo sostener su diatriba filosófica y terminó usando como metáfora un carburador.
Tal vez, Fantino faltó el día que explicaron que la filosofía no sirve para aquello que él la utiliza una y otra vez: como instrumento de vanagloria. Fantino no emplea la filosofía para iluminar un tema o un problema, sino para exhibir una altura intelectual y moral que se extingue en la misma exhibición.
Su caso es el de quien teme a la ignorancia, no se sabe ignorante y meramente se enuncia ignorante. Es un sujeto que representa en sus tres dimensiones el culto a la ignorancia tan extendido en la actualidad.
No es casual que estos episodios hayan sucedido en la misma semana que millones de personas se juntaron en las calles de sus ciudades para recordar la legitimidad social que tienen las universidades públicas.
Son episodios que actúan como síntomas de interrogantes que nunca hay que dejar de hacerse: cómo se construye el conocimiento, quién tiene autoridad en materia de conocimiento y con qué fines se emplea el conocimiento.
Bachrach responde al último interrogante con la divulgación científica, en su dedicación a informar a un público general. A veces esta disposición política del conocimiento se ve opacada por él mismo cuando el contexto lo convierte en el único experto y sobreactúa el personaje de científico cool.
Fantino se pone nervioso cuando percibe que algún chiste o ataque menoscaba su sapiencia, y convierte la cuestión de la autoridad epistemológica en su infierno tan temido. Refleja nítidamente que este tipo de autoridad no se reclama porque no se otorga, sino que adviene a quienes tienen conocimiento.
El primer interrogante resulta especialmente acuciante en estos momentos. Lo presupuestario se postula con toda su frialdad como la única dimensión de análisis, cayendo en la trampa más tradicional del culto a la ignorancia: el reduccionismo. El camino de la resistencia y la reivindicación estará, entonces, plagado de matices y sutilezas.