Columna. Espejos y poesía

Qué tendrán esos objetos, los espejos, que han obnubilado a la humanidad desde tiempos inmemoriales.

08 de marzo de 2026 a las 09:56 a. m.
Espejos y poesía
Espejo. Foto ilustrativa para historia de los espejos.

“Yo, que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos sino ante el agua especular que imita el otro azul en su profundo cielo que a veces raya el ilusorio vuelo del ave inversa o que un temblor agita. Espejos de metal, enmascarado espejo de caoba que en la bruma de su rojo crepúsculo disfuma, ese rostro que mira y es mirado”.

Jorge Luis Borges dedicó no sólo este poema, sino varios escritos, a los espejos. Y si nos remontamos al principio de la literatura, encontraremos muchas alusiones a ellos, casi siempre relacionados con algún misterio.

Según el diccionario de la Real Academia Española, espejo es una lámina de metal bruñido o de cristal recubierto por una capa de azogue, plata o aluminio en su parte posterior, para que se vean –en una u otra– los objetos que les ponga delante.

Pero existe un mineral que rara vez se lo nombra entre los espejos –aunque lo fue– y, según viejas crónicas, Sor Juana Inés de la Cruz poseía uno: era el espejo de obsidiana, usado por los antiguos pueblos centroamericanos.

La obsidiana es un mineral volcánico, vítreo, de color negro o verde oscuro, fundido por la naturaleza y que, de vez en cuando, tiene un reflejo dorado, muy esquivo a la vista: quien se mirara en este espejo, se creía, podría conocer su futuro.

Pero ¿de dónde vienen los espejos? ¿Desde cuándo se conocen? Una teoría dice que vinieron de la China o de la India; otra, que los primeros fueron fabricados en Europa. De todos modos, se sabe que los más antiguos fueron los de metal pulido, hallados entre los tesoros celtas o de otros pueblos europeos: entre estos, algunos bellísimos, no han podido ser superados.

Pero el espejo propiamente dicho, de vidrio o cristal, y azogue, apareció recién a principios del Renacimiento; eran muy caros y sólo podían conseguirse en tamaños reducidos, de modo que el marco, igualmente importante, exageraba su tamaño y destacaba su valor: no sólo como algo suntuoso, sino como algo misterioso.

Con el paso de los siglos, y a través del adelanto en la industria, se volvieron más grandes, pero nunca dejaron de carecer de importancia.

Se sabe que antes de que apareciera el espejo bruñido o el de cristal, en la más remota antigüedad, un elemento, a modo de espejo, se involucró en las más bellas –y trágicas– historias de la mitología griega: el agua, llamada “el espejo de Diana”.

“El sacerdote guardaba con su espada desnuda la rama mística que contenía a un tiempo la vida del dios y la suya. La diosa a quien servía y con quien se desposaba no era otra que la reina de los cielos, la verdadera esposa del dios celestial, pues ella también amaba la soledad de los bosques y las colinas solitarias y, navegando allá arriba en las noches claras, bajo la apariencia de luna plateada, se recordaba a sí misma viendo, abajo, su propia y bella imagen reflejada en la superficie plácida y bruñida del lago, espejo de Diana”.

Con estas palabras describe James Frazer, en su obra La Rama Dorada-Magia y Religión, el primer espejo que conoció la humanidad: el agua, regalándonos una maravillosa historia: el mito de Narciso, que luego –Freud o Adler, no estoy segura– incorporó al lenguaje de la psicología.

Según Ovidio, Narciso, hijo de un dios-río y de una ninfa, fue un joven muy bello que despertaba amor en quien lo contemplara, pero sin llegar a corresponder a nadie. Una de sus enamoradas fue la ninfa Eco, quien, debido a un castigo, no podía comunicar a Narciso sus sentimientos, ya que sólo podía repetir las últimas palabras que oía.

Fue rechazada por él, que recibió por la crueldad con que la trató el castigo de enamorarse de sí mismo al contemplar su imagen en el agua; desesperado al no poder alcanzar el objeto de su amor, se dejó morir.

Dice la leyenda que Narciso fue transformado en un río, en cuya orilla nacieron las flores que llevan su nombre.

Y para terminar, recordemos otra bellísima y profunda poesía de nuestro Jorge Luis Borges, con cuyas maravillosas frases comenzamos esta nota:

"Mirar el río hecho de tiempo y agua / y recordar que el tiempo es otro río/ saber que nos perdemos como el río/ y que los rostros pasan como el agua".