Bajorrelieve. El solar olvidado

El relato del inicio de ¿una historia de amor?: "Sus ojos se posaron en Águeda y fue para todos indudable que había quedado impresionado por la belleza de la joven".

15 de marzo de 2026 a las 12:03 p. m.
El solar olvidado
Cristina Bajo, en su casa (La Voz/Archivo).

(Avance de una novela en preparación)

“Era un magnífico edificio colonial de dos pisos, con su torre en el centro, con su cruz y veleta artística de hierro; y sobre el dintel de la entrada principal un escudo heráldico”. (Pedro Grenón S.J.: Álbum Ilustrado de nuestras casas que fueron). Octubre de 1624, ciudad de Córdoba

La casa, de piso de altos, tenía una torre en la esquina que miraba hacia el Cabildo y la plaza de carretas. En el piso de abajo, una tienda de ultramarinos permanecía cerrada desde hacía muchos años.

La habitación superior era rústica, más para guardar trastos que habitación familiar, pero sus estanterías contenían libros de todo tipo, desde grandes tomos encuadernados en cuero de Rusia y señaladores de seda, hasta folios sin tapas y descosidos que acumulaban polvo y olvido.

Contrastaba entre aquellas vejeces un escritorio de madera noble, con cajoneras; sobre él, un tintero de cristal en bandeja de plata, un cuenco de piedra-sapo de Altagracia con arenilla para secar la escritura a tinta y, a la diestra, varios cartapacio de letras en oro.

En un sillón, frente al escritorio, estaba sentada una joven; el atril, a su izquierda, sostenía un libro abierto y señalaba la página una pluma de pavo real: era un viejo texto de ciencias al que el comisario de la Inquisición de Córdoba de la Nueva Andalucía no le había echado el ojo... todavía.

La joven, iluminada por el sol que comenzaba a descender sobre las sierras cordobesas, estaba escribiendo en una página hermosamente ilustrada con mujeres con cola de pez, hombres barbados con cuerpos de caballos, machos cabríos con torsos humanos... todo entre hojas y frutos extraños, de la época de los godos.

La habitación no tenía ventanas: sólo un arco que daba al interior de la casa, desde donde se podían contemplar los techos de tejas, los campanarios, los patios interiores y las caballerizas... A la derecha e izquierda del escritorio había dos puertas, hacia sendos dormitorios sobriamente amoblados.

Aquella tarde de octubre, la joven sintió pasos que subían hacia el altillo y al ver aparecer a su tía, le sonrió con cariño.

–Ven, Águeda –le dijo la mujer–. Pedro Apóstol dice que desde los Altos se acerca un coche y unas carretas con escolta. Parece gente importante.


El esclavo, que les llevaba más de una cabeza, se quedó cerca de ellas, apoyado en un palo que usaba a modo de bastón pero que, en caso de ser necesario, podría usarse a modo de defensa.

Águeda quedó impresionada ante la tropa: adelante venían dos guardias fuertemente armados y de buenos uniformes; a cierta distancia de ellos, avanzaba un gran caballo negro de crines y cola rizada, los cascos protegidos por una pelambre espesa; el jinete que lo montaba era un hombre de mediana edad y aspecto importante; llevaba el pelo oscuro cortado a lo romano; debía ser de tez clara, porque el sol le había castigado la piel del rostro.

Calzaba un pantalón de pierna angosta y unas buenas botas, ahora polvorientas. Pero lo que más llamaba la atención era que, reclinada sobre su brazo izquierdo, dormitaba una niña pequeña, muy rubia, vestida de granate.

A espaldas del jinete, de pie sobre el anca del caballo, un niño de unos seis años, sostenido por un arnés a la espalda de su padre, se prendía con fuerza de la capa. El hombre se veía cansado, pero su mano derecha sujetaba las riendas con firmeza.

Un coche de lujo le seguía y las cortinillas recogidas enmarcaban el rostro de una mujer mayor de gesto agrio. Más atrás, varias carretas y aún más atrás, una docena de hombres bien pertrechados y varios peones que arreaban una tropilla de reserva.

Ante la presencia de aquellos vecinos, únicos despiertos en una siesta provinciana, el jinete detuvo los ojos en ellos, repasándolos con la mirada, aunque de una forma educada, pero cuando sus ojos se posaron en Águeda, fue para todos indudable que había quedado impresionado por la belleza de la joven.