Columna. Olvidar, recordar
Nadie sabe por qué recordamos pequeñeces y, en su lugar, olvidamos cosas importantes.
Siempre me he preguntado, especialmente en estos últimos años de la vejez, por qué recordamos ciertas cosas y olvidamos muchísimas que fueron, viéndolas a través de tantos años, más importantes.
Como ejemplo: ¿por qué de mi primera Comunión –que recibí de mano de un conocidísimo obispo de Córdoba, cuando iba al primario de las monjas del 25 de Mayo– recuerdo sólo a mi madre embarazada, en cama desde hacía una semana, cosiendo a mano porque el médico le había prohibido usar la máquina de coser, pues estaba en riesgo de pérdida?
¿No debía ser más impresionante para una criatura la ceremonia religiosa, en una iglesia o en la capilla del colegio, con música sacra, muchas chicas de mi edad vestidas de blanco, con padres y parientes presentes?
Pues por más que rebusco en mi mente, no recuerdo ni cómo llegué al lugar sagrado, si me llevó mi padre en coche o si nos recogió el ómnibus del colegio que diariamente nos llevaba y nos traía desde la institución hasta el hogar, y viceversa.
¿Por qué recuerdo al diariero que repartía todos los días el diario y las revistas para mis padres –que eran muchas–, y el Pato Donald y el Billiken para nosotros, y no la monja que me enseñaba religión?
¿Y esa pareja de ancianos africanos que vivía frente a nuestro chalecito de barrio General Paz, al lado del río, cuyo rancho estaba del otro lado de la calle, pero en la cresta de una barranca?
Ellos solían llevarle a mamá el pan casero con chicharrones que hacían, u otras delicias criollas que hasta hoy me hacen agua la boca –como los higos en almíbar–, y los recuerdo: gordos, grandotes, siempre sonriendo, amables con mi madre, muy cariñosos conmigo y con mi hermano Eduardo –Carozo de sobrenombre–, que tenían un montón de perros y gatos, de gallinas y teros, de canarios y cuises; que cortaban el pan casero aún tibio con las manos y lo embadurnaban con algún dulce casero tan rico como nunca más he probado.
El diariero venía en bicicleta con canasto y traía para mamá revistas femeninas de labores y cine –además del Mundo Argentino–; y para papá, El Gráfico y La Chacra. Nosotros pedíamos el Pato Donald, el Billiken y el Mundo Infantil. Este hombre solía regalarnos banderines de clubes de fútbol, y así Eduardo y yo terminamos siendo él de Boca y yo de River Plate.
¿Qué hace que recuerde algunos de los tantos perros y gatos que tuvimos, y otros no? Recuerdo, en cambio, que, a pesar de que mis abuelos nos regalaron pájaros, mamá nos enseñó a soltarlos porque, explicó, un animal que vuela jamás debería estar encerrado..
Entre otras cosas, no recuerdo cómo se llamaba aquella tía porteña, pariente por parte de mi padre, que mamá detestaba por ruidosa y fumadora, pero jamás he olvidado un vestido de organza de un rosado oscuro que me hizo para una ocasión familiar muy importante.
Recuerdo mi emoción cada vez que me lo medía y me dejaba verme en el espejo de cuerpo entero que tenía en el toilette de su dormitorio.
Debió ser para una fiesta familiar importante, quizás el casamiento de su hermana menor, mi queridísima tía Nena, cuyo verdadero nombre propio –Carmen– recién supe cuando ella murió, y yo tenía más de 50 años.
De los colegios de monjas donde estudié, desde primer grado hasta que me recibí de maestra, tengo recuerdos muy gratos, salvo de una monja llamada sor Wenceslada–del secundario de Río Ceballos–, que daba Ciencias, materia que todos los años me llevaba a rendir en marzo. Ella tomaba aquello como ofensa personal. Quedé muy desconcertada, muchos años después, ya entrada yo en el medio siglo de vida, cuando me enteré, por una de mis excompañeras de curso, que se había escapado con un camionero.
Recuerdo que se decía de ella que era albina: usaba unos anteojos negros, redondos, que nunca se quitaba, pero no recuerdo quién era, por aquel entonces, mi compañera de banco, aunque tengo la esperanza de recordarlo cuando menos lo espere.
Quizás recordar buenamente el pasado sea una cualidad ligada a mi familia, en general, bien humorada, o por la capacidad de mi mente que siempre ve la parte buena de lo que me sucede y me permite reconocerme en la frase de uno de mis poetas preferidos, que termina diciendo en la vejez: “Vida, nada me debes, vida, estamos en paz”.

