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Fotosíntesis: Una noche sin sueño

La autora de esta nota atraviesa una velada de insomnio. Y abre algunos libros en busca de la tranquilidad para volver a dormir.

08 de diciembre de 2017 a las 07:03 p. m.
Eloisa Oliva
Fotosíntesis: Una noche sin sueño

La otra noche volví a tener insomnio. Era un día laboral, hacía calor y, a esa hora de la madrugada, se escuchaba el concierto de los grillos. Hace mucho alguien me dijo que el insomnio era una herencia de los cazadores: el miedo al ataque de los grandes depredadores los mantenía en vilo noches enteras. Pero en mi caso me autodiagnostico un mal contemporáneo: la saturación de mensajes, a la que estamos expuestos como a la radiación solar, hace que mi cabeza se prenda en medio de la noche y busque, ansiosa, la nada aterciopelada, el vagabundeo sin más, el silencio.

Como cada vez, agarré la almohada, me fui al living y, después de mirar el techo un rato largo, busqué algo para leer. Esa noche abrí, en total, tres libros. Uno lo leí completo; los otros dos, de a saltos. El orden en el que fueron leídos no importa, aunque sí las reverberancias que dieron origen a una narrativa.

En El idioma materno, de Fabio Morábito, encontré cosas como esta: "En el poema la palabra es sometida a la mayor refutación posible, al grado de que todo él puede verse como una sola palabra, una sola emisión de voz, un único salto de una orilla a otra". Y también otras que dicen así: "Antes de decir lo que se dice, de comunicar una idea o una experiencia, un poema es una ruptura de la dicción acostumbrada, un balbuceo liberador, la reminiscencia de un idioma".

Después, ingresé en un artefacto lingüístico que armaron María Mascheroni y Teresa Arijón: hierba sobre el mundo castigado. Es un canto largo y generacional que tiene mucho de eso que dice Morábito: "un único salto de una orilla a otra" y, también, "la reminiscencia de un idioma".

Las voces que lo componen (fragmentos de libros escritos por autores argentinos nacidos entre 1955 y 1965) se engarzan unas a otras sin saltos de continuidad, como si en el fondo todas tuvieran la potencia de ser una y mil al mismo tiempo. Pero es un espejismo, porque lo que leemos es una operación cuidadosa de montaje, que nos arrastra y nos muestra, esquivo, el barro de donde provienen esos poemas, lo que puede hacerse entre la lengua y el mundo en una época determinada. “Los tocados por el misterio de la muerte se preguntan por qué, de los dos, el muerto es el muerto y no su hermano”, dicen Arijón y Mascheroni en sus notas al inicio del libro.

Cuando lo cerré, ya estaba amaneciendo. Los grillos seguían, rumor perpetuo de las noches de verano. Se sumaron pájaros, y rastros de vecinos de buen sueño que dejaban caer el agua de la ducha o de la pava.

Abrí el tercer libro, casi rendida. Antología crítica, de Francis Ponge. En uno de los ensayos, el escritor francés parecía estar hablándome a mí y a mi insomnio: "El mundo mudo es nuestra única patria. Practicamos su recurso según la exigencia del tiempo". Lo cerré, ahora que había vuelto el ruido, desterrada de mi patria, podía irme a dormir.