Bajorrelieve. Dionisia, un adelanto de una futura novela
Un enigmático fragmento de un texto en el que Cristina Bajo se encuentra trabajando para poder publicar pronto.
El tañido intempestivo de la campana sobresaltó a Dionisia, que estaba en uno de sus trances. Era una india vieja, criada en una familia de importancia de la ciudad, que había sido cedida a su hija cuando esta se empeñó en fundar un convento que nunca tuvo las debidas licencias y que corría, año tras año, peligro de ser cerrado por una orden superior, vaya a saberse si del obispo o del mismísimo papa.
Dionisia alertó sus sentidos y decidió que el responsable de aquel tañido errático había sido el viento que corría, como un potro desbocado, por los altos del río, y no una mano humana.
Su natural capacidad de nativa para comprender las geografías y sus beneficios o problemas le repitió, como tantas veces, que aquel lugar había sido mal elegido para levantar el convento, todavía a medio levantar y ya amenazado de desaparecer.
Se acomodó la ropa que no se sacaba ni para dormir, de color gris, casi un hábito ya, y se asomó por el pasillo, donde el viento había apagado la gran vela, pero que iluminaban los furtivos relámpagos que reverberaban en el ventanuco enrejado.
Dudó un momento, pero decidió dar un vistazo al exterior: a la luz violeta de los relámpagos, vio el llano desde el que se bajaba, por unas barrancas más o menos empinadas, hacia el Suquía. Unos cuantos sauces llorones mecían sus desordenadas melenas, y el siseo del aire imitaba maldiciones lanzadas al cielo.
Ya se retiraba a la cocina cuando oyó, en medio del barullo de la naturaleza, el paso de un caballo. No era un galope, no era el paso tardo de los animales cansados: era el paso ágil y grato de un animal bien entrenado que se desplazaba a un trote corto y elástico, con ritmo, sobre los pastos.
Curiosa, prestó atención con el otro oído y decidió que en segundos podría verlo, viniendo desde la ciudad y dirigiéndose hacia el norte.
Un momento después, apareció el animal: era blanco, de largas crines que el viento revoloteaba sobre su cerviz; avanzaba sin miedo, sólo cabeceando un poco, como un animal lleno de vida y de fuerza.
Un nudo le cerró la garganta: sólo hubiera deseado ser española para poder montar un caballo como aquel alguna vez en la vida. Y cuando comenzaba a formarse en su mente la pregunta sobre qué hacía aquel espléndido animal suelto, a aquella hora de la noche –la hora de las brujas y de los demonios que su tribu temía– notó la mujer que lo montaba. Iba también de blanco, con una especie de hábito largo, la cabellera dorada y desmelenada, que le llegaba hasta la cintura y que el aire alborotaba como una madeja de seda en la profunda oscuridad.
No iba sentada a mujeriegas: cabalgaba a lo varón, sobre una manta roja bien sujeta al vientre del animal, pero sin estribos y con los pies desnudos. Llevaba las riendas con soltura en la mano izquierda y su cuerpo seguía el ritmo del animal en una sincronía perfecta.
Conteniendo un grito, se cubrió la boca con el antebrazo y vio perderse animal y amazona en una nube espesa de niebla que de pronto afloró del río e invadió el alto del barranco.
Asustada, regresó a su cuartucho, cerró rápidamente la puerta y trabó la madera del ventanuco que aireaba la humilde pieza. Se arrodilló junto al catre y rezó al santo que le había dado su nombre, San Dionisio para otros, Dionís para ella, que protege de los brujos y de los demonios.
Durmió muy poco y, cuando por fin despertó de un sueño inquieto, le llamó la atención el silencio del exterior. Abrió el ventanuco y olisqueó el aire, intentando detectar brujerías: nada la asustó. Se puso la manta por los hombros y salió al pasillo, repleto de hojas secas y pequeños charcos que la anarquía de la tormenta había dejado tras de sí.
Parpadeó y se encontró con un día hermoso, de cielo muy azul, fresco todavía, ya que era finales de agosto, y alegrado por el canto de los pájaros.
Se dirigió al pequeño patio interior, llevando un trapo que le hacía de toalla, y se higienizó con ánimo, pensando que quizás todo había sido un sueño, como esas imágenes que desconocía de dónde le venían, pero que cada tanto le mostraban cosas que prefería no ver.
Sentada en un banco, se desenredó el pelo, se lo recogió y tomando un balde, se dirigió al pozo de agua.

