Entrevista. Gustavo Abrevaya, autor de El criadero: Siento que esa novela se escribió sola
El libro de 2003 fue reeditado por la editorial cordobesa Bardos y presentado por el autor el sábado.
Existe un tipo de horror que, ajeno a lo fantástico, habita en la diminuta escala de un pueblo. Se alimenta del silencio y de la vista gorda de sus habitantes, de historias sobre remotos fundadores que dejaron una herencia enferma. Ese horror en lo cotidiano es el que mueve los hilos de El criadero, de Gustavo Abrevaya (Buenos Aires, 1952).
Esta novela publicada en 2003 fue reeditada en 2025 por el sello cordobés Bardos y presentada ayer junto al autor. La búsqueda de nuevos lectores forma parte de la larga historia de esta obra: escrita en los '90, ganadora del premio Boris Spivacow y editada en inglés en 2023 bajo el título The Sanctuary, integró ese año la lista de las 10 mejores novelas de terror del New York Times.
La novela abre con Álvaro y Alicia, una pareja varada en una ruta del desierto patagónico. Milagrosamente, aparece un hombre a ayudarlos y les recomienda un hotel en Los Huemules, el pueblo más cercano.
Llegan al hotel entre risas de enamorados, duermen juntos pero no amanecen juntos: Alicia desapareció durante la noche. A partir de allí, se desencadena el infierno de Álvaro, marcado por la desesperación de encontrarla y de salir vivo del pueblo sin hundirse en las repugnantes historias que forzosamente va conociendo.
Inconsciente colectivo
Álvaro busca a una desaparecida, un derrotero que hunde sus raíces en la historia argentina reciente. “Cuando presentamos por primera vez El Criadero, en 2003, decía que la historia negra de la dictadura argentina de los años '70 le daba el contexto ideal a la novela negra y a la novela de terror. De hecho, la palabra ‘terror’ se desliza del terrorismo de Estado. Así que lo que hice fue ponerme en la piel del familiar, no del desaparecido. Álvaro lo que hace es recorrer el mismo espinel de esos familiares: van a la policía, van a la iglesia, van por el político, van a los contactos medio laterales. A veces siento que esa novela se escribió sola”, explica el autor.
−Entonces, antes que partir de una premisa propia del género, se enfocó en un período terrorífico de nuestro país.
−Hay un mito que dice que somos escritos por algo. No es tan mitológico eso. Uno tiene la impresión de que las ideas vienen solas. Yo soy médico-psiquiatra y, en la época en la que escribí El criadero, trabajaba en un instituto en el que había un movimiento de gente tremendo. Me llevaba la notebook con un CD con el Réquiem, de Mozart. Cuando había baches de tiempo, ponía el CD; me pasé no menos de un año escribiendo y escuchando solo esa música casi celestial. Hay algo de eso en el libro porque me propuse no sobrepasar la cantidad de movimientos que tiene el Réquiem. Entonces, el que escuchó el Réquiem lo tiene presente todo el tiempo, esa era la magia que yo intentaba reproducir un poquito.
−Tanto en el retrato de Los Huemules como en los arquetipos que encarnan los personajes se percibe un estilo que recuerda a Stephen King.
−Cuando el terror llegó a primer plano en la literatura gracias en primer lugar a Stephen King, yo ya estaba ahí y de repente me encontré rodeado de gente. Desde que leí El misterio de Salem’s Lot, hace como cincuenta años, no lo dejé nunca más. Stephen King es uno de mis padres. Hace poco volví a leer Mientras escribo y me conmueve su potencia intelectual y creativa. Es un tipo que está en la realidad y eso en la literatura se nota.
−En la traducción al inglés, se cambió el título por “The Sanctuary”, lo que enfatiza otra dimensión de la novela. ¿Cómo se tomó esa decisión?
−La traductora es una norteamericana que habla como una argentina, incluso con lunfardo. Para “criadero”, la traducción ideal sería “breeder”, el lugar donde se crían chanchos, que está lejos de lo que yo propuse. Ella me dijo que el santuario es como un lugar de reparo, pero la verdad es que no sé qué estaban pensando los gringos cuando le pusieron ese nombre. A mí me encanta el nombre. Me di cuenta de qué distinto es publicar en Estados Unidos porque son mucho más escrupulosos en ese sentido. El editor que está trabajando otra novela mía en inglés, La bala que llevo adentro, mejoró muchas cosas del original.
Palabras ambiguas
Los vecinos de Los Huemules le recomiendan a Álvaro, sin demasiadas explicaciones, que no salga de noche. La proximidad del desierto y el rumor de unos perros asesinos potencian la curiosidad del protagonista y su temor por la vida de Alicia.
Los perros conjuran el mal agazapado, incluso en el mejor amigo del hombre. “El perro es un animal doméstico que, si le sacás la comida de la boca, te va a pegar el tarascón. Hay una fiera que está contenida por la cultura, por las enseñanzas, por el amor al amo. Ahí conviven las dos cosas”, agrega Abrevaya.
−En su trabajo como psicoanalista y como escritor, existe una preocupación por la palabra. ¿Cómo conviven esas dos facetas a la hora de ejercerlas?
−Freud en un intercambio epistolar dijo: “Soy un escritor disfrazado de médico”. Yo leí eso y dije: “Estaba pensando en mí cuando lo dijo”. Ya escribía cuando empecé a leer a Freud y toda la vida lo estuve leyendo. Eran dos registros distintos: el psicoanalista y el escritor chapotean en el mismo barro, pero uno quiere hacer una cosa y el otro quiere hacer la otra. El psicoanalista busca que el paciente descubra algo que el psicoanalista está empezando a escuchar y el escritor no sé qué, pero busca otra cosa. Tengo muy claro cuándo estoy atendiendo a pacientes y cuándo estoy frente a la computadora escribiendo, pero el instrumento es el mismo, la lengua. Empecé a dejar atrás esa dicotomía que me pesaba y empecé a pensar en una sola cuestión: todos somos hablantes.
−¿Y qué es ese barro en el que chapotean los dos?
−El psicoanalista busca lo que Freud llamaba “la piedra en el fondo del río”, eso que no se mueve, pero está ahí. En literatura yo he tenido la sorpresa de encontrarme con que dije algo que no tenía registro de haberlo dicho. Entonces hay dos funciones: en literatura me importa poco y nada por qué el tipo hace lo que hace, me importa que lo hagan; en psicoanálisis quiero saber por qué hace las cosas. Para mí, es un reto que no aparezca el psicoanalista en mi literatura. Estudié con Abelardo Castillo, que decía: “Cuidado con escribir sobre que Hitler fue un niño golpeado porque terminás enterneciéndote con Hitler”. La conclusión que yo saqué de eso es que cuanto más te acercás al villano, más detalles le agregás y más lo humanizás, y hay un punto en el cual el villano tiene que quedar en ese lugar.
−¿Por qué considera que sigue siendo una novela tan cautivante a más de 20 años de su publicación?
−A mí me asombra la capacidad de supervivencia que tiene este libro. El autor español José Luis Muñoz comentó El criadero y me dijo que es mi obra maestra, que yo estaba como en estado de gracia. Es muy interesante lo que dice porque yo tengo esa sensación cuando digo que se escribía sola. Me parece que cuando uno escribe sin pretender, si uno no se pone pretencioso y escribe llano y confiando en que tiene cosas para decir, no es necesario decirlas con un lenguaje demasiado trabajado. Me parece que eso sería una de las cuestiones de la perdurabilidad de El criadero, que se deja leer. No me propuse el suspenso, yo escribía siguiendo la búsqueda del personaje, así que hay algo que captura en el decir del escritor.

Para leer El criadero
Gustavo Abrevaya
2025
$36.500

