Bajorrelieve. La baronesa de Dudevant
George Sand fue el seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant, una particular novelista y periodista francesa.
Fue una mujer famosa y atractiva en su época –el romanticismo europeo–: era lo que los españoles llamaban una “morena clara”, de cabellos oscuros, ojos tormentosos y fuerte carácter. Más bien pequeña, no desdeñaba abofetear a un hombre de vez en cuando...
Al nombrarla, muchos evocan a una joven de melena corta, vestida de frac, con un cigarrillo en la mano y con la aureola de dos títulos nobiliarios. Firmaba sus obras con nombre de varón, no por ocultar su sexo –como las inglesas Brontë–, sino porque había nacido para transgredir: su verdadero nombre era Aurora Dupin, pero ha llegado hasta nosotros como George Sand.
La leyenda quiso hacer de ella una persona egoísta, olvidando las semanas que pasó en vela junto al moribundo Musset, o su abnegación para con Chopin, especialmente en el viaje por Mallorca, donde los isleños miraban con repulsión a la pareja y sólo les daban posada a condición de que pagaran la cama y el colchón que él ocuparía, pues por temor a la tisis debían quemarlos al día siguiente.
Aurora fue una mujer de temple: emprendió luchas intelectuales, políticas y sociales; ninguna misión le pareció demasiado pesada ni insignificante y pagó la educación de varios huérfanos, que estaban expuestos, al ser pobres, al oficio de la mendicidad.
“La experiencia me dice que nada es tan difícil como inspirar el sentimiento de la dignidad y el amor al trabajo a esos chicos que han empezado por vivir de la limosna”, escribió.
En aquel mundo culto y desenfadado de artistas e intelectuales, se relacionó con los más destacados en poesía, en música, en pintura, en teatro. Muchos de ellos la amaban como mujer, pocos respetaban su obra. Sin embargo, mereció la admiración de uno de los más geniales escritores de la época: Flaubert.
Flaubert y George Sand se conocieron en 1863. Sand tenía 17 años más que él, pero eso fue favorable al afecto que se inspiraban y a la comunicación que establecieron, como de hermanos... o de enamorados a distancia, pues ella casi siempre tuvo amantes menores, en relaciones apasionadas y al mismo tiempo maternales, como con Chopin y Musset. Flaubert siempre había amado a mujeres mayores que él.
Sand ya había escrito lo mejor de su obra y Flaubert recién estaba desarrollando su genio.
Aunque muy diferentes, se hicieron necesarios el uno para el otro: esta identificación tuvo lugar a través de su correspondencia, y la distancia entre Croisset y Nohant –sus lugares de residencia– nunca fue un obstáculo para ellos.
Mediante la palabra, vincularon recuerdos y sentimientos: reconocían que ambos “habían amado hasta la necedad” y compartían un sentimiento de cansancio de vivir junto a la vocación de escribir.
Tenían miradas opuestas sobre la sociedad, pero ninguno de ellos pasaba por alto la estupidez humana, Sand fue socialista, anticlerical y crítica de la sumisión femenina; Flaubert repudió la Comuna de París, aunque más la ineptitud de la derecha.
Cuando muere George Sand, en 1876, Flaubert se siente abandonado a su infierno. Él había empezado Un corazón simple sólo por complacerla y escribió, amargado: “Ha muerto cuando estaba a mitad de mi obra. Ocurre así con casi todos nuestros sueños”.
La sobrevivió cuatro años, tercamente solitario hasta el fin de sus días.
Ella le escribió en un momento: “Yo te aseguro que sólo hay un placer: aprender lo que no se sabe; y una felicidad: amar las excepciones. Luego, te amo y te abrazo tiernamente”.
Él le contestó: “Qué triste es no vivir juntos, querida maestra”.
Ella dijo alguna vez: “El ideal de amor es, sin duda, la fidelidad eterna. Las leyes morales y religiosas han querido consagrar este ideal; los hechos materiales lo enturbian, las leyes civiles lo vuelven imposible”.
George Sand murió a los 62 años, después de sacrificar gran parte de su vida cuidando de enfermedades mortales a los que amaba.
Silvina Bullrich dijo sobre ella: “Un día de junio de 1876, Flaubert, caminando tras el ataúd de George Sand, exclamó, señalando el horizonte tormentoso: 'Eso se le parece mucho'. Una vida que puede resumirse en tal frase debe inclinarnos al respeto y al olvido de los errores de los que nadie está exento".
Si no lo han leído, Madame Bovary es una asignatura pendiente.

